Diagnóstico: enamorada de mi enemigo

Capítulo 5

Matías

—Amelia Serrano— Repito el nombre mientras observo el expediente sobre mi escritorio.

Así que ella es Amelia. La misma doctora de la que Esteban me habló ayer. La mujer complicada. La que trabaja demasiado. La que, según él, parece empeñada en demostrar que puede con todo. Y, por supuesto, tenía que ser la misma mujer que hace unas horas terminó prácticamente en mis brazos.

Sonrío al recordarlo. No debería. Definitivamente no debería.

Mudarse a esta ciudad debía significar empezar de nuevo. Un apartamento nuevo, un hospital nuevo, pacientes nuevos. Nada de preguntas sobre el pasado, nada de miradas cargadas de lástima. A mis treinta y cuatro años, mis pertenencias todavía caben en cuatro maletas.

No tengo esposa, no tengo hijos. Ni siquiera tengo una planta porque probablemente olvidaría regarla durante una guardia.

Mi madre dice que vivo para el hospital. Tiene razón. Los niños son más fáciles que los adultos. Cuando tienen miedo, lloran. Cuando algo duele, lo dicen. Cuando te quieren, también. Los adultos aprendemos a hacer exactamente lo contrario.

Y Amelia Serrano parece haberse especializado en ello. Miro nuevamente su nombre. Algo en esa mujer me intriga. Quizá sean sus ojos. Café. Oscuros. Cansados. O esa manera de levantar la barbilla cuando quiere demostrar que nadie puede tocarla.

Es hermosa, demasiado. Aunque seguramente intentaría asesinarme si se lo dijera. Llaman a la puerta.

—Pase— Esteban entra.

—¿Ya conociste a tu compañera para el caso? — Levanto el expediente.

—Si te refieres a Doctora Tormenta, sí— se ríe.

—¿Ya le pusiste apodo?

—Se lo ganó.

—Ten cuidado con Amelia— Otra vez eso.

—Ayer dijiste lo mismo.

—Porque te conozco.

—¿Y?

—Te gustan las mujeres difíciles.

—Me gustan las mujeres.

—Ese es exactamente el problema— suelto una carcajada.

Hace tiempo que no tengo una relación seria. No porque no haya tenido oportunidades. Simplemente dejé de buscarlas. Una noche es fácil. Una relación implica explicar demasiadas cosas. Y existen partes de mi vida que prefiero mantener enterradas.

—¿Por qué nos asignaron juntos? —pregunto. Esteban deja de bromear.

—Samuel está muy delicado— eso basta para devolverme a la realidad. Abro los resultados.

—Lo sé.

—Y Amelia fue quien lo recibió. Dirección quiere que continúe involucrada mientras tú tomas la parte pediátrica.

Observo los valores nuevamente. No me gustan. Nada. El accidente solo permitió que descubriéramos un problema que llevaba tiempo desarrollándose.

—Necesitamos más estudios.

—Ya están solicitados.

—¿Por Amelia?

—Sí.

Aprieto los labios. Otra vez se adelantó. Maldita mujer. Es buena. Muy buena.

—Parece que van a entenderse— lo miro.

—Preferiría operar sin anestesia.

—No te creo.

—¿Por qué? — Esteban sonríe.

—Porque llevas cinco minutos hablando de ella— le lanzo un bolígrafo. Él lo esquiva riéndose.

Una hora después voy hacia Pediatría. Samuel duerme abrazado a Bruno. Me detengo junto a la cama. Ocho años. Solo ocho. Ahora no tiene padres. Y probablemente muy pronto tendremos que explicarle que el accidente no es su único problema.

Aprieto la mandíbula. No importa cuántos años lleve haciendo esto. Nunca aprendes a mirar a un niño y aceptar que quizá no puedas salvarlo. Tal vez por eso sigo aquí. Porque todavía necesito demostrarme que algunas veces sí puedo.

—¿Va a quedarse mirándolo toda la tarde? — Reconozco la voz inmediatamente.

Me giro. Amelia está en la puerta. Pálida y ojerosa. Con el cabello rizado recogido de cualquier manera y una expresión capaz de congelar un quirófano entero. Y aun así… joder. Es preciosa.

—Debería estar acostada.

—Y usted debería aprender a meterse en sus asuntos— sonrío.

—Ahí está. Ya estaba preocupado— Entrecierra los ojos.

—Tenemos que hablar de Samuel.

—Cuando usted vuelva a su habitación.

—Estoy bien.

—Se desmayó hace unas horas.

—Ya me recuperé.

—Está pálida.

—Soy morena— tengo que morderme el interior de la mejilla para no reír.

—Tiene fiebre.

—Y usted es insoportable. Ninguno va a morir por eso— esta vez sí me río.

Amelia me fulmina con la mirada. Pero durante un segundo veo algo. La esquina de sus labios se mueve. Casi nada. Una amenaza de sonrisa. Y, por alguna razón absurda, quiero verla completa.




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