Vesta despertó a la mañana siguiente con una sensación de déjà vu. ¿Acaso no había visto ya toda esta escena antes?
Todo volvió a su mente al levantarse y sentarse en la cama de flores, dejando ya de ver el magnífico techo, mirando ahora solo las ventanas con su promesa verde de un bosque en la parte externa.
Vesta quería maldecir, ya no solo por la frustración que sentía, pues al mover su brazo pudo darse cuenta de que no había manera de que pudiera caminar bien.
Ese elfo era solo malas noticias. Cada vez que se encontraba con él, algo sucedía. No podía encontrar situación alguna que no hubiera terminado en una situación de vida y muerte. ¿Por qué él no le había advertido si sabía que podía accidentarse? Una vez había sido casualidad, ¿pero dos veces? La sospecha de Vesta no hacía más que aumentar. Aunque en el fondo sabía que ambos accidentes habían sido ocasionados por sus propias acciones, prefería evitar el sonido de las campanas de advertencia de su cabeza; así le era más fácil evitar problemas.
Tal vez debía irse.
Su brazo y su pierna palpitaban de inmediato ante el pensamiento. Sentía su pierna adolorida, con lo que podría ser un esguince, y su mano con su torcedura producto de su torpeza. Ni siquiera podría culpar de eso al elfo, aunque tenía muchas ganas de hacerlo.
Vesta puso atención en los vendajes. Estaban fuertemente apretados sobre sus dos extremidades. No había manera de que pudiera dar un paso fuera de esta bella cama por el momento. No es que supiera a dónde ir aún así. Tal vez debía explorar, incluso con ese riesgo. Los habitantes de aquella extraña ciudad le recordaron a pueblerinos de una época que sus ojos nunca habían visto. Eran hermosos con sus figuras altas y rostros solemnes, como si estuvieran más allá de cualquier cosa humana, y aún así lucían tan antiguos. No había hablado con ellos. Y entonces una mirada rojiza abarcó sus pensamientos. Recordó a quien probablemente debía ser la persona más exasperante que había conocido.
Pero solo la vista de sus rostros con ese brillo perlado en sus facciones le hablaba de algo tan desconocido para ella que le hacía jurar que no había manera de que estuviera en su propio mundo. ¿Qué se suponía que debía pensar?
Por casi treinta años había trabajado hasta el agotamiento, siempre priorizando el bienestar de su familia, de quien sea que quedara. Y ahora estaba sola, en un lugar desconocido, con personas extrañas y al parecer bajo la mira de un hombre gélido que parecía molesto con su presencia.
Tenía derecho a salir corriendo como una loca; trató Vesta de dirigir sus pensamientos para no sentir vergüenza por sus impredecibles acciones del día pasado. Vesta estaba acostumbrada a huir cuando algo no funcionaba, cuando algo le incomodaba; tenía el mismo método para alejarse de la incomodidad. Por lo que solo había podido pensar en escapar de esa persona —o lo que fuera— que la estaba haciendo sentir incómoda. Solo que sabía que no era la salida correcta. Aun así, había necesitado volver a su punto de inicio y ahí fue donde recordó.
Al tocar el árbol, su mente se había inundado de imágenes: una ciudad, un montón de personas, un joven hombre con orejas puntiagudas y delicadas y ojos avellana. Era él.
Saerylien.
Al tocar el árbol había visto escenas que, aunque eran incomprensibles, podía reconocer algunas de ella. Pero ante todas, la que más le impactó fue la flecha que se introdujo en su corazón. De inmediato, el terror abrumó sus pensamientos, olvidando por completo cualquier idea de dormir un poco más. Ahora, con la preocupación en ciernes, era imposible. El pensamiento de una muerte tan violenta causaba en ella profunda angustia.
Vesta entonces como si buscara en que distraer la mente de esos pensamientos preocupantes, miró la salida de la habitación. Debía ser de noche aún, podía verlo a través de los ventanales. Pero una luz plateada dirigió su mirada a la puerta.
Un gato, parecido a un gato montés de gran tamaño, pero con mucha elegancia, caminó alejándose por el pasillo, ante la misma luz plateada que la había guiado a toda esta aventura. Vesta sintió nuevamente muy en lo profundo que debía seguirlo. Y eso hizo, intentando no poner mucha presión sobre su muñeca y tobillo, que parecían haber tomado la mayor parte del impacto.
Vesta se movió en silencio entre la oscuridad de la noche en el pasillo. Podía ver las merluces —como había decidido llamarlas— y podía ver aún a personas caminar entre los ventanales, pero en ese estado prefirió solo seguir al gato plateado y evitar cualquier mirada. No lo intentó activamente, pues su lentitud debía ser premiada. Sin embargo, aun así no quería poner demasiada tensión sobre su cuerpo, aunque más que eso, no podía.
Al final, había perdido al gato, pues este se movía tranquilo y elegante y aun así era más rápido que una Vesta accidentada. Así que terminó sola en el pasillo. Vesta no sabía qué camino tomar. Tantas puertas para escoger, tantos ventanales desde donde podía ver el camino a las afueras del pueblo. Al final abrió la puerta más grande, hecha de enredaderas, desde donde podía ver una luz titilante, esperando que esta fuera producto del gato que había estado siguiendo.
Solo que no lo era.
Entre la oscuridad del pasillo, al abrir la puerta, Vesta pudo encontrar uno de los lugares más hermosos jamás vistos. Como en un cuento de fantasía: una biblioteca que se extendía hasta un ventanal ovalado en el techo. Ventanas grandes que daban la impresión de que el cuarto era redondo, y en las paredes, miles y quizá millones de escritos. Aunque al principio le costó entender lo que eran, al acercarse notó que eran el equivalente a los libros en este lugar. Solo que cada uno estaba bellamente escrito con una letra floritureada y elegante, con un control del pulso magnífico que hablaba de una persona hermosa con un magnífico dominio de la fuerza.
Podría pensar que una habitación como esta debería ser oscura por la cantidad de marrón; sin embargo, la habitación brillaba en luces cálidas, pues había merluces que con sus movimientos vaporosos bailaban por toda la circular habitación. Era hermosa, una vista que jamás podría imaginar poder ver en el lugar de donde venía.