Vesta miró por horas el techo de la casa. Habían pasado quizá días desde que llegó, pero no había forma de que el dolor no tuviera sentido ahora. Sabía, lo sabía: siempre había sentido una culpa que la arrastraba, que la sometía, y ahora más que nunca podía ver y sentir la cruel verdad frente a sus ojos.
Solo faltaba una cosa, y sabía quién podía darle esa respuesta.
Vesta tocó con su mano la puerta de la casa de su vecina Griselda. No había ningún auto fuera de la casa, lo sabía porque había esperado hasta que se fueran para hablar con Griselda. El ruido de unas chancletas arrastrándose por el suelo de madera fue bastante obvio: alguien se levantó y, a paso lento, se acercó a la puerta. Griselda, con paso débil y con un catéter atrapado en el dorso de su mano, fue quien abrió la puerta.
Y esa imagen, por alguna razón, extinguió en gran parte la ira dentro de su corazón. "Ni una vez", pensó. Nunca había podido ser ruda con una persona enferma. Siempre les daba la razón, les escuchaba. Por supuesto, en esta ocasión decidió ser no menos que civil y respetuosa, incluso ante su premura. Ya todo estaba listo. Solo faltaba esa respuesta, y por algo debía iniciar si quería llegar al final.
—Estás enferma... —dijo en su lugar.
Griselda entonces sonrió con debilidad, mientras se alejaba de la puerta para dejarla entrar.
—Sí, he estado en el hospital últimamente. Solo es un catarro, ya se irá —dijo como si nada, pero con una cara pálida y ojerosa. No podía terminar de creer en sus palabras. Rostros más vívidos que el de ella le habían dicho palabras similares antes de...
—He visto a tu hija en su auto.
—Sí, ella me ha llevado y traído estos días —dijo mientras tomaba asiento de manera costosa, soltando quejidos y crujidos por igual.
Eso significaba que ella la llevaba y traía del hospital. Sabía lo que era eso; ella misma asumió ese rol muchas veces. Vesta no había podido moverse de la puerta aún. Solo una vez que vio a Griselda sentada, entonces se atrevió a acercarse a ella. Solo que en lugar de verla, miró por la ventana. Podía ver la entrada al bosque, en el valle. Tan hermoso y misterioso, idílico, y ahora podía darle un último adjetivo: trágico.
—Mi hermana cayó por el acantilado ¿verdad?...
Hubo silencio por unos segundos.
—Sí... —dijo Griselda con voz resonante entre las paredes.
—Yo no recuerdo nada. Creí que eran pesadillas.
—Lo intuí desde que llegaste —dijo hablando de manera desesperanzada, como nunca la había visto antes—. ¿Qué creíste que había sucedido? —preguntó mientras miraba la ventana a su derecha, aún sin fijarse en ella.
—Creí que ella había tenido un accidente y por eso se la llevaron.
—Entiendo —reconoció con voz calmada, levantándose con paso costoso, poniendo una pequeña taza y té en la mesa, andando como si estar atada a un soporte metálico no le fuera algo extraño, solo un poco incómodo. Y eso, por alguna razón, le hizo doler el corazón.
Los recuerdos haciendo estragos en su mente.
—Pasa por favor, toma una taza de té conmigo.
Vesta no pudo negarse.
Así que caminó con paso tenso al sillón de al lado de Griselda, tomó en sus manos la taza como para ocuparse con algo, porque quería dejar de pensar. Parecía que habían roto algo, como una delgada tela que una vez rasgada solo podía ser tirada hasta ser por completo separada en pedazos. Por unos minutos hubo silencio. Griselda tomó su té con calma mientras miraban a la nada misma. Pero interrumpió ese silencio para decir:
—No estás tan alejada de la realidad. Lo que sucedió realmente fue un trágico accidente. Zhicli había estado advirtiendo a todos que se alejaran del bosque. Incluso a tus abuelos, pero nadie realmente le escuchaba demasiado. Un buen día te vi entrar al bosque. Llevabas un bolso y tu lámpara, así que pensé que sería algún juego de niños. Ya tenías 15 años, pero siempre habías sido más aventurera que Selene. — hablo forzosamente. — De hecho, esa misma noche Selene vino a hornear un pastel conmigo. Se hizo de noche y entonces me preocupé. Le dije que buscara a tu madre, pero no hizo falta: todos habían notado que faltabas. Y no mucho después, Selene partió también. Mientras se reunía a la gente del pueblo para buscarte, ella había partido en tu búsqueda primero. Imagino que sentía que era responsable por ti, por ser la mayor.—
Y eso le sentó como una patada al estómago. Selene siempre hacía eso. Nunca le dejaba tomar ni un poco de la carga. Siempre lo hizo. Lo hizo cuando estaban solas, porque mamá ya no podía más después de la... muerte de papá. E incluso en un momento así, ella había tomado la carga en sus pequeñas manos. No había forma en que ella se sintiera bien con ello.
Pero Griselda no había acabado.
—Lamento mucho tu pérdida... Ella era una mujer brillante —dijo Griselda sin aún mirarla.
Y la tira de tela estaba completamente desgarrada y en pedazos.
Vesta dejó la taza llena en la mesa y, a paso rápido, se acercó hasta quedar frente al fregadero, de espaldas a Griselda, sin querer verla y prefiriendo mil veces mirar el valle verde, casi naranja por el atardecer.
Los brazos de Vesta se apoyaron en el lavabo, como si de no hacerlo se caería, ante las palabras recién expresadas por la mujer. No hace mucho hablaban de su abuela y su amor por las plantas y sus peleas constantes con los caballos de su abuelo. ¿Cómo habían llegado a este tema? se preguntó por dentro mientras miraba el techo de manera desesperada y llorosa. Ah, claro. Ella quería respuestas, solo que nunca pensó que tal vez no fuera la única que quería respuestas.
—Yo nunca dije que ellas... —comenzó pero fue interrumpida.
—Oh, no tienes por qué. No hay manera de que ella hubiese dejado de llamarme si no hubiese pasado algo. —dijo con una sonrisa triste.
Vesta soltó un suspiro tembloroso. No podía responder en ese momento. En su garganta se había alojado un nudo tan grande y doloroso que su cabeza había comenzado a doler. Había sabido que su abuela y Griselda eran buenas amigas, pero por alguna razón nunca se había interesado lo suficiente en ella. Sin embargo, a pesar del dolor que sentía sin ningún sentido físico, sabía que ella podría resolver sus dudas.