Devoradores del Poder

Capítulo 6: Desesperación. B3.

El gigantesco diente de león dorado había aterrizado justo sobre el techo de tejas de la iglesia. No estaba inerte; sus brillantes esporas latía rítmicamente, emitiendo ondas expansivas de luz que barrían todo el municipio como si se tratara de un radar espectral.

—Michael, René, ¿me copian? —interrumpió la voz agitada de Lucía a través de los auriculares—. CRONOS acaba de enviarnos el análisis preliminar de inteligencia. ¡Escúchenme bien, esa cosa no tiene una forma biológica predeterminada!

—¿De qué estás hablando, Lu? —preguntó René, deteniendo su paso a unos cincuenta metros de la iglesia, con chispas azules saltando entre sus dedos.

—Los dientes de león dorados escanean la resonancia psíquica, buscando el pensamiento predominante y más fuerte en la zona de impacto —explicó Lucía, tecleando a toda velocidad en su terminal—. CRONOS nos informa que los primeros Voraces que han surgido de estas anomalías parecen utilizar el miedo profundo, la cultura pop, los mitos y las leyendas de la región para que de ahí nazcan. Tengan mucho cuidado, lo que sea que nazca de ahí va a ser posiblemente lo más aterrador del folclore salvadoreño por el tipo de pueblo en el que están.

Antes de que Michael pudiera responder, un escalofrío le recorrió la espalda, sintió una pesadez asfixiante. Un agotamiento irreal, antinatural y aplastante cayó sobre los dos Segadores y sobre los pocos soldados de avanzada, como Neto, que los venían cubriendo a la distancia. Michael sintió que las rodillas le temblaban; sus párpados pesaban como plomo, como si llevara tres días enteros de insomnio sin pegar un solo ojo. Dudó por un instante de su propia cordura, sintiendo que la mente se le nublaba.

Y entonces, el diente de león estalló.

No hubo vísceras, ni músculos hipertrofiados rasgando una placenta bioluminiscente. Las fibras de luz se retorcieron en el aire y comenzaron a marchitarse y secarse en segundos, entrelazándose hasta formar una silueta extremadamente alta. Parecía estar hecha de madera vieja y muerta, junto a un aura espectral y humeante, consumida por las enredaderas grises de un bejuco parásito cubierto por la ceniza pálida de los siglos.

La entidad descendió flotando lentamente hasta tocar el adoquín de la plaza, revelando su aterradora forma base. Su presencia imponía la postura rígida, militar y autoritaria de un verdugo o un conquistador español.

Pero lo más espeluznante era la ausencia de su cabeza. De sus hombros brotaba una columna de humo negro y asfixiante que no se disipaba en el viento, sino que se arremolinaba constantemente hacia arriba, imitando a la perfección la forma de un enorme sombrero colonial de ala ancha. Bajo esa "cofia" mística, no había un rostro humano. No había mandíbulas, ni orejas, ni nariz. En esa oscuridad total bajo el sombrero, se encendieron de golpe dos orbes de luz rojo escarlata, profundos, gélidos y carentes de cualquier atisbo de piedad.

De pronto, un chasquido seco y metálico resonó en el aire, helándoles la sangre a todos los presentes. Era un eco acústico irreal, similar al sonido de cascos de un caballo invisible golpeando la piedra de la calle.

La entidad alzó su brazo derecho, el cual estaba envuelto en jirones de una túnica que parecía humo solidificado. De su mano nació su arma de castigo: un largo látigo, formado por afilados fragmentos de piedra volcánica que flotaban unidos por un torrente de energía escarlata y azul eléctrico. Al moverse, la piedra desprendía una estela de ceniza helada.

Neto dio un paso atrás, con los ojos desorbitados bajo el casco militar.

—Maje... eso se parece a... —balbuceó el soldado, temblando.

—Podría ser... —murmuró René, sin atreverse a creer lo que veía.

—¿El Justo Juez de la Noche? —remató Michael, sintiendo un escalofrío recorrerle la columna al reconocer exactamente la descripción de las historias.

La voz de Lucía resonó cargada de asombro y alarma por el auricular.

—¿La leyenda? ¿Me estás diciendo que se transformó en el guardián de la noche? —Lucía guardó silencio un instante, recordando de golpe al anciano que había visto horas atrás—. Michael, escúchame bien. Hoy en la mañana escuché a un señor contarle esa historia a su nieto cuando regresaba de comprar con las chicas... Si esa cosa obedece al mito, no solo es poderosa, sino que será completamente impredecible. ¡Tengan muchísimo cuidado, por favor, mantengan la distancia!

Michael apretó los dientes, activando parcialmente su escudo espiritual y haciendo recorrer pequeñas ráfagas de su poder de rayo a través de su cuerpo para contrarrestar el frío paralizante que emitía el voraz. René adoptó una postura de combate, haciendo crujir sus rayos para recuperarse del estado de pesadez. Los soldados a sus espaldas martillaron sus fusiles M16, sudando frío, listos para descargar una lluvia de plomo.

Pero la criatura no atacó.

No rugió. No saltó hacia ellos. Simplemente se quedó ahí, de pie en medio de la plaza, con su látigo arrastrando en el piso. Mirándolos en silencio con esos dos orbes escarlatas.

Pasaron cinco segundos. El viento parecía haber muerto.

Nadie entendía qué estaba pasando. ¿Por qué no hacía nada?

Pasaron diez segundos. El terror de la espera, la tensión de la quietud absoluta frente a un mito viviente, comenzó a corroer la mente de los soldados.

Quince segundos. El silencio era tan denso que ahogaba. Un soldado a la derecha de Michael, incapaz de soportar la monstruosa presión psicológica que irradiaba el voraz, empezó a temblar descontroladamente. El sudor le nubló la vista, y sin poder evitarlo, bajó ligeramente el cañón de su fusil en un gesto de rendición mental.

—¿Por qué no se mueve...? —preguntó el soldado en un susurro agónico, con la voz quebrada por el pánico.

¡ZAS!

Un estallido seco rasgó el aire.

El movimiento fue tan absurdamente rápido que ni siquiera los ojos mejorados de Michael lograron captarlo. El látigo de piedra volcánica cruzó los cincuenta metros de distancia en un destello de luz roja y azul, impactando directamente en el pecho del soldado con una fuerza devastadora.




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