Devuelta por Mofeta Lila

Capítulo 1: Los dos viajes

La figura de una joven en medio de una oficina fue visible a través de los vidrios del gran edificio de la compañía. Cientos de rostros eran visibles, miles de zapatos negros marcando paso, caminaban de un lado a otro, todos cumpliendo su deber, vestidos con marcas caras y bellas sonrisas que combinaban con sus rostros maquillados y cabellos recién salidos de peluquería. Ese parecería un lugar excelente para hablar sobre crecimiento, ¿quién no había escalado para llegar a ese edificio, tomar uno de esos escritorios? Es ahí donde inicia nuestra historia, específicamente, en un piso 12 de la alta estructura de gran renombre. Es en ese lugar donde se encontraba actualmente, aunque no por mucho, una joven con ropa más modesta, una practicante a la vista de cualquiera, con ropa más deslustrada, cabello quizá no tan prolijo y grandes y amoratadas ojeras; estaba de pie con sus hombros ligeramente redondeados. Con 15 días de anterioridad se le había notificado su despido; ella misma suponía muchas razones de por qué podría haberse tomado esa decisión, pero al final era obvio que no importaba la razón, pues el único rostro entristecido era el suyo propio.

La joven, frente a todo el personal de su departamento y a su jefe de zona, con quienes trabajó por meses, colocó una sonrisa en su rostro: los ojos ligeramente entrecerrados, mejillas apretadas y una línea curva hacia arriba.

Una sonrisa, una linda sonrisa que demostraba agradecimiento. Una sonrisa en un rostro cualquiera también podría reflejar felicidad o incluso orgullo; su rostro solo buscaba reforzar el mensaje de la gratitud, pensaba la joven. Aunque no debía mostrar demasiados dientes, se recordó; le habían dicho antes que su expresión podía parecer poco sincera si lo hacía. Lo sabía, y aun así, se le hizo difícil disminuir el tamaño de la sonrisa; sentía que si disminuía un poco la fuerza que colocaba en sus mejillas, la sonrisa caería, quizá se deformara, y eso sería peor, aumentaría el desagrado por ella.

No podía permitírselo.

No importaba que de hecho fuera una sonrisa falsa. Lo relevante era el hecho de que en la realidad se requería de ella solo una curva en su boca; después de todo, no había nada por lo que estar agradecida. No era un secreto para nadie; las miradas posadas en ella lo mostraban claramente, el desagrado que sentían por ella. El alivio de verla irse, para ellos quizá era incluso liberador.

Había renunciado a su antiguo trabajo por esta oportunidad, una en un millón, le había dicho a su hermana, quien se emocionó espectacularmente. Nunca había podido darle este tipo de felicidad. Ser aceptada en esa empresa había sido su sueño por meses. Pero ahora estaba aquí, frente a esas personas cuyo nombre recordaba con firmeza, pues habían firmado con un hierro candente sus nombres en su mente y corazón. Sabía que ellos olvidarían su nombre en cuanto cruzó la puerta; no esperaba menos de ellos. Ese era el tipo de personas que eran: desde el principio no querían cambios, no uno que no hubiesen previsto. Así que cuando demostró ser distinta a sus expectativas, se convirtió en un factor agresivo y amenazante para su realidad perfecta; no importaba mi intención, solo su percepción. Así que hicieron lo posible por alejarme. Al final, el agotamiento que ella sintió les dio partida libre para malinterpretar, e incluso —es verdad, ella les dio razones para hacerlo.

La joven movió la caja incómodamente para tratar de obtener un mejor agarre de esta en sus manos; era obviamente bastante pesada, pero nadie en toda esa oficina se acercó a ayudarla. Todos, con sonrisas amables que daban la impresión de mejillas entumecidas, le miraban, para luego continuar sus caminos. Aun así, la caja en sus manos era pesada, pues dentro estaban todos sus sueños y arrepentimientos. Así que intentó acomodarla sin perder la sonrisa. "Gracias a ustedes", recuerda haber dicho antes de marcharse.

No pasó mucho tiempo hasta que su caminata fue interrumpida, pues llovía a cántaros. Miró al cielo por unos segundos, y mientras el agua caía, escuchó... El viento silbaba, los truenos resonaban a lo lejos, como si el cielo rugiera en una ira que no podía ser demostrada en silencio. Ella siempre pensó que el cielo lloraba triste cuando llovía; ahora se daba cuenta de que había estado equivocada. No era tristeza lo que el cielo sentía, era enojo; el cielo lloraba enojado, en una rabia profunda que, como a ella, lo dejaba mudo La joven no tenía paraguas, por lo que el agua inevitablemente la empapó. Los papeles, ahora inútiles bajo la lluvia, estaban en una caja que empezó a desmoronarse. Sabía que no tardaría en romperse y volverse un engrudo de decepciones.

Una mirada vacía fue lo único que dio a quienes la rodeaban. No tenía a dónde ir, y no había nadie esperándola en casa. No era algo que se debiera compartir, así que nunca lo hizo. Desde pequeñas, su madre les había enseñado que solo se contaban las cosas felices. ¿Cómo podría dejar de pensar en el "nosotras"? Siempre había sido un "nosotras"; siempre juntas. Pero ahora solo estaba ella.

No sabía cuánto tiempo tomaría coser los pedazos de sí misma que habían quedado rotos. Ni siquiera podía ver un "después", y eso le helaba hasta los huesos. Sabía que no merecía vivir, que su hermana, de haber estado en su lugar, habría logrado mucho más. Pero ella era diferente: retraída, melancólica, siempre nerviosa. Le habían dicho tantas veces que daba demasiado y, por ello, la llamaban calculadora. La mayoría vivía bajo la idea de que nadie daba sin querer algo a cambio, y en su cobardía, les dejaba mal interpretarla. Prefería que vieran lo que querían ver, a tener que explicarse.

El tiempo pasó en la realidad sin ton ni son, y como en un carrusel de fotos en su mente el tiempo pasó: su habitación, un hospital, una tumba llena de flores crisantemos, y por último pensó en el mar y en las orillas de la playa; ahí estaba un faro.

Quería vivir, pensó al despertar en la parada de bus, con su mochila apretada contra sí misma. Aun así, quería vivir, se convenció a sí misma; no estaba dispuesta a colgar los guantes aún. Tal vez no lo merecía, pero deseaba seguir adelante. Por eso, subió a ese autobús, con una mochila llena solo de recuerdos. Durante catorce horas, miró por la ventana; vio árboles, personas, ríos hermosos y descuidados, hogares habitados y otros abandonados. Se preguntó si alguna vez alguien había sentido lo mismo que ella sentía en ese momento. Cerró los ojos intentando reprimir el pensamiento y los abrió no mucho después para enfocarse en el camino; no quería sentir, quería dejar atrás el dolor.




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