Bloque 3
Día 6: 12:22 md
La brisa salada golpeó el rostro de Mateo cuando descendió de la camioneta.
La avenida costera estaba cubierta de vehículos abandonados. Varias patrullas bloqueaban el paso mientras un reducido grupo de soldados disparaba sin demasiado éxito para mantener a raya a la criatura.
El Voraz, una masa de músculos retorcidos, escamas opacas y garras manchadas, rugía mientras embestía todo lo que encontraba a su paso. Uno de los militares que intentaba contenerlo cayó al asfalto después de recibir un zarpazo brutal que lo lanzó varios metros contra un sedán abandonado.
Mateo dio un paso al frente. Su postura era la de una montaña inamovible. No desenfundó ninguna habilidad. Ni siquiera levantó las manos. Se limitó a mirar fijamente a los cuatro reclutas de su escuadrón, quienes temblaban ligeramente por la adrenalina.
—Escuchen bien —su voz rasposa cortó el pánico del aire. Los cuatro se cuadraron inmediatamente, apretando los dientes. —Esto no es un examen. Aquí un error se paga con la vida. Si alguien rompe la formación por dárselas de héroe, yo mismo lo saco del combate.
Señaló al monstruo, que destrozaba el capó del auto. —Escudo frontal. Ustedes dos. Dos reclutas avanzaron, plantando los pies y alzando las pesadas planchas metálicas improvisadas que habían soldado en el gimnasio. —Los otros dos, rodeen por la izquierda usando los autos como cobertura. Nada de correr. Esperen mi orden.
El Voraz giró violentamente al percibir el sonido del metal. Sus ojos vacíos se fijaron en los dos escudos y cargó directamente hacia ellos, levantando pedazos de asfalto con cada zancada.
—¡Firmes! —indicó Mateo.
El impacto fue ensordecedor. Las placas de metal vibraron con un quejido agudo y ambos reclutas fueron empujados casi dos metros hacia atrás. Las botas de los muchachos rasparon el suelo, soltando chispas, pero lograron anclarse antes de caer. Habían detenido a la bestia.
—¡Ahora! —gritó Mateo.
Los otros dos reclutas salieron desde el punto ciego de la izquierda. Uno descargó un tubo de acero directamente sobre la articulación de la pierna de la criatura. El Voraz lanzó un chillido desgarrador e intentó girar, pero aquí fue donde la realidad del combate los golpeó.
El pavimento estaba cubierto por un charco de aceite de motor y sangre oscura del soldado herido. El segundo recluta que iba a rematar con un bate, resbaló al plantar el pie. Perdió el equilibrio y cayó de rodillas frente a la bestia.
El combo se rompió.
El Voraz ignoró los escudos, abrió sus enormes fauces llenas de hileras de dientes y se abalanzó hacia el novato caído.
Los ojos de Mateo se abrieron de golpe. El instinto de Capitán lo dominó. Apretó los puños y, en una fracción de segundo, la temperatura del aire cayó en picada. El asfalto bajo las botas de Mateo crujió violentamente mientras una capa de escarcha afilada se expandía hacia el monstruo. Su respiración se convirtió en una niebla densa y el esfuerzo de canalizar su poder de emergencia le tensó los músculos del cuello; estaba a milisegundos de levantar un muro de hielo sólido para absorber el impacto y salvar al muchacho.
Pero no hizo falta.
—¡Cúbrelo! —gritó uno de los reclutas del escudo, rompiendo la inmovilidad de forma inteligente.
En lugar de retroceder, el recluta del escudo dio un paso al frente y usó el borde de la placa de metal para golpear el hocico del Voraz desde un lado, desviando la mordida a escasos centímetros de la cara del caído. Al mismo tiempo, el compañero del tubo de acero enganchó el arma en el cuello de la bestia, jalando con todo su peso hacia atrás. Aprovechando los tres segundos de ventaja, el recluta en el suelo giró sobre sí mismo, empuñó su bate y conectó un golpe brutal directamente en la rodilla destrozada del monstruo, haciéndolo caer con un crujido asqueroso.
Mateo detuvo la congelación. La escarcha del suelo se disipó y él soltó el aire que retenía en los pulmones. Sus músculos se relajaron levemente. Lo habían logrado; se habían salvado entre ellos.
El monstruo, ahora en el suelo, respiraba con dificultad y trataba de levantarse inútilmente. Mateo caminó lentamente hacia la formación, asintiendo con una frialdad que ocultaba su orgullo.
—Ataquen todos juntos.
Los cuatro obedecieron. En perfecta sincronía, tubo, escudos y bate cayeron al mismo tiempo sobre el cráneo y la espina de la bestia. El Voraz emitió un último chillido agudo que hizo estremecer los cristales rotos de la calle, antes de quedar completamente inmóvil.
Una tenue luz grisácea comenzó a recorrer cada grieta de la piel de la criatura. Frente a la mirada incrédula de los novatos, el monstruo se desintegró lentamente, convirtiéndose en cenizas que el viento se llevó en cuestión de segundos.
El silencio fue absoluto. Los cuatro reclutas se apoyaron en sus armas, respirando agitadamente, con el corazón latiéndoles en los oídos y los brazos temblando por el esfuerzo. Se miraron entre sí, asimilando la sangre, el miedo y la victoria. Acababan de matar a su primer Voraz.
Día 6: 12:31 p.m.
A varios kilómetros de distancia de Mateo, Diego descendía de la cama de una camioneta frente al parque Daniel Hernández. La situación aquí era caótica. Los jardines, los senderos estrechos, los árboles frondosos y las bancas de concreto reducían enormemente la visibilidad, convirtiendo el lugar en un laberinto mortal.
Un Segador independiente, visiblemente exhausto y sangrando de un brazo, intentaba mantener distraído a un Voraz de extremidades largas y escamas cobrizas, mientras dos policías evacuaban a una familia atrapada detrás de la estructura de ladrillo del kiosco central.
Diego levantó una mano, deteniendo en seco a sus cuatro reclutas. Cerró los ojos y respiró hondo. Bajo su piel, sus venas comenzaron a destellar con un pulso turquesa. Aceleró su flujo sanguíneo y se concentró en la humedad del ambiente: el sudor del Segador herido, el rocío en las hojas, la respiración acelerada de la bestia. En segundos, mapeó el campo de batalla en su mente, detectando cada punto ciego.
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Editado: 15.08.2026