Amelia
Despierto antes de que suene la alarma, trago saliva, error.
—Mierda...— me arde la garganta.
Anoche comenzó como una simple molestia, pero esta mañana siento como si hubiera tragado vidrios. Me levanto de todas formas. Una ducha caliente. Eso necesito. Quince minutos después salgo del baño sintiéndome peor. Tengo el cuerpo pesado y un ligero temblor en las manos.
Me visto, recojo mi cabello y bajo a la cocina. Preparo té. El primer sorbo casi me hace llorar, no pasa, ni siquiera agua, dejo la taza sobre la encimera.
—Perfecto— toco mi frente.
Estoy caliente, probablemente fiebre. Cualquier persona sensata llamaría al hospital para avisar que está enferma. Yo tomo las llaves, no estoy apta para quedarme en casa a perder el tiempo, mi trabajo es lo único que me hace pararme de la cama todos los días.
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—Doctora...— saluda y levanto la vista.
Clara, la enfermera que me asiste y prácticamente funciona como mi secretaria, me observa como si estuviera viendo un cadáver caminar.
—¿Qué? — cuestiono, en un tono molesto, quizás no por ella, es la molestia la que me carga de mal humor.
—¿Cómo está? — pregunta y me dan ganas de mandarla a freir espárragos.
Dejo el bolso sobre el escritorio.
—Así como me veo. Fatal— respondo, evitando hablar tanto, me duele hasta para respirar.
—Se ve horrible— comenta y ya se que me veo como la mierda.
—Gracias. Qué amable— mascullo acomodando mis cosas.
—Lo digo en serio— repite y giro los ojos poniéndolos en blanco, claro que me veo fatal, me siento fatal.
—Yo también— termino de decir, enciendo la computadora. Tengo nueve pacientes programados y dos valoraciones pendientes, no pienso irme—. Tráigame un analgésico, por favor.
—¿Ha desayunado?— Silencio. Clara pone las manos sobre la cintura—. Doctora Serrano.
—No empiece— reprendo, no tengo ganas de escucharla.
—Usted sabe que cuando no come...
—Clara— la interrumpo, no estoy de humor, hoy no quiero que me digan nada.
—Le baja el azúcar— me recuerda lo que ya sé.
—Estoy perfectamente consciente de cómo funciona mi cuerpo— le informo. Me observa con expresión poco convencida—. Un analgésico —repito.
—Y algo de comer— agrega siendo la terca que es, no se como la he soportado tanto tiempo.
—Solo el analgésico— ordeno, espero por su bien que haga caso.
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A las once de la mañana tengo fiebre. A las doce, las manos me tiemblan. A las doce y veinte, las letras del expediente frente a mí comienzan a moverse. Eso sí me preocupa.
—Señora Méndez, sus resultados...—Parpadeo. Concéntrate, Amelia—. Sus resultados han mejorado. Quiero mantener...— Un escalofrío me recorre el cuerpo. la paciente frunce el ceño.
—Doctora, ¿se siente bien? — cuestona, en un tono preocupado.
—Perfectamente— indico, Mentira, siento que el consultorio está dando vueltas.
Termino la consulta y espero a que salga antes de apoyar ambas manos sobre el escritorio. Respiro, una vez, dos, necesito comer. Abro un cajón buscando los caramelos que suelo guardar para estas situaciones.
Vacío, mierda. Tomo mi teléfono para llamar a Clara, entonces el mundo se inclina. Conozco esta sensación, sudor frío, temblor, palpitaciones, debilidad. El azúcar, intento ponerme de pie, mala idea.
—Cla...— No termino su nombre, todo se vuelve negro.
—...quiero otra medición en quince minutos— una voz.
—¿Y la solución? — pregunta alguien.
—Manténgala. Y controlen la temperatura. Está deshidratada— ordenan, conozco esa voz.
No.
—¿Doctor, solicitamos los análisis? — preguntan de nuevo.
—Sí. Hemograma, electrolitos y...— Abro los ojos.
Techo blanco, una vía intravenosa, monitor, cama de hospital. No, no, no, no, intento incorporarme.
—Quieta— ordena la misma voz y me enfurezco.
Giro la cabeza y veo a la persona que menos deseaba ver, pero en una situacion como esta. Matías Ferrer de pie junto a mi cama. Bata blanca, brazos cruzados y esos irritantes ojos color miel clavados en mí.