Devuelta por Mofeta Lila

La leyenda de Miri'el

𝙻𝚎𝚜 𝚌𝚞𝚎𝚗𝚝𝚘 𝚞𝚗𝚊 𝚑𝚒𝚜𝚝𝚘𝚛𝚒𝚊...

Hace siglos atrás o quizá, tal vez menos, en unas tierras imperecederas colmadas de la belleza de la naturaleza, existían dos magníficas ciudades:

La primera de ellas era llamada por sus habitantes como Sit'ali. Esta era una ciudad de mármol labrada en un volcán, pero no era este un volcán cualquiera, no. Pues su piedra era blanca como la cal. Una ciudad hermosa tallada por manos elegantes en una blanca montaña. Causaba tanto asombro a cualquiera que la viera que miles de viajeros escribieron sobre ella en libros, libros tan llenos de alabanzas que incluso el menos romántico de los escritores solo podía escribir poesía ante la ciudad labrada con tanta experticia que sus pasillos parecían haber sido colocados en la montaña por obra divina.

Tanto era el asombro de quienes llegaron a ver la gran ciudad, que se decía en los libros que los primeros pobladores de Sit'ali eran elfos. Seres tan hermosos como la luz de la luna, que con su brillo en una noche eterna enviaron al volcán suficiente de su magia como para convertir la piedra en granito pálido y luminoso, donde cincelaron con su experticia un palacio tan hermoso como la piedra era fría. Su rey, un viajero de otras tierras, era un señor de cultura que había visto el mundo y todo lo que este podía ofrecerle. Tan alto como poderoso, aun así temía ver el fin de su raza, pues había vivido guerras a causa del poder o de su falta de él. Por ello, colocó en Sit'ali las esperanzas de una generación fuerte y poderosa; como su nombre lo indicaba, había sido creada con luz pura para ser una fortaleza, pues quería que en ella creciera su pueblo, sin temores ni arrepentimientos. Entonces, creó una barrera tan alta y tan fuerte que ni el tiempo podría sobrepasar, y la llamó su Edilyen, su paraíso.

Pero Edilyen no era un lugar de olvido, pues cada elfo, a pesar de haber dejado su antiguo hogar, recordaba, quizá como bendición por una larga vida; recordaban más de lo que cualquier humano podría y sostenían en sus corazones el pasado, lo que habían amado y vivido, pues amaban los recuerdos y, aunque sus almas hubieran sido marcadas por la tristeza, aun así eran felices en el recuerdo. Fue debido a ello que, en honor a esta pasión por el pasado y por llevar a los más jóvenes estos mismos recuerdos, su gran rey creó otra ciudad. Una hermosa metrópolis del saber en la ladera de una cascada no muy lejos de Sit'ali. A esta ciudad la llamó Miri'el, pues era tan hermosa como la luz del sol en la mañana.

El rey entonces dedicó sus días a buscar la paz, a comprender a su pueblo y vivir en armonía, como su fama de guerrero jamás se lo había permitido. Se permitió apreciar la música, las emociones, lo vano y lo impresionante. Entre todo, aprendió a apreciar el conocimiento y la chispa de la creatividad y, al final, la belleza, que solo pudo encontrar en su bella esposa, tan hermosa como la luna misma y tan inteligente que incluso lo que él no podía percibir siempre estaba a su vista. Vivieron un romance apasionado que era la felicidad misma de su pueblo, pues la vida era buena.

Fueron buenos días en los que la tierra permaneció, la gente común vivió y los elfos, así como cualquier otra criatura que alguna vez hubiera sido avistada en las inmediaciones, desaparecieron de la mente y de la conciencia de los pueblerinos más cercanos, incluso de la tierra misma. Sin embargo, en la espesura del bosque, un mal que había llegado con ellos desde el mar tomó forma y llamaba a los incautos a rendirle culto, a formar parte de sus alianzas. Ahora, ya no importaba su nombre ni su vida antes de ello, pues el incauto más grande decidió servir de buena gana y ante la oscuridad se postró bajo el nombre de An'Tema, sin apellido, solo un nombre vulgar con el que designó claramente sus motivos: el deterioro. Intentó con sus palabras hablar sobre el tiempo, sobre el cambio; trajo a colación ideas que no eran fáciles de aceptar para los elfos, quienes se vanagloriaban de su fortaleza imperecedera. Para ellos, el tiempo sobraba; así mismo, no había orgullo en la caída, por muy natural que fuera. Al exilio entonces fue enviado, y con su oscuridad como única compañía, aceptó ser el único creyente. Creía que existía una caída; solo hacía falta un error.

En Edilyen, los de su raza vivieron por siglos bajo el manto de la inmortalidad, hasta que repentinamente, durante una noche larga, Miri'el fue atacada por la oscuridad que acechaba desde el bosque bajo la cascada. Sombras como árboles con ramas secas y negras como manos se acercaban y corrompían, penetrando las corrientes internas de cada uno de los ciudadanos de Miri'el otorgándoles a los elfos hermosos e imperecederos una muerte repentina y extraña, como un obsequio lamentable e indeseado.

Entonces, uno de los príncipes nacido y querido en Miri'el como un erudito, al ver tanta corrupción y lamentos, se conmovió hasta las raíces. Saeryli'en entonces levantó su espada afilada y se alzó en armas con todo aquel que pudiera defender a Miri'el, para luchar contra la oscuridad que corroía todo a su paso. Sin embargo, poco podían hacer contra la verdad irremediable y vaporosa.

La lucha duró días, completamente agotados de luz lunar que antes era como aire en sus pulmones, ya no quedaba ni una gota. La esperanza se perdía, nadie llegaba en su auxilio, la lucha continuaba y cada vez más mirielinos caían frente a sus ojos. Finalmente, la última torre cayó, y como si fuera en cámara lenta, aquellos que aún luchaban sabían que su hogar había sido destruido. Nadie en Sit'ali había ido en su auxilio y la ciudad del saber había caído por completo. Su única fuente de luz pura se agotó hasta desvanecerse entre las ruinas de lo que alguna vez fue el mayor orgullo de los mirielinos.

Al final, solo 29 pudieron escapar de la ciudad; nadie más quedó con vida.

Lamentablemente, aquellos que permanecieron de pie fueron colmados con la ira de los cielos, pues heridos con las señales de la corrupción en sus pieles, ahora cenizas, y sus torrentes ennegrecidos. Habían tenido suerte de sobrevivir, pero el costo fue la corrupción de sus almas, algo jamás visto entre los de su tipo. Con la fuerza de quien enfrenta la desesperación, querían sobrevivir; solo que la luz les hería, la oscuridad les amenazaba por las noches y, sin alimentos, solo era cuestión de tiempo para que lo que quedaba en ellos se extinguiera.




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