Los días pasaron ahora con cualquier pensamiento sobre ese ser lunar totalmente olvidado en su mente. Mientras que cada día se convirtió en una muy organizada rutina de quehaceres, coser y salir al patio solo en los días en que no podía escuchar a sus vecinos, temiendo enfrentarse a cualquier conversación. Sin embargo, había descubierto tantos tesoros de su infancia por toda la casa que desarrollaron en ella una nostalgia que, de cierta forma, le hacía sentir activa, todo lo contrario a como se había estado sintiendo en los últimos meses. No quería recordar, así que negó con la cabeza. Ahora se encontraba allí, con unos huevos fritos intactos y unos gajos de naranjas recién peladas, sin ninguna intención de ser comidos más allá de la mera acción de haber sido preparados. Vesta miró el plato de repente con muchas ganas de poder solo botarlo, pero todo en su mente le decía que no podía hacer eso. Sabía que a su familia no le gustaría que lo botara; su abuela la reñiría si supiera que lo había hecho, pero tampoco podía comérselos. Miró el plato con un asco desmedido.
Entonces dirigió su mirada a la red en sus manos. Llevaba unos días trabajando en la segunda, comprometida totalmente a terminarlas, las 3 restantes, pues tenía la esperanza de que al final algo ocurriese. Solo que sabía que era imposible, solo estaba aquí para intentarlo nuevamente, y la realidad es que de cierta forma se sentía revitalizada. Ese pensamiento le hizo sentir mejor, así que dejó todo a un lado y, en lugar de centrarse en la red, decidió dar un paseo afuera. Solo que no pudo evitar asomarse ligeramente por la puerta en busca de cualquier persona a la vista. Cuando no vio ninguna, eso la envalentonó a salir y acercarse a las piedras por las que había sentido tanta curiosidad cuando era niña. Quería recordar su niñez jugando en ellas. Al principio le preocupaba estar siendo observada por cualquier persona. Vesta abrió y cerró de manera inquieta sus palmas mientras, inquieta y tensa, caminaba, casi esperando la palabra de algún extraño, aunque realmente pareciera que echaría a correr si tal cosa sucediera. Vesta nunca podía mentir si de expresiones se trataba.
El camino, a pesar de parecer cercano, realmente no lo era, y aunque la distancia era bastante, eso solo pareció aliviar la tensión de Vesta. Mientras más lejos de otras personas, era mejor.Entonces llegó a las piedras, y a su vez, aún más lejos podía ver la calle. Podía ver cada cierto tiempo los carros pasar. Pero no le importó demasiado; sentía que estaba en medio de la nada, muy lejos de todo lo que conocía, y eso le gustaba. Era liberador.Esta vez los hombros de Vesta se destensaron y por unos segundos se permitió escuchar el viento y las hojas de los árboles, sentir el olor de los pinos a la distancia y, a su vez, calmar su corazón de preocupaciones más allá de eso. Y por ese momento, más que nunca, Vesta sintió no solo libertad sino felicidad. Podría volverse adicta a eso. Casi agradeció no haber...Su pensamiento fue interrumpido por un ruido fantasmal, como el de unas latas, llamando su atención. De inmediato la tensión volvió a su cuerpo, dirigiendo su mirada a todo a su alrededor, en busca del origen del sonido. Solo que no había nada, solo piedras de color cenizo llenas de musgo oscuro y seco, como el mismo pasto color amarillento que en este momento bailaba al ritmo del viento acariciando sus pantorrillas.No se atrevió a cerrar los ojos de nuevo, pero con un interés renovado recordó su misión de ver las piedras. Quería recordar, pero mentiría si dijera que no tenía curiosidad por lo que decían. Por mucho tiempo había dejado de pensar en cualquier cosa mágica, pero de niña era uno de sus mayores anhelos ser cercana a lo que sea que hubiera creado las marcas en la piedra.Se dio cuenta de que solo eran dibujos labrados en la piedra volcánica, consecuencia de un estallido hace probablemente millones de años. Después de todo, no habían habido erupciones del volcán cercano desde hace mucho tiempo. Así que era probable que los escritos no fueran de elfos como pensaba de niña, sino que fueran consecuencia de los antiguos aborígenes de la zona. Quizá era una especie de historia o quizá hablaran de una deidad. No era ninguna experta, pero podía reconocer el dibujo del volcán labrado en la piedra más grande. Interesada, Vesta se acercó a la siguiente: un círculo labrado que había sido escarbado imperfectamente. Más adelante, en la siguiente piedra, las olas del mar —o eso creía que podían ser—. Más adelante, en la siguiente piedra, una luna. Y por último, un palito puntiagudo que imaginó sería una flecha quizá.
Las 5 piedras estaban localizadas como en un círculo de gran tamaño y había tenido que caminar bastante para llegar a cada una de ellas. Para entonces ya la tarde había caído, pues el sol se volvía cada vez más naranja. No tenía nada que pudiera decirle la hora, pero estaba segura de que ya era una buena hora para irse. Solo que mientras volvía a casa, una luz azul en el rabillo del ojo le hizo girarse y ver hacia la colina, a la entrada del bosque. Solo que no vio nada, no al menos de inmediato, porque no mucho después vio un brillo casi celeste moverse suavemente como si una cola hubiese sido meneada, brevemente pareciendo un rayo de luz. Y esta vez, siendo aún de día, ya no hubo miedos que la detuvieran de dar ese paso hacia delante. Fue evidente porque esta vez no solo caminó, sino que corrió colina arriba directo al bosque.
Siguiendo la pequeña cola, siguió su camino hacia arriba. Había decidido dejarse llevar quizá por la pequeña valentía que había nacido en ella. Así que caminó y otras veces corrió, siguiendo el camino de tierra que utilizaban los pueblerinos para pasar por el bosque sin perderse, hasta que nuevamente el rayo de luz alumbró desde unos árboles. Entonces dejó el camino de lado y siguió la brillante cola de lo que probablemente era un espíritu.
La pequeña criatura no parecía preocuparse por ser seguida, pues con un andar bamboleante movía su cola como si no le preocupara el tiempo o la noche que amenazaba con caer.