Devuelta por Mofeta Lila

Capitulo 17: Luna Matinal

Cuando la mañana llegó, Vesta no había pegado un ojo. Para sorpresa de nadie. Por lo que, cuando comenzó a escuchar pasos y puertas abriéndose y cerrándose, comprendió que sus intentos de descanso serían un fracaso.

Vesta se sentó en la cama, sintiendo la cabeza pesada sobre los hombros, de una manera para nada elegante. Al levantar la mirada, se encontró con unos ojos plateados mirándola con risa contenida.

Era Sylviene, notó al ver el cabello plateado y la sonrisa característicamente burlona. Vesta tragó fuerte y, al escucharse el sonido característico, la sonrisa de Sylviene creció más.

Sylviene era de verdad la persona más burlona que Vesta había conocido. Aunque no era maliciosa, solo tenía una fascinación curiosa con cualquiera de sus gestos o reacciones. Tenía un interés tan particular en ella que siempre intentaba hacerla reaccionar, haciéndola sentir avergonzada. No había manera de que Vesta pudiera acostumbrarse a ello.

—Buen día, Sylviene —dijo Vesta para cortar el silencio inquieto.

—Jeje. —At'hendelai —respondió Sylviene, haciendo el mismo gesto que ya había visto incontables veces: una inclinación de cabeza con la mano en copa, extendiéndola ligeramente. Vesta lo tomó por lo que era, un saludo. Pero aunque en todos el gesto se veía como proveniente de la admiración y el respeto, en Sylviene solo podía ser considerado como burlón.

Vesta escuchó un carraspeo que la hizo mirar hacia atrás y vio a Domeli'Ci mirando a Sylviene de manera desaprobatoria. Al mirar a Sylviene de regreso, esta no pareció preocuparle mucho, porque volvió a su labor: mirar la luna por la ventana.

No era aún de día del todo, pero Vesta estaba segura de que hoy era uno de esos días en que la luna era más brillante que nunca. Podía notarlo por la luz que entraba por la ventana.

—La luna está bellísima hoy —se le ocurrió decir a Vesta, pues solo podía pensar en el bello brillo que alumbraba las flores blancas al otro lado de la ventana. La vista era tan hermosa: los pastos verdes brillaban de un azul casi celeste, tan brillante y celeste como si fuesen estrellas. Y Sylviene, a su vez, no palidecía en belleza a su lado; era definitivamente una estrella, pues brillaba como una, reflejando la luz de la luna.

Vesta cerró los ojos al sentir la fresca brisa de la madrugada.

Esto no podía ser nada menos que magia.

Hoy permanecerá más tiempo en el cielo. Por lo que Sylviene tomará su tiempo para rezarle, y nos permitirá brindar mayor salud a los familiares enfermos —respondió Domeli'Ci, quien se había acercado aún más a ella mientras se dirigía a una de las camillas vacías frente a ella.

Ah, claro, pensó Vesta. Seguro hablaba acerca de la pequeña en cama.

—Oh, comprendo —dijo, aunque no estaba segura de comprender del todo. Confiaba en que al menos entendía un poco.

—Toma asiento.

Vesta levantó la mirada ante la instrucción. Pero Domeli'Ci no le hablaba a ella; de hecho, le hablaba al hombre que le seguía con fuerte apariencia. Vesta no sabía cómo había pasado por alto al gran hombre que había entrado con Domeli'Ci a la enfermería. Quizá era porque no había dicho nada.

Vesta lo miró sin comprender qué hacía el sujeto en cuestión en la enfermería, hasta que se dio la vuelta para sentarse. En ese momento comprendió. Era el líder de los guerreros, el que Saerylien había castigado. La herida en la frente no estaba tan mal como ayer, pero definitivamente no estaba curada aún.

—At'hendelai, Alteza —dijo el caballero al notar su mirada.

Vesta bajó la mirada rápidamente, sintiéndose mal por la mirada fija que seguro había mantenido por mucho tiempo en su herida.

—B-buen día —tartamudeó con sus palabras, volviendo a mirar a Sylviene.

—Hoy Lar'el vino a recibir cuidados en su herida —dijo Domeli'Ci, quien ya comprendía un poco el tipo de persona que era Vesta: tímida, pero curiosa como un ratón.

Vesta vio cómo Domeli'Ci le atendía, limpiaba la herida, colocaba vendajes y luego les infundía su energía brillante. Para cuando ella tomó los instrumentos utilizados y se alejó de la zona para limpiarlos, Vesta, con su característica timidez, dijo en voz baja:

—Lo siento... Fue mi culpa que te castigaran.

El silencio se hizo en toda la sala y Vesta temió haber dicho algo extremadamente estúpido. No se atrevió a ver a nadie a los ojos, pero sabía que había sido escuchada. No por nada tenían una alta capacidad auditiva, algo que Vesta para nada subestimaba.

—¿Eh? Ah, no, Alteza, no es su culpa. Usted no tuvo manera de formar parte de esta situación —dijo el guardia, extrañado.

Vesta sintió que él no la comprendía.

—No, siento que es mi culpa. Yo interferí y eso hizo que Saerylien te castigara.

—No, no, Alteza —dijo con rostro angustiado—. Me ha malentendido. Saery... no, su majestad no me hizo nada. Fui yo. Yo fui irresponsable y dejé que uno de mis soldados fuera maltratado frente a mí. Estaba tan enojado que estrellé mi cabeza contra una pared.

—Jeje —rió Sylviene.

Vesta vio cómo el rostro de Lar'el se volvía de un curioso color violeta, debido a su piel ligeramente ceniza tan característica.

—Oh —fue todo lo que Vesta supo decir. Había malinterpretado a Saerylien nuevamente. Quizás, aunque este no era el mundo moderno, los castigos no eran como los que recordaba de la Edad Media desde donde ella venía.

Ahora le debía una disculpa a Saerylien.

—Bueno, bueno, es curioso cómo se dan los malentendidos, ¿no creen todos? —dijo Sylviene con su característica mueca burlona. Aunque tenía los brazos hacia adelante, centrados en la recolección de la luz matinal —o al menos eso era lo que Vesta creía que hacía—, aun así estaba mirando fijamente la escena. De hecho, tenía los ojos clavados en Vesta en espera de una reacción.

Vesta no la decepcionó: su rostro estaba rojo como un tomate y parecía más avergonzada de lo normal. Perfecto, habría dicho Sylviene si no fuese porque no era costumbre de los de su tipo hablar sin un propósito.



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En el texto hay: fantasia, romance, desarrollo personal

Editado: 03.09.2026

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