Vesta tomó asiento en su cama mientras pensaba en la noche.
No podía dormir, no después de haber descansado temprano al llegar de la zona de entrenamiento debido a su agotamiento.
Sus pies apoyados en el suelo, sintiendo la fría piedra bajo ellos. Aunque la estructura de estos edificios solo podía ser obra de manos expertas, aun así temía que el frío de la piedra en la noche le causara cierto escalofrió. Era una adulta, pero aún temía ante la oscuridad y el frío. Sin embargo, no se juzgó con demasiada dureza ante ello; había descubierto con el tiempo que, de alguna manera, todos odiaban la oscuridad y el frío. Quizá porque les recordaba a lo incontrolable, a lo que era inmutable. Vesta teorizaba sin sueño alguno.
Después, ante la fría noche, solo pudo pensar en la cálida biblioteca que había visitado anteriormente. Anhelando un poco de ese calor, Vesta se propuso obtenerlo. Y aunque desconocía el camino, dejó que el recuerdo del distante calor la guiara.
Hasta que, al fin, tras muchas horas o quizás solo minutos, logró encontrar la puerta artesanalmente hecha. Podía ver a través de ella los cientos de papiros en su interior. Aunque esta vez las luces estaban apagadas, solo hizo falta que su mano tocase la puerta para que las luces flotantes se encendieran nuevamente, permitiendo ver la cúpula en medio de los libreros que de manera circular rodeaban las paredes por cientos de pisos.
Cada libro, escrito con bella letra y protegido por portadas artesanalmente hechas, no era menos sorprendente que la estructura de la biblioteca en sí. Cada división, cada escalera, todo creado con un cariño y una dedicación que transmitía la belleza natural. Incluso la piedra que había odiado hacía unos minutos en la oscuridad, ahora podía verla cubierta de bellos mosaicos y hojas que venían del árbol que encerraba la cúpula en el bosque circundante a la cascada. Era hermoso.
Le encantaba cada pedazo de este lugar. Y aunque solo podía tocar —porque no podía entender los escritos—, eso no le impidió apreciar las bellas letras con las que fueron escritos.
—Me alegra que te haya gustado nuestra biblioteca.
Vesta giró asustada hacia la voz que sonó repentinamente. Había pensado que estaba sola.
—Es bellísima —dijo en voz baja, pues no tenía demasiadas ganas de hablar con Saerylien, a quien consideraba inoportuno.
—Me alegra. El tiempo nos permitió reconstruir en lo posible todo el conocimiento que yacía en los libros antiguos.
—¿Quién destruiría tanta belleza?
Pero no fue la frase adecuada. Lo supo porque Saerylien pareció congelarse por medio segundo mientras devolvía algunos papiros a su lugar original.
—Lamento que hayas tenido que ver esa escena con Fidre y Mael. Son jóvenes aventureros; pueden llegar a ser descuidados en ocasiones.
A Vesta no le gustó que evitara su pregunta y cambiara el tema.
—Te disculpas bastante seguido para ser de la realeza. — Dijo sin mirarle pero con la expectativa de hacerle incomodar como ella se sentía de incomoda con el.
Saerylien soltó un suspiro ligero que Vesta no habría notado si no hubiese prestado la atención de un águila a cada una de sus reacciones.
—Es solo un título sin valor. Mi placer es proteger a los míos. Me responsabilizo por sus acciones si son necesarias, y también agradezco por ellos si es necesario. Por eso te agradezco por tus bendiciones. Noté que les regalaste de tu sabiduría. Estoy seguro de que podrán encontrar el beneficio de tus buenos deseos para con ellos.
Vesta, al principio, se sintió confundida. Casi pensó que era otra forma de cambiar el tema, hasta que recordó a los guardias. En su cansancio, les había deseado sabiduría, pues no se sentía capaz de juzgarles. Ella misma había cometido acciones deplorables o dicho cosas desagradables cuando intentaba encajar. Eso no significaba que fuese correcto.
—El errar es de... normal. —Vesta evitó la palabra "humanos" por no estar del todo segura de que fuese la correcta según su contexto—. No comprendo cómo puedo haberlos bendecido, pero me alegrará que puedan comprender por qué lo que hicieron está mal. Si han comprendido eso, está bien para mí.
Pensó si decir lo siguiente. Sabía que a muchas personas no les gustaba mostrarse vulnerables, y había notado un poco de esa terquedad en Perita'el.
—Perita'el es un guardia. Es fuerte, pero también es sensible. Lo vi en sus ojos. Vi su dolor por ser tratado así.
—Lo vi. Lamento que lo hayas presenciado. No es correcto su comportamiento. Me ocuparé de que aprendan el peso de la mesura.
—¿Sabes que es inevitable, no es así?
—No. Esto es algo que no puede ser pasado por alto. No es aceptable —dijo de manera rígida, como el regente que Vesta a veces olvidaba que era.
Todos tenemos un camino que seguir. A partir de ello aprendemos y mejoramos. Lamentablemente, no todos somos perfectos como tú, impecables. Los menos privilegiados debemos equivocarnos para ser mejores. Para ser lo más valioso que podemos llegar a ser —dijo Vesta mientras miraba a Saerylien.
Quien guardó silencio ante sus palabras.
Vesta no se dejó engañar. Sabía que Saerylien no guardaba silencio porque sintiera que ella tenía razón. Había notado que Saerylien era de las personas que guardaban silencio por terquedad, por una creencia inamovible que elegantemente demostraba no discutiendo al respecto. Algo que, de alguna manera, también podía ver en la postura impecable de todos los habitantes. Había un aire de imperturbabilidad en todos ellos, como si escaparan de lo temporal, como si fueran ellos los que le dieran al tiempo la oportunidad de desenvolverse.
Nuevamente, Vesta se preguntó qué tipo de seres eran ellos. ¿Acaso eran una raza extinta?
Vesta bufó mientras hacía un ruido bastante informal y miraba a otro lado. Nunca había sido buena hablando; el tiempo y su temor a las personas solo había empeorado eso en su personalidad. Le frustraba hablar con otros porque nunca podía demostrar realmente lo que quería expresar. Sus oraciones iniciaban de una manera pero terminaban yendo a donde no querían. Aunque si había algo que era, era honesta. Por eso sabía que, de cierta forma, se sentía frustrada, y estaba segura de que era por el hecho de que sentía que hablaba con una pared... una muy dura e inflexible. Realmente no tenía idea de por qué insistía en conversar con este... hombre.