Un hermoso día en la ciudad de San Lucas.
Las mismas personas de siempre paseaban por las calles; los restaurantes, a rebosar; el tráfico, un vaivén incesante de motores, bocinas y apuros... Lo de siempre. La rutina de una ciudad viva, brillante, casi perfecta.
Tres niños acababan de salir de la escuela y caminaban en dirección al centro, una zona majestuosa donde la arquitectura moderna se entrelazaba con la historia, atrayendo oleadas de turistas por cada rincón de las plazas. Ethan, Liam y Ryan recorrían su ruta habitual de regreso a casa, cuando decidieron detenerse a disfrutar de un helado: fresa, coco y mango, respectivamente.
-Oye, Ethan... -rompió el silencio Liam.
-Dime, Liam -respondió su hermano mayor, sin apartar la vista de un libro sobre astrología, su tema favorito.
-¿Qué pasaría si... ya no existieran los adultos?
-¿Qué clase de pregunta estúpida es esa? -frunció el ceño Ethan, claramente molesto-. ¿Te volviste más tonto de lo que ya eres?
-¡O-oye! Solo contesta... tú eres el sabelotodo. -La curiosidad de Liam seguía firme.
-Si eso pasara, sería un desastre. Muchos niños no sabrían qué hacer y morirían sin cuidados. Caos total, bla, bla, bla... No me molestes, estoy leyendo -gruñó, mientras le daba otra ojeada a su libro.
-Qué gran explicación, Ethan... -ironizó Liam, y luego se volvió hacia Ryan-. ¿Y tú qué harías?
Ryan, distraído mirando juguetes a través del escaparate de una tienda, respondió con entusiasmo infantil:
-¡Sería genial! Iría directo a la juguetería y me llevaría todo lo que quiera, sin que nadie me diga que no, gratis, y aparte... Wow mira esos drones, quiero uno!!.
Ryan seguía pegado al cristal, con los ojos como platos y la nariz aplastada contra el escaparate. Su aliento dejaba un círculo de vaho que aparecía y desaparecía con cada respiración.
—Oye, Ryan, en serio... —insistió Liam, jalándole la manga del uniforme—. ¿Qué harías de verdad? No solo lo de los juguetes.
Ryan despegó la cara del vidrio a regañadientes, dejando una manchita húmeda en el cristal.
—Pues... me quedaría en mi casa, pero sin reglas. —Lo dijo como si fuera lo más obvio del mundo—. Nada de "a las nueve a la cama", nada de "termina la tarea", nada de "apaga esa pantalla o te la quito". —Suspiró de esa forma exagerada que solo hacen los niños cuando sienten que el mundo entero los persigue—. Y comería cereal en el desayuno, en el almuerzo y en la cena. Todos los días.
—Eso es lo más triste que he escuchado en mi vida —murmuró Ethan sin levantar la vista.
—¡No lo es! —protestó Ryan—. ¡Es libertad!
Liam chupó su helado de coco, pensativo. Había algo que le seguía rondando la cabeza, algo que no sabía muy bien cómo agarrar con palabras.
—Yo creo que al principio sería divertido —dijo al final—. Como unas vacaciones muy largas. Pero después...
—¿Después qué? —dijo Ryan, que ya había vuelto a mirar los drones.
—No sé. —Liam frunció el ceño—. Que extrañarías cosas. Mi mamá siempre sabe cuándo me duele algo aunque yo no diga nada. Solo me mira y ya sabe. No sé cómo lo hace, pero lo hace.
Se hizo un silencio raro. De esos que caen sin avisar y nadie sabe muy bien cómo quitárselos de encima. Hasta Ethan cerró el libro, aunque fuera un segundo.
Liam se colocó frente a ellos con una sonrisa traviesa, como si hubiera decidido él mismo romper el momento.
—Igual... yo también iría primero a la dulcería de la esquina —señaló con la mirada, llena de deseo azucarado—. Eso sí.
Ryan se rio. Ethan resopló.
—Piensan como idiotas —murmuró, volviendo a su libro.
—¡Solo bromeábamos, hombre! —dijo Liam, alzando las manos como si lo estuvieran arrestando.
—Amargado.
—No me mires así —le respondió Ethan sin ni siquiera levantar la vista—, me da cosa.
—¿Por qué no piensas como un niño? —Liam empezó a imitarlo, caminando encorvado con los brazos hacia adelante como un viejito—. ¿Ya eres un anciano, Ethan? ¿Te duelen las rodillas?
Ryan se dobló de la risa. Incluso Ethan tuvo que morderse el labio para no sonreír, aunque lo logró a duras penas.
Pero entonces se detuvo. Y cuando Ethan se detenía así, de golpe, los otros dos sabían que algo venía.
—¿Qué tiene de gracioso, Liam? —Su voz sonó diferente. Más quieta—. ¿De verdad no has pensado en mamá? ¿En papá? Si desaparecen... serías el primero en caerse a pedazos. Y lo sabes.
Liam abrió la boca. La cerró. Miró al suelo un momento.
No respondió.
—Bah, nerd dramático —intervino Ryan, incómodo, pateando una piedrilla—. Nadie dijo que iba a pasar de verdad.
—Tch —gruñó Ethan, y volvió al libro. Pero algo en su cara se había quedado serio.
Siguieron caminando en silencio por un rato. Uno de esos silencios que no son incómodos del todo, sino que simplemente necesitan tiempo para digerirse.
Saludaron a los vecinos de siempre. Cruzaron en el semáforo aunque tardó una eternidad. Y como todos los martes, pararon donde doña Dina a comprar empanadas, que siempre estaban demasiado calientes pero que ninguno de los tres esperaba para comérselas, y siempre terminaban soplando y quemándose igual.
—Me quemé la lengua —anunció Ryan con la boca abierta.
—Como siempre —dijo Liam.
—Como siempre —confirmó Ethan.
Y por un momento, todo era exactamente normal. La ciudad ruidosa, las empanadas calientes, el libro de astrología, los helados a medio comer. La conversación extraña ya flotaba lejos, disuelta entre el ruido de las bocinas y la risa de Ryan.
Pero algo se avecinaba.
El cielo, que hasta hace un momento era de ese azul limpio de las tardes de San Lucas, empezó a cerrarse. No como cuando llega una tormenta, con nubes que se van amontonando de a poco. No. Fue de golpe, como si alguien hubiera apagado una luz. Una nube enorme, densa, de un gris que no parecía natural, tapó el sol en cuestión de segundos.