Los siguientes días para Vesta pasaron como un borrón, durmiendo y despertando a mitad de la mañana o a mitad de la tarde sin orden alguno. Desde entonces no había visto a los dos elfos más jóvenes, pero algunas veces se despertaba para ver a la elfa más anciana cambiarle las vendas hechas de fibra natural y, en ocasiones, beber algún tipo de bebida de sabor amargo que la mayor parte del tiempo Vesta casi no podía tragar por completo, teniendo que vomitarlo de inmediato. Si su estómago ya era bastante débil ante la comida, no había forma de que pudiera tolerar cualquier tipo de medicina —que, por alguna razón, no era muy diferente a la de su mundo. Cualquier medicina siempre tenía sabor miserablemente repugnante.
En esos momentos, la mujer le daba palmadas en la espalda que de cierta forma la reconfortaban, ya casi habiendo olvidado el tacto y cómo se sentía.
—Me encantaría poder entender tu alma mejor —le había dicho en algún momento ante su mirada perdida. Vesta tomaba mucho tiempo para yacer en silencio, sin moverse ni hablar.
—No creo que haya mucho que conocer de mí. Estoy hecha pedazos —dijo Vesta susurrando eso último, y la mujer solo la miró.
—Creo que si nos dejaras acercarte, podrías encontrar que somos muy parecidos, y que podríamos acompañarnos.
Pero Vesta no lo creía, y Vesta nunca había sentido la necesidad de callar su sinceridad.
—Donde vengo, muchos son como yo. Estamos rotos y sucios, como una vasija hecha de barro. La compañía nunca nos ha hecho mucho bien, porque ya no sabemos apreciarla.
—Porque tienes miedo. Pero si sales ahí fuera, verás que el miedo no tiene por qué ser lo último que sientas. Hay mucho allá afuera por lo que puedes salir.
—Supongo —le había dicho Vesta—. Aunque no hay mucho que sea mío allá fuera. Tampoco vine aquí porque quisiera. Vine aquí porque ya lo había tirado todo. La realidad es que acabé aquí porque fui incapaz de dar todo por terminado antes. Ya sé que soy cobarde. No habría llegado aquí si no lo fuera. Cambié tanto, tantas veces, que ya no estoy segura de quién soy yo ni por qué estoy aquí.
Vesta lo dejaba claro cada vez: a ella no le importaba mucho más. Su opinión no había cambiado. No se había arrepentido de haber saltado aquella vez, y pensaba en su estado actual como una especie de redención. Su dolor era como una especie de redención. Por eso no le preocupaba el dolor físico; su mente estaba más preocupada por lo que sentía en su interior que por lo que había en el exterior. Ya era bastante obvio que a Vesta no le preocupaba dónde estaba ni quiénes la acompañaban. No importaba qué otros hicieran; ella seguiría sintiéndose sola.
—Eres grosera —dijo una pequeña voz desde la entrada de la enfermería.
Vesta dirigió su mirada hacia la pequeña figura, y allí encontró a una niña. Pequeña, como de unos seis años —aunque quizá un poco más alta—, su postura por sí sola hablaba de una madurez inesperada. Pero en sus ojos brillantes había una inocencia que la delataba. Era determinada y estaba muy enojada.
Aunque Vesta al principio no entendió por qué, el enojo en su mirada estaba destinado a ella.
Mi hermana está luchando cada día, y tú dices todas esas cosas tristes cerca de ella. Tú no eres como todos me habían dicho —dijo la niña, mirándola con furia—. Pensé que eras una diosa y que podías salvarnos, pero eres como una muñeca de madera llena de palabras crueles. No quiero estar cerca de ti.
Vesta se sintió culpable ante el arrebato de la niña, pero la escuchó sin atreverse a interrumpir. Cada palabra era como un balde de agua helada que atentaba con romper su poca seguridad. Solo cuando la niña airada señaló desde la puerta de entrada hacia la camilla de al lado, Vesta comenzó a comprender la ira que sentía esa pequeña persona. Oh, cuánta razón.
—De ahora en adelante, dejarás de ser una diosa para mí —dijo, y como una tormenta, así como llegó, se fue. Habiendo dicho lo que quería y habiendo demostrado su disgusto, solo se fue, aún con su piel ceniza casi violeta de rabia.
Pero Vesta, aunque avergonzada, por primera vez se dio cuenta de que nunca había estado sola en la enfermería. A unas cuantas camillas de distancia, entre unas sábanas similares a las suyas, yacía una pequeña forma. Era justo el lugar de donde había salido la niña. Y en medio de esa cama, una pequeña y delgada niña yacía, obviamente convaleciente, con su piel oscura como la de los habitantes, pero en su lugar sus venas parecían rellenas de un negro líquido, como si fuera sangre negra.
Vesta la miró y, por un instante, ya no estaba en esa enfermería de otro mundo.
Estaba en el hospital. Otra cama. Otra niña.
Selene.
Creyó ver a su hermana convaleciente. Recordó cómo al principio ella creyó que su hermana volvería a caminar. Con el tiempo y la estancia cada vez más larga en el hospital, se dio cuenta de que su hermana no iba a mejorar. Vesta recordó cómo visitaba cada vez que podía a su madre y a su hermana en el hospital. Siempre visitaba con su abuela. Luego ella enfermó y, no mucho tiempo después, su madre, cansada, también falleció. Al final, lo que pensó que sería algo temporal se convirtió en su vida diaria: un hospital. Su deuda hacia su hermana solo hacía más que crecer.
Debes entender que eres afortunada porque tú puedes caminar. "Debes vivir por ella" —le había dicho su madre múltiples veces.
Pero a Vesta la vida le pesaba. ¿Por qué debía estar agradecida? Aun así, soportaba, pues se sentía miserable de que fuera su hermana y no ella quien estuviera en ese estado. Porque cada día de su vida era el pago de una deuda. Después de la muerte de su hermana, Vesta no pudo seguir adelante porque nunca había logrado entender nada que no fuese la culpa, la tristeza o el arrepentimiento. Y ya se había acabado el tiempo. Eso había sentido cada vez que alguien le decía que debía ser feliz. Fingía que lo era, pero luego ya no hubo un motivo para hacerlo. Así que se perdió en lo más profundo de su mente, que era como una vasija rota: no había forma en que pudiera llenarla.