Se despertó temprano al día siguiente, con la mente bastante confundida por despertarse en un lugar tan oscuro y lleno de polvo, pero luego recordó el porqué de su despertar en un lugar desconocido. Había venido a casa de su abuela.
Pero a pesar de que había anhelado volver, ya no recordaba esta versión de su hogar de la niñez. Antes esta casa había sido luminosa, cálida y hogareña; ahora probablemente su única descripción podría ser utilizando palabras como polvosa y húmeda. Después de todo, a casas de madera como estas no les iba bien con el desuso y la humedad por haber sido descuidadas una temporada.
Aun así, se levantó de la cama improvisada con sábanas que no le parecieron tan empolvadas ayer, pero que hoy lucían como si probablemente una buena lavada haría maravillas con el color. Estornudó de manera inevitable por quinta vez en el día; era demasiado polvo. Aun así, con mayor luz se movió alrededor de la casa.
Frente a sí misma, una sala iluminada por el sol de la mañana, pero entre cuyos rayos podía ver el polvo volando como los únicos habitantes de esta casa. Le parecía extraña, porque a pesar de que había vivido aquí por varios años, verla así le resultó irreconocible en su mayor parte.
Pudo ver desde la esquina en donde había colocado su cama, frente a la entrada, una sala no muy amplia que colindaba con la cocina. Los muebles, en su mayoría mullidos, con un color gris del polvo, pero con un estampado que muy probablemente fueran flores de hibisco. Lo pensaba así por el gran tamaño de los pétalos y su frondoso florecer. Por otro lado, los muebles eran en su mayoría madera, madera cálida, y aunque había pasado tanto tiempo sin haber sido limpiados, a pesar de ello parecía que aún podían sostener peso. Vesta movió una de las sillas y, limpiándola un poco, probó si soportaba su peso, sentándose sobre ella. La silla crujió un poco pero permaneció, a lo que Vesta asintió volviendo a levantarse. Al apoyar su mano en el respaldar, sintió el tallado de la madera, lo rozó un poco con los dedos considerando la figura tan familiar de las hojas. Recordó como su abuelo las había tallado, recordó la sonrisa de la abuela cuando las vio por primera vez. El rostro de Vesta se tensó ante el pensamiento.
Mientras que a su abuelo le había gustado tallar y la cría de caballos, a su abuela siempre le había encantado la costura; la prueba eran las redes de crochet que aún yacen sobre los muebles, bellas redecillas con formas complejas. Ella había cosido día sí y noche también, y ella sentía tanta impresión por su dedicación que le había pedido... le había pedido que le enseñara.
Entonces le volvieron a la cabeza los recuerdos de su niñez. "Quiero aprender", le había dicho a su abuela, y ella, sin dudarlo, con su eterna sonrisa, había aceptado. Y había aprendido. No era un talento que hubiera conservado con avidez, pero sí era cierto que de vez en cuando lo hacía. Durante el tiempo en el hospital, había sido su único pasatiempo.
Sacudió la cabeza, tratando de despejar el pensamiento. No es que hubiera olvidado que su abuela cosía; era que había olvidado que ella fue quien le enseñó. Ahora, viendo el arte que solía realizar su abuela, le hizo sentir que valía la pena coser un poco. Sonaba como un buen plan en su mente. Y por primera vez en bastante tiempo, Vesta sintió que su corazón sentía calidez y, con una respiración temblorosa, demostró sus ansias renovadas.
Esa ráfaga de energía la motivó a abrir las ventanas, a airear las habitaciones, lavar la ropa y tenderla. Vesta sonrió al sentir el fresco olor de la ropa limpia y el viento que fluía en su dirección; sin duda la ropa se secaría rápidamente, pensaba. No había sido fácil lavar la ropa con el rayador de lavandería, pero rápidamente le había agarrado el truco, y con la misma agua había quedado limpio el patio de atrás hasta que el moho desapareció. Vesta estaba sorprendida cuando la mitad del día había pasado e incluso no se había puesto a pensar en sus vecinos, algo que definitivamente no era muy común en ella, tan hiper-consciente como era de cada movimiento humano.
Había aún unos cuantos insumos por la casa, que agradeció hubieran sido dejados, pues sin duda alguna eran de gran beneficio: tener escobas y un trapeador a mano. Sin embargo, en algún punto de la mañana debió hacer el camino a la tienda más cercana, que quedaba al oeste del camino que había tomado después de bajar del autobús.
Había paseado por los diferentes estantes con víveres y enseres. Había tomado jabón de lavar, unas cuantas cajas de fósforos y un jabón de baño, obviando por completo los estantes de comida y, por supuesto, a cualquiera que pasara a su lado. No contestó a ninguna sonrisa y solo miró el piso ante cualquier posible acercamiento amistoso, casi como si se hubiese dado a sí misma la tarea de no interactuar con nadie, y probablemente así era. Al final solo salió de la tienda tal y como había llegado, solo que con unas cuantas bolsas en mano. Y con ellas caminó por el camino empedrado, entre los verdes pastos y los signos claros de una reluciente y fresca mañana.
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Al llegar a casa, comenzó a quitar telarañas mientras dejaba en remojo las sábanas. Apreció en ese momento que incluso había un rayador para lavar la ropa, ya que fue de gran ayuda para lavar las grandes frazadas tejidas con retazos de tela. Y aunque el clima era más frío que donde solía vivir, el perfecto día soleado solo hizo que su día fuera más encantador, pensó mientras colgaba las mismas.
Una vez colgadas, las sábanas blancas se movieron suavemente con el viento, llevándola a recordar el pasado. Casi podía oír el ruido de las voces de cada uno de ellos y verlos en sus lugares: a su abuela en la silla del jardín, a su hermana en el columpio, a su madre desde la ventana de la cocina y a su abuelo con sus botas de limpiar el granero, peinando a sus amados caballos.
El viento resonaba en sus oídos, trayendo consigo el aroma del verano. Era tan vívido que parecía que todos estaban allí. Pero no había nadie. El granero estaba sellado, la silla de madera rota entre las flores, el columpio con un agarre perdido, y la casa vacía. Habían pasado demasiados años, y aunque el anhelo de aquellos días era grande, Vesta sabía que ya no era la joven que una vez fue.