Vesta se acurrucó en su cama en la enfermería. Miraba de un lado a otro. Estaba acostumbrada a buscar cosas que odiar en otros; era experta en sentirse fastidiada y en buscar puntos frustrantes. Pues era el primer paso. El segundo paso era alejarse, y también era experta en ello.
Solo que esta vez no era ella quien estaba enojada. Ella había hecho enojar a alguien, y eso la carcomía. No era buena lidiando con la culpa.
¿Pero por qué debía sentirse culpable?, se preguntaba. ¿Qué le importaba a él si ella no llevaba zapatos? ¿Qué le importaba si se convertía en un cubo de hielo? No es como si él fuera su niñera. No era como si él tuviera que cuidarla. Ella era una adulta. ¿Qué le importaba?
Si era así, él no tenía que ponerte los zapatos. Ella pudo haberlo hecho.
Cielos, odiaba esto.
Y mientras caía la mañana, comenzó a escuchar nuevamente movimiento en las afueras de la enfermería. Podía oír a Domeli'Ci hablando con Enlieri en la sala de boticarias que había en la puerta de la enfermería. Podía escuchar a los soldados practicando con sus espadas y arcos en la distancia, y podía escuchar de vez en cuando sonidos de correteos en los alrededores.
Vesta quiso saber el porqué de ellos, así que se levantó de rodillas y miró sobre el cabezal de la cama a través de la ventana.
Una ardilla… no. Una semilla de pino con pequeñas hojas sobresaliendo de sus orejas correteaba tras otra de las suyas con una pequeña frutilla en mano, recordándole a Vesta el correteo de unas ardillas.
No pudo detener su risa al ver esa escena, olvidando de manera temporal que estaba enojada.
—Te has levantado bastante temprano hoy, Alteza —dijo una voz desde alguna parte, dejándole una impresión fría que, sumada a la fría mañana, la hizo sentir escalofríos.
Al mirar hacia atrás, Vesta vio a la bella joven de cabello plateado de antes. Sylviene, como recordaba que era su nombre. No la miró por mucho rato —cosa que la alegraba, pues era fría como una madrugada helada.
—No tengo sueño hoy —dijo en voz baja, aún de cierta manera intimidada ante el vocabulario puntiagudo que Sylviene solía utilizar.
—Eso es bastante extraño. Parece que no has dormido en toda la noche.
El rostro de Vesta se sonrojó al pensar que no estaba tan equivocada. Después de lo sucedido, había salido corriendo de la biblioteca y no había podido conciliar el sueño. No por falta de haberlo intentado; había perseverado intentando cerrar los ojos.
—Algo así.
—Me consta. Eres bastante ruidosa. Pude escucharte balbucear toda la noche —dijo Sylviene con su habitual hablar agudo.
—¿A qué te refieres? —dijo Vesta, creyendo que era una exageración. Pero Sylviene no parecía para nada como si estuviera mintiendo.
Sylviene entonces se quedó sumamente quieta por un segundo desde la silla donde se había sentado frente a la pequeña niña inconsciente, como siempre hacía Enlieri cuando oraba por la salud de la pequeña. Parecieron horas antes de que Sylviene se decidiera a contestar su pregunta.
Aunque no contestó realmente su pregunta.
En lugar de eso, se colocó uno de sus bellos y largos mechones plateados detrás de la oreja. Como si esa fuese toda la respuesta.
Y Vesta lo notó de inmediato. Ellos tenían orejas delineadas y delgadas, bellamente puntiagudas. Casi parecían normales, por lo que olvidaba que ellos no eran como ella.
Había balbuceado muchas palabras en su noche de vigilia, y ahora todas esas palabras se revolvían en su cabeza dándole náuseas: ¿Pero por qué debía sentirse culpable? ¿Qué le importaba a él si ella no llevaba zapatos? ¿Qué le importaba si se convertía en un cubo de hielo? No es como si él fuera su niñera. Ella era una adulta. ¿Qué le importaba? Cielos, odiaba esto.
Pero más importante aún: "Es porque no puedes ver lo que veo." Recordó sus palabras de ayer.
Que el cielo se la tragase. Quienesquiera que fuesen las cosas negras que la cazaron antes, las quería de vuelta. No importaba. Ya no existía la dignidad. Su vida era un pozo negro y oscuro, terriblemente profundo, y quería desvanecerse en este momento, justo ahora. Ya no tenía sentido lo que decía, pero no importaba porque Vesta quería morir de la vergüenza.
Vesta hizo un sonido de frustración y profunda mortificación.
—¿Por qué no me lo dijeron? —dijo con el rostro rojo como un tomate, para de inmediato cubrirse con su usual manta blanca propia de la enfermería.
Vesta se dio cuenta de que todo este tiempo no había sabido que cada palabra que decía, cada uno de sus pasos y acciones, eran escuchados por estos… estos. Ya ni siquiera sabía cómo llamarles, pues obviamente su oído no era humano. Ante el recuerdo de todo lo dicho, Vesta hirvió en su vergüenza nuevamente, queriendo fusionarse con la blanca sábana de la enfermería.
Sylviene parecía bastante impresionada de que alguien pudiese hacer tantas expresiones al mismo tiempo. Internamente sonrió, pareciéndole graciosa toda la escena. Siempre había vivido con elfos y estaba acostumbrada a los rostros sin expresiones o a las expresiones de furia élfica, pero nunca había visto algo tan humano. Le pareció tan divertido que quería ver más.
—Bueno, siempre ha sido normal para mí. —No sé qué pueda ser normal para ti —contestó Sylviene a la pregunta, pero al no ver suficiente reacción, decidió golpear por otro lado—. No creo que debas avergonzarte. Me parece que tienes un carácter encantador.
Sylviene se sintió feliz al escuchar ese sonido de pura vergüenza y frustración nuevamente salir de las emociones más puras y visibles que nunca había experimentado en su vida. Y se rio como si encontrase la escena totalmente risible.
—Ya, deja de reír. No es gracioso. Esto es mortificante —dijo Vesta con voz avergonzada mientras se enterraba aún más en su manta, con cada palabra su voz haciéndose más pequeña.
Pero para su mala noticia, Sylviene no paraba de reír.