Devuelta por Mofeta Lila

Capitulo 16: La Cena

Vesta durmió tranquilamente, y despertó con una pequeña risa al lado de su cama. Aunque intentó contenerse, Arlori sonreía.

—Lo siento por interrumpir tu sueño, pero es tan tarde y tenía mucha hambre.

Vesta le sonrió aún medio adormilada, con el cabello no del todo presentable.

—Arlori, ¿qué haces tan temprano aquí?

—No es temprano, es tarde. Muy tarde.

Vesta bostezó, pensando que era imposible que fuese tarde. El aire frío parecía de apenas las siete de la mañana, recién amaneciendo.

—¿Tarde para qué? —dijo en su lugar, mientras se esforzaba por sentarse en la cama. Todo su cuerpo tembló al sentir el frío suelo de piedra. Sus ojos apenas podían mantenerse abiertos.

—Es hora de ir a comer. Te lo perdiste ayer, así que sabía que si quería que vinieras, tenía que venir a despertarte —dijo Arlori con entusiasmo.

Vesta no tenía mucha hambre, pero era verdad que había fallado a su promesa. No podía negarse a cumplir habiéndole dado su palabra a su pequeño nuevo amigo.

—Oh —fue todo lo que dijo, mientras se ponía de pie e intentaba arreglar su cabello—. Permíteme asearme un poco e iré contigo.

El pequeño nuevo amigo pegó un brinquito feliz para sentarse en su cama, dispuesto a esperarla.

Solo a medida que se alistaba, recordó que había regresado no hacía mucho del jardín. Había estado tan cansada por no dormir la noche anterior que había decidido dormir más temprano, solo que terminó siendo una siesta, porque Arlori quería que le acompañara a cenar.

Vesta se peinó el cabello con premura, dispuesta a ir a acompañarle, pero repentinamente se detuvo, apretando lo que parecía un peine bellamente labrado en madera. Se sentía preocupada de lo que fuese a encontrar. Había aceptado la invitación porque pensó que podría no comer y tal vez todos se centrarían en sus propias conversaciones, pero ahora que era indudable que asistía, no podía evitar temer.

Vesta comenzó a caminar de un lado al otro, preocupada de lo que llegaría a suceder, sin parar de rascarse el brazo derecho. ¿Qué si la miraban con desagrado por meterse en asuntos que no le conciernen? ¿Qué si le odiaban por haber hecho comentarios sobre su líder? ¿Qué si odiaban que no comiese nada? Estaba segura de que lo verían como una muestra de mala educación. Pero si comía...

Vesta se detuvo de repente, agarrándose la garganta.

Recordó cuando había iniciado su problema para poder comer. Había sido durante un almuerzo en la escuela secundaria. De repente, al escuchar a los demás hablar a sus espaldas, se había convencido de que podía solo sonreír, pero terminó corriendo al baño después de casi escupir toda su comida. Desde entonces, el nudo en su garganta no había desaparecido. En el trabajo se volvió aún más difícil porque ya nadie hablaba sobre su disfuncional familia; ahora hablaban sobre ella y su falta de habilidad social o laboral. No podía ser más personal.

Vesta suspiró. Ahora estaba agotada solo de pensarlo, y aún no había salido del baño.

Intentó recomponerse y darse un empujón mental, pero su preocupación había crecido tanto que cualquier empujón parecía tener el objetivo de tirarla hacia abajo en lugar de hacia adelante.

Tal vez solo debía cancelar, pensó intentando envalentonarse. Seguro Arlori comprendería que ella prefería dormir.

Pero solo de salir por la puerta del baño, vio los ojos brillantes del pequeño con rulos.

—¿Lista?

La mirada en sus ojos no le dejó decir la negativa que había estado a punto de brotar de su boca. Ella sonrió torpemente y, haciendo un sonido extraño como de sacar todo el aire mientras sonreía, respondió de medio lado:

—Siii...

Y aunque su voz se volvió más dubitativa a medida que salían, Arlori no pareció notarlo.

—¡Excelente! Vamos, es hora de comer. Coloqué una silla muy cerca de la mía así podrás comer conmigo. Te enseñaré los platos más deliciosos.

Ahora ya en camino, de la mano de Arlori, sonrió con más sinceridad.

—Me encanta.

Vesta no comprendía qué expectativa tenía de la cena, pero definitivamente no esperaba esto. No esperaba que la luna fuese tan brillante desde el círculo que formaba la cascada, ni que, aunque la cueva fuese oscura, la luz se reflejase como si fuese una gran joya por las noches. Era tan bello que Vesta no pudo evitar soltar un ruido de sorpresa.

Azorada como lo estaba por la vista, casi no notó cuando Arlori la arrastró hasta una de las bellas sillas labradas que rodeaban una mesa redonda. Era tan grande que cabían todos, y podían mirarse sin problema alguno. Y aunque pensó en un inicio que todos odiarían verla presente, sucedió todo lo contrario: todos la miraban con grandes sonrisas. Mientras poco a poco se iba llenando la mesa, solo quedaron dos sillas disponibles.

Pudo ver a Sylviene bellamente vestida, su cabello más brillantemente plateado resaltado por la noche. A Domeli'Ci colocando los cubiertos al lado de su plato. Enlieri hablaba a susurros rápidos con la joven que había visto en su primer día, cuando aún estaba en la habitación con una ventana hacia el bosque.

También vio a los soldados, todos pulcramente vestidos y rectos como si estuviesen supervigilantes, pero a su vez podía verles relajarse entre conversaciones.

Solo cuando la puerta se abrió nuevamente, todos guardaron silencio.

Primero entró Saerylien, quien noble como siempre caminaba como si flotase. El silencio se hizo tan denso que podía rebanarse con un cuchillo, porque detrás de él apareció el líder de los soldados, parecía atrapado en una atmósfera más oscura y automortificante. Pero eso no hubiese sido tan preocupante si no hubiese sido porque tenía un hematoma en la frente y caminaba con una casi imperceptible cojera.

Era obvio que le habían castigado.

Era por su culpa, lo sabía. Había causado un daño terrible.

Vesta se tensó ante el pensamiento.

Pero todos parecieron ignorar la situación como si estuviesen acostumbrados a ella. Lo que Vesta pensó que serían recriminaciones o miradas acusatorias fue un tiempo lleno de silencio, que pareció ser interrumpido cuando ambos recién entrados tomaron su lugar en la mesa. Pero Saerylien, quien tomaría lugar a dos sillas de la suya, no tomó asiento. Se mantuvo de pie, y con el orgullo de un terrateniente, abrió sus brazos por encima de Sylviene y Domeli'Ci y, como si rezara, miró al cielo mientras agradecía con susurros que eran tan suaves que de alguna manera parecieron hacer su corazón más ligero.



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En el texto hay: fantasia, romance, desarrollo personal

Editado: 09.08.2026

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