Devuelta por Mofeta Lila

Capitulo 8: Muerta

Vesta despertó con la respiración agitada, pero aún acostada. El aire en sus pulmones llegaba a ráfagas, como si todavía estuviera corriendo. Parpadeó una vez. Dos veces. La oscuridad del bosque ya no estaba. A su alrededor, solo una penumbra cálida y desconocida.

¿Dónde...?

Intentó incorporarse, pero su cuerpo no respondía del todo. Los músculos de sus piernas ardían, como si hubiera corrido durante horas. O días. No estaba segura.

Solo entonces notó que no estaba en el suelo.

Tocó con las manos la suave superficie sobre la que se encontraba, pero se dio cuenta de que era bastante suave y definitivamente no era hierba.

Era... ¿tela? Vesta se levantó a toda prisa como si hubiese sido quemada por la suave textura. Lo cual era totalmente distinto de la realidad. Miró su mano y luego la cama de la que se había alejado.

Era suave, demasiado suave, como una nube de seda. Pero no solo eso: había flores y hongos por todos lados, como si fuese un nido, pero con un centro suave y cálido.

Debía estar soñando, porque un lugar así no puede existir.

Solo lo pensó, pero en ese momento vio unas luces que, como luciérnagas, se acercaban a ella. Solo que no eran luciérnagas: eran medusas. Medusas de color cálido como la luz del fuego, pero aunque eran calientes, no lo eran lo suficiente para quemar.

No había manera de que ella tuviera tanta imaginación.

Tal vez había muerto y estaba en algún lugar de la otra vida. Eso parecía más lógico que esta habitación salida de un libro de cuentos.

—Maravilloso el día en que mis ojos son capaces de verle, mi Diosa —dijo una voz suave desde un lado. Causándole tanta sorpresa que logró dar un pequeño brinco en su lugar.

No pudo evitar mirar. Ahí, desde un lado de la habitación donde yacía una puerta con enrevesadas ramas, le miraba una mujer. Era bella como ninguna otra joven que hubiera visto antes. Era calmada y elegante, y con el cabello tan rubio que era cenizo, y su piel, aunque hermosa y sin imperfecciones, era de un tono tan bello que le recordó al color gris nacarado de una perla.

Pero había dicho algo extraño. Diosa. No había cómo, seguro, pensó Vesta. Es alguna forma de maldecir o algo así, o quizás solo quería decir "soy una diosa". Porque si fuera así, le hubiera creído en ambas formas. Pues su belleza era incomparable a nada que hubiera visto antes.

Ni siquiera parecía humana, y ese pensamiento generó en su ser una preocupación inminente.

Vesta miró a la mujer fijamente con pánico interior disfrazado de indiferencia; buscaba cualquier fallo en su postura. Pero no fue en la postura donde encontró el fallo. Porque la mujer entró de manera calmada a la habitación como si no le preocupara nada en el mundo, y cuando le dio la espalda para caminar hacia lo que parecía ser una ventana hacia el verde bosque, abrió la ventana dejando entrar el aire. Al girarse para mirar la ventana, ahí fue donde lo vio: sus orejas eran puntiagudas.

Y entonces su cerebro se apagó.

Y por alguna razón sus lágrimas comenzaron a aparecer.

Esa había sido su intención desde hace un tiempo, pero había corrido tanto de ello que realmente sentía que se había arrepentido. Lo había querido, y ahora no estaba segura de si se arrepentía, pero ya no importaba, porque estaba muerta, ¿verdad?

Muerta.

Porque no había manera de que no estuviera muerta si estaba viendo a un duende frente a ella. Era bonita, más alta de lo que pensaban que sería, pero por el aire luminoso y fantástico de esta habitación su mente le decía que no había manera. Estaba realmente del otro lado, y lo que es peor: con sus recuerdos intactos. ¿De qué servía morir entonces?

No sentía que la culpa hubiese sido expiada. Era eso o se había vuelto loca, y eso tampoco podía expiar la culpa interna que sentía.

El caos en la mente de Vesta era obvio en su rostro, pues lágrimas caían y caían, fluyendo como el agua de un río hasta caer en sus manos. Era obvia su angustia, que aumentaba por segundo para cualquiera que pudiera verla, y lo fue aún más para la figura en la entrada de la habitación, cuya figura era muy similar a la recién vista en el bosque, solo que ahora ya no había capucha que impidiese ver quién era.

Un rostro hermoso y familiar mira a Vesta. No hay rastro de emoción, pero Vesta solo puede ver en el brillo de sus ojos lo que ella identifica como disgusto. Vesta, ante esto, intenta sostenerse a sí misma, abrazándose mientras caminaba hacia atrás. Gran error, pues termina tropezando y cayendo.

Ella esperó sentir el borde de la cama tipo nido golpeando algún lado de su cuerpo, pero al no sentir el impacto, abrió los ojos aún llorosos con sorpresa. Ambas, tanto la joven que le saludó primero como el hombre que no quiso ayudarla en el bosque, la estaban sosteniendo a medias.

Él dice su nombre, pero ella no responde. —No puede escucharle.

Ante esto, Vesta retuvo el aire en sus pulmones intentando no hacer ruido.

Agobiada por la tensión en su cuerpo, podía ver que él quería que ella fuera civilizada de regreso, que fuera educada. Nunca había sido buena cumpliendo con las expectativas sobre ella; lo había demostrado en cada uno de sus trabajos.

Ella hizo lo que pudo por no apoyarse en ninguno de ellos, alejándose lo más posible. La joven miraba sus manos de manera curiosa, como si no se hubiera dado cuenta de que ya no estaban en ellas. Sin embargo, el joven sí se colocó en posición de inmediato, como si no quisiera avergonzarla, fingiendo que nada había ocurrido.

Vesta intentó envalentonarse fingiendo una postura segura y cruzada de brazos.

—¿Dónde estoy? —Desde que notó que él estaba ahí, ya no pudo permitirse vulnerabilidad.

Porque no podía darse el lujo de perder nada más. Sintió entonces la tirante tensión de estar frente a ese ser sin actuar ni precipitarse, ni siquiera a decir su nombre.

Pero debió saberlo: el hermoso hombre no estaba impresionado por su acto de fingida dominancia.



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En el texto hay: fantasia, romance, desarrollo personal

Editado: 31.05.2026

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