Devuelta por Mofeta Lila

Capitulo 7: Caza

Vesta irrumpió en la casa de su abuela y con paso decidido tomó su vieja lámpara restaurada, dispuesta a ir a ese acantilado. No llevaba más que su ropa simple de casa, pero sin tomar equipaje alguno. Caminó y caminó sin guía más que la propia luz de su lámpara y el sendero frente a ella.

Sabía que si lo seguía encontraría las ruinas y más allá estaría el acantilado.

Solo que algo lucía distinto en el bosque esa noche. En su visita anterior recordaba haber visto estrellas, pero en esa noche no había ni una luz que alumbrara semejante cielo oscuro y desesperanzado. Probablemente ella, con su lámpara de queroseno pintada infantilmente, era la única luz en todo el bosque que, luciendo así, era ahora bien llamado maldito. Solo si miraba al cielo entre las frondosas copas de los pinos podía ver unas pocas estrellas, pero Vesta no deseaba mirar hacia arriba, pues con voluntad férrea caminaba hacia adelante entre los árboles, como si ya todo estuviese decidido.

Tanta fue su determinación que Vesta no notó cuando el sendero había desaparecido y pasto fresco, totalmente virgen, yacía bajo sus pies. Vesta miró a todos lados en busca de las ruinas, pero no había nada más que oscuridad frente a ella, solo la luz abriéndole camino. Aun así, siguió caminando.

Y entonces lo notó: el silencio atronador y el aire más espeso que nunca. Y repentinamente lo escuchó.

Escuchó las voces en la oscuridad. Como un coro tenebroso, guiaron una dirección distinta y, con todo el pavor que la experiencia le hacía experimentar, caminó acercándose al sonido y entonces encontró el acantilado.

Solo que era ligeramente diferente. Se erigía entre una masa de bosque bajo él, y sus rocosos confines no estaban cubiertos ni por un poco de verde. Como un páramo, la tierra debajo parecía casi arena cenicienta y polvorosa.

La exploración terminó con el hallazgo de un coro de seres que, como sombras, se reunían frente a una figura alta cuyo cabello resplandecientemente blanco se movía a un ritmo fluido pero agitado, luciéndole extrañamente natural. Aun así le pareció familiar, aunque no supo identificar por lo bestial que parecía. Mientras pensaba vagamente en ello, le sobrecogió el miedo. Miró su cabellera y armadura puntiaguda, pues en su coronilla se encontraba una corona tan puntiaguda como picos rocosos y mortales. Vesta dio un paso hacia atrás y jadeó inaudiblemente al reconocer y sentir como familiar la acción de esta figura albina en medio de las sombras.

Estaba comiendo...

Fue entonces cuando, al lograr identificar la acción, notó que lo que devoraba de manera tan bestial no era solo una masa negra en el suelo del acantilado, sino que era de hecho un caballo.

Idéntico a como habría sido alguna vez Tormenta, el fuerte caballo de competencia de su abuelo. Esa figura le devoraba las entrañas a un caballo de color oscuro cenizo, por la falta de vida en sus venas. Sintió compasión por la pobre víctima de semejante ritual. Los fuertes cánticos en un idioma extraño dejaban ese hecho en evidencia, eso y que quien sea que cometía este repugnante acto obviamente estaba en medio de todo ello, como un rey turbio y perverso.

Su momento analítico se vio interrumpido por el pavor de ver el movimiento de la figura central. Había mirado demasiado, o tal vez había respirado demasiado fuerte. No importaba el porqué; fue señal obvia de que debía irse cuando la figura levantó la mano sangrante. Todo cántico sucumbió a su seña y luego, dando una orden, la señaló.

Vesta no quería saber qué intenciones tenía para con ella la figura; lo que sea que fuese, no podía ser bueno, así que de inmediato comenzó su huida. Corrió y corrió sin dirección alguna, hasta que comenzó a escuchar el ruido de pasos rápidos y depredadores siguiéndola.

Uno de ellos, que parecía haber iniciado la caza antes que los otros, parecía estar particularmente más cerca, tanto que Vesta sudó al ver cómo la mano casi parecía rozar las puntas de sus cabellos, las mismas que parecieron desvanecerse en ceniza. Vesta gimió del horror al ver las garras atroces, pegar zarpazos; casi parecía que querían arrancarle la piel, quemándola hasta que todo rastro desapareciera de su existencia. Vesta odió el pensamiento; no quería que todo terminara ahí, no de esta manera.

Solo había tocado la punta de su cabello y le había arrebatado cualquier poco de vida; no quería pensar en qué harían esas garras con ella. No, la alcanzarían y devorarían, estaba segura de ello. No debía dejarlos. Ahora sabía por qué, pero sentía repugnancia en su alma. No quiso pensar en nada, pues la huida llevaba toda su energía. Buscó y buscó una manera de salir de el bosque, casi alucinaba con las luces del pueblo en la lejanía, pero al parpadear solo podía ver arboles que parecían cada vez mas oscuros, sin salida, los ojos ojos de vesta se humedecieron con lagrimas que limpio de inmediato mientras corria para no perder el camino. pues sentía que, aunque al inicio había estado en ventaja, lo que sea que fueran esas figuras oscuras no tenían una velocidad humana.

No había salida, pensaba Vesta desesperada. Había corrido por minutos o quizás horas; no lo sabía, solo sabía que debía correr, pero nunca había sido muy atlética, así que sus pulmones ardían. Solo entonces recordó su faro. No, no en las ruinas, se corrigió. Por un momento pensó que no tenía sentido ir a unas ruinas para huir por su vida, pero pensó en el sendero a casa que yacía frente a las ruinas.

De inmediato, con una fuerza desesperada que no entendió de dónde salía en medio de la persecución, se dirigió a lo que creía era la dirección a las ruinas de la torre.

Las sombras parecían cada vez más cercanas y sus ruidos cada vez parecían asfixiarla más, bestiales como eran. Entonces sintió cómo el ruido aumentaba, como si ellos también estuvieran desesperados, sea lo que fuere.

En algún momento, Vesta sintió una rama alcanzar su pie. Sintió el dolor de una posible torcedura ante el fuerte tirón, pero la adrenalina le hizo seguir corriendo.



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En el texto hay: fantasia, romance, desarrollo personal

Editado: 31.05.2026

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