Ethan no lo pensó dos veces. Agarró a sus hermanos de la mano, algo que no hacía desde que tenían como ocho años, y los jaló hacia el minimarket de la esquina.
Adentro ya había otros niños. Algunos lloraban pegados a las paredes. Otros se habían metido detrás de los estantes como si eso fuera a protegerlos de algo. Una niña pequeña, de unos seis años, estaba sentada en el suelo abrazando una mochila rosada y repitiendo el nombre de alguien en voz bajita, como un susurro que no llegaba a ningún lado.
Los tres se quedaron pegados a las puertas de vidrio, mirando hacia afuera.
Lo que veían no tenía nombre.
Autos moviéndose solos hasta estrellarse contra postes, contra otros autos, contra cualquier cosa. Un autobús que había cruzado la acera. Humo negro subiendo desde algún punto que no alcanzaban a ver. Y en el cielo, dos estelas de fuego cayendo en espiral, lentas y enormes, como si el tiempo también se hubiera roto.
Ryan se apartó del vidrio. No podía seguir mirando.
Liam tenía los ojos fijos en las naranjas que todavía rodaban por el asfalto, lejos ya de las bolsas de aquella mujer que había desaparecido. No podía dejar de mirarlas. Era lo único que tenía sentido en todo ese caos: las naranjas rodando, rodando, hasta quedarse quietas contra el bordillo.
—¿Fue por lo que dije? —murmuró.
—No —respondió Ethan de inmediato.
—Pero es que yo pregunté y luego—
—Liam. —Ethan lo miró directamente, algo que tampoco hacía muy seguido—. Escúchame. Si esto pasó porque tú hiciste una pregunta, entonces tendrías que ser Dios. Y claramente no lo eres. Eres un niño de doce años que se compró un helado de coco hace media hora.
Liam no respondió, pero tampoco dejó de sentirse culpable. Eso no funciona así, que te digan que no es tu culpa. El peso seguía ahí.
Ryan estaba en un rincón, con la espalda contra la nevera de bebidas. Tenía los brazos cruzados y miraba el suelo.
—Puede que tengas razón —dijo de pronto, en voz baja—, pero y si—
—Ryan —lo cortó Ethan.
—Solo digo que—
—Nos vamos a casa.
—¿Y si ellos también...? —Ryan no terminó la frase.
Nadie la terminó.
Salieron en silencio. Las calles eran otro mundo. Caminaron pegados, esquivando cosas que no querían pisar, sin hablar. Ethan iba adelante. Liam en el medio, con los ojos todavía húmedos. Ryan atrás, con esa cara que ponía cuando intentaba no pensar en algo y no podía.
En algún punto del camino, Ethan dijo, casi para él mismo:
—Los culpables no son de este mundo. Esto no lo explica ningún libro de ciencias, ni de historia, ni de nada.
—¿Y eso se supone que nos ayuda? —dijo Ryan.
Ethan no contestó.
Cuando llegaron, Ryan casi tira la puerta abajo. Entró primero, seguido de Liam, y los dos gritaron al mismo tiempo:
—¡Mamá! ¡Papá!
El eco de sus propias voces fue la única respuesta.
Ethan se quedó en el umbral de la puerta. No entró de inmediato. Solo miró el pasillo, la luz encendida de la cocina, los zapatos de su papá junto a la entrada, el bolso de su mamá colgado en el perchero de siempre.
Todo en su lugar. Como si fueran a llegar en cualquier momento.
Ryan pasó por cada cuarto corriendo. Liam fue directo a la cocina, luego al patio, luego de vuelta. Los dos sabían la respuesta antes de buscar, pero buscaron igual, porque a veces el cuerpo necesita comprobarlo aunque la cabeza ya lo sepa.
Ethan seguía parado en la entrada.
—No están —dijo, cuando los otros dos volvieron.
Era lo único que dijo. Y lo dijo con una voz tan plana, tan quieta, que Ryan lo miró como si le hubiera dicho algo imperdonable.
—¿Qué te pasa? —La voz de Ryan temblaba, pero no de pena. De rabia—. ¿No te importa nada?
Ethan no respondió.
Y eso fue lo que lo rompió.
—¿No los amabas?! —Ryan ya no controlaba el volumen—. ¡Eran nuestros padres! ¡Desaparecieron y tú estás ahí parado como si nada! ¿Solo te importan tus libros? ¿Tus investigaciones? ¡¿Qué clase de persona eres?!
Liam se interpuso, con los brazos alrededor de Ryan por detrás, sujetándolo más por instinto que por fuerza.
—Para, para... —le dijo al oído, con la voz quebrada—. Él también está destrozado. Solo que no lo muestra igual que tú. No lo hagas así, Ryan, por favor.
Ryan forcejeó un momento. Luego se quedó quieto, respirando fuerte.
Ethan lo miraba. Y entonces dijo algo que no debió decir, o que tal vez sí necesitaba decir, no se sabe:
—¿No eras tú el que iba a correr a la juguetería si los adultos desaparecían?
El silencio que siguió fue de los peores.
Ryan palideció. Luego se le llenó la cara de algo entre vergüenza y furia pura.
—Te vas a arrepentir —dijo, con una voz muy baja y muy seria.
—Ryan— empezó Liam.
—Suéltame.
Liam lo soltó despacio. Ryan se alejó hacia el pasillo, sin dar portazo, sin gritar más. Solo se fue. Y eso, de alguna manera, era peor.
Ethan se quedó mirando el bolso de su mamá en el perchero.
Liam lo miró a él.
Y ninguno de los dos dijo nada, porque no había nada que decir que no sonara completamente vacío.
(Si quieres leer más, sígueme y apóyame en la plataforma de Wattpad, actualización más seguidas! )