El sonido de personas moviéndose y hablando llegó a sus oídos. Podía oír golpes como si algo se acercara a la distancia y una suave discusión. Pensó por un segundo que podrían ser los hijos de su vecina llegando de visita, hasta que se dio cuenta de que sonaba más cercano que eso, y por alguna razón se le ocurrió la idea de que podría estar dentro de la casa. Eso al fin hizo que abriera los ojos alarmada.
No quería a nadie en su casa. No en la casa de sus abuelos.
Vesta se levantó alarmada solo para ser detenida por el dolor en su brazo y pierna. No pudo evitar un quejido ante el repentino dolor en su tobillo y muñeca. Vesta entonces se rindió al dolor, a realizar cualquier movimiento, y fingió ser una momia mientras se acostumbraba al latigazo que aún le afligía. Definitivamente dolía más que la noche anterior por alguna razón.
Al menos Vesta ya había comprendido que no estaba en su casa. Por encima de ella yacía un bello techo labrado en la piedra, hojas y bellas enredaderas que parecían mágicamente decorar el lugar. Las camillas a su alrededor hechas de madera fueron lo que realmente le ayudó a comprender que no solo seguía en el mismo extraño lugar, sino que estaba en una especie de enfermería. Y dondequiera que estuviera, aún escuchaba las voces. Lo sabía porque podía ver las vendas en sus extremidades y podía sentir el olor a remedio herbal.
—Ha despertado, Alteza —escuchó que le hablaban, aunque no podía reconocer de dónde venía el sonido—. Debe haber sido muy importante lo que debía hacer para lastimarse de tal manera —dijo la voz de manera seria pero insinuante.
Al levantar el rostro en busca del sonido, Vesta vio a una bella mujer vestida de plateado, con un impresionante cabello casi iluminado en celeste. Su piel no era tan grisácea como la de los demás que había visto el día de su caminata hacia el centro del bosque. Era hermosa, pensó.
—¿Ah? —dijo de manera defensiva, sorprendida ante el tono agudo. Esta persona parecía querer pelear con ella. Vesta sabía de ello. En su último trabajo, ese tono ponzoñoso era solo signo de problemas, de rencillas y antipatías. De inmediato frunció el ceño e hizo lo que pudo por levantarse de la camilla. No importaba que fuera doloroso. No hizo una sola mueca e hizo lo posible por ponerse de pie. —¿Quién es usted? —dijo mientras temblaba de enojo—. ¿Y quién le da derecho a hablarme de esa manera?
Dijo esto sin querer mirar a la mujer nuevamente. Ya se sentía bastante amenazada como para preocuparse por su belleza.
Vesta sabía que ella misma no era bella. Eso lo tenía muy claro. Pero eso no evitaba que hubiese deseado serlo alguna vez antes. Por lo general, intentaba no pensar en ello, pero ahora más que nunca sentía que estaba de vuelta en un lugar del que quería salir. Más que nunca sintió que estaba de vuelta en ese edificio, con voces pretenciosas y un millón de miradas prejuiciosas.
Vesta sintió que debía salir de ese lugar, alejarse de esa persona, porque las náuseas estaban aumentando. Y aunque no sentía el dolor en sus extremidades, estaba empezando a sentirlas. Vesta se apoyó en la mesa al lado de la camilla para levantarse, pero de inmediato sintió cómo su mundo se sacudía. Su mano había resbalado y no pudo soportar su peso sobre el material. De inmediato sintió su cuerpo caer y con él, el recuerdo: una bofetada dura y plana sobre su cara.
—Lo viste. Le dije que se detuviera, que no quería que me preguntara más.
—Se lo advertí. Preguntándome si estoy bien, ¿qué no ve?
—Fue ella. Siempre anda como un perro esperando palmadas en la cabeza. Como una niña.
Te lo dije, es inadecuada.
—Siempre buscando aprobación.
Vesta soltó un sollozo mitad jadeo. Había escuchado sus palabras, cada una de ellas, y estaba avergonzada. Tenían razón: siempre estaba buscando su aprobación. Había querido que vieran que era valiosa, quería que la aceptaran, como a una niña. Y solo había recibido su desagrado, su juicio, y lo único que le quedaba era dolor.
Pasaron unos minutos para que Vesta se diera cuenta de que ya no se encontraba en esa gélida oficina y que no sentía dolor de verdad en la mejilla. No se encontraba entre esas frías paredes, Y ya no era esa misma persona que había sido lastimada esa vez. O eso quería creer.
Vesta miró el suelo por unos segundos, cansada ante el repentino exabrupto. Era por eso que se mantenía alejada de la gente. Prefería no recordar, prefería mantener todo esto tan profundo en su memoria. Pero por alguna razón, su mente siempre lo traía de regreso. Y ella estaba agotada. Ya no quería pensar, no quería escuchar, no quería ver, no quería sentir. Estaba cansada de ello.
Tan agotada.
Vesta apoyó su cabeza en el suelo, aún sin fuerzas para levantarse, como una muñeca rota a la que habían cortado sus cuerdas.
Concentró su mente en el calor del suelo, en cómo parecía más caliente de lo normal, una calidez reconfortante para su cuerpo que sentía frío en ese momento. El olor a remedio herbal reemplazó al desinfectante de la oficina. Podía sentir ahora el calor del suelo, no el frío del linóleo.
De repente, una mano tomó la suya, que se encontraba encima del suelo, como si quisiera hacer contacto para mostrarle compañía.
En ese momento, Vesta miró al frente sorprendida. Sus ojos atribulados encontraron los ojos de la mujer de cabello plateado. Esta vez sus ojos eran cálidos y compasivos, tanto que hicieron que los suyos se desviaran al suelo. No podía ver ojos tan puros y no sentirse arrepentida.
Esta mujer no le había hecho daño, solo le había hablado. Nadie estaba obligado a mostrarse amigable con ella, lo sabía. Vesta sintió el arrepentimiento en su corazón. Esta persona no era ninguna de sus colegas anteriores, se recordó.
—Lo siento. Mi mente va y viene; a veces no puedo controlarla. Me hace malas pasadas —dijo Vesta mirando a la mujer mientras esta hacía sus intentos por levantarla. Un intento bastante exitoso, podría decir, porque la levantó como si ella no pesara nada y la colocó con la ligereza que nunca pensó que una mujer de su tamaño podría tener.