Diagnóstico: enamorada de mi enemigo

Capítulo 4

Amelia

—Tiene que ser una broma— una esquina de su boca se levanta.

—Buenos días para usted también, Doctora Tormenta— claudica, y odio esa sonrisa que me dedica.

—No me llame así— reprendo no tiene derecho a cambiarme el nombre.

—Entonces deje de comportarse como una— espeta y mis ganas de matarlo aumentan.

Miro el suero.

—Quíteme esto— ordeno, no tengo por que estar acostada en una camilla de mi propio hospital.

—No— niega haciendo un gesto, que muy a mi pesar me parece lindo.

—Doctor Ferrer...— la voz me sale un poco ronca, el ardor en la garganta aparece y es un infierno.

—Matías— corrige sonriendo de nuevo.

—No me importa cómo se llame. Quíteme esto— piddo otra vez.

Aparto la sábana. Él la vuelve a colocar, lo miro.

—¿Acaba de arroparme? — lo miro a los ojos es un grave error, se ve muy lindo.

—Sí— sin una pizca de descaro lo acepta.

—No vuelva a hacerlo.

—De acuerdo.

Intento levantarme. Matías coloca una mano sobre mi hombro.

—Ni se le ocurra.

Miro su mano. Después lo miro a él.

—Quíteme la mano.

—Cuando deje de intentar levantarse.

—Soy médica.

—Hoy es paciente.

Odio esa frase. Intento apartarlo, pero apenas tengo fuerzas.

—Tengo consultas.

—Canceladas.

Me quedo inmóvil.

—¿Qué?

—Sus consultas fueron reprogramadas.

—¿Quién autorizó eso?

—Yo.

Lo miro incrédula.

—Usted no tiene autoridad sobre mis pacientes.

—No. —Se inclina ligeramente hacia mí—. Pero sí tengo autoridad para impedir que una médica con hipoglucemia, fiebre y deshidratación vuelva a desplomarse encima de alguien.

—No me desplomé encima de nadie.

—Cierto. El suelo tuvo la suerte— lo odio. Definitivamente lo odio.

—Quiero el alta.

—Denegada.

—No puede negármela.

—Entonces levántese.

Lo miro desconfiada.

—¿Qué?— Da un paso atrás.

—Adelante. Si puede caminar hasta esa puerta sin caerse, discutimos su alta.

Idiota, aparto la sábana. Pongo los pies en el suelo. Me levanto, uno, dos segundos. El mareo llega tan rápido que apenas alcanzo a reaccionar.

Una mano rodea mi cintura. La otra sujeta mi brazo y termino contra él. Mi mejilla queda pegada a su pecho. Firme, caliente, demasiado musculoso. Y definitivamente demasiado caliente.

—Suélteme.

—En cuanto deje de intentar besar el suelo.

Levanto la cabeza. Error. Su rostro está demasiado cerca. Puedo distinguir pequeños destellos dorados alrededor de sus pupilas. Y esa maldita sonrisa.

—No estoy jugando, Ferrer— la sonrisa desaparece.

—Yo tampoco— algo cambia en su mirada.

—Tiene fiebre, no ha comido, está deshidratada y su glucosa cayó lo suficiente como para hacerla perder el conocimiento. Así que por una vez en su vida, deje de intentar demostrar que puede con todo.

Me quedo inmóvil, no por el mareo, por sus palabras, por una vez en su vida.

—Usted no sabe nada de mi vida.

—No— su mano continúa en mi cintura—. Pero sé reconocer a alguien que se está destruyendo.

Mi pecho se aprieta, me aparto de golpe.

—No vuelva a hablarme así— él me ayuda a sentarme.

—Entonces deje de darme motivos.

—Salga.

—Amelia...

—¡Salga!

Matías aprieta la mandíbula. Durante unos segundos ninguno aparta la mirada. Finalmente se dirige hacia la puerta. Gracias a Dios.

—Ferrer— se detiene—. Cuando salga de aquí, espero no volver a verlo en todo el día.

Se gira lentamente. Y entonces aparece otra vez esa sonrisa insoportable.

—Eso va a estar difícil— frunzo el ceño.

—¿Por qué? — Matías abre la puerta.

—Porque acaban de asignarnos juntos el caso de Samuel— mi estómago se hunde. Pero él todavía no ha terminado—. Y hay algo en sus análisis que tenemos que discutir.

Su expresión cambia. Ya no sonríe.

—El accidente no es lo peor que le está pasando a ese niño.




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