Diagnóstico: enamorada de mi enemigo

Capítulo 6

Amelia

Odio los hospitales de noche. Lo cual resulta irónico considerando que prácticamente vivo en uno. Pero es diferente cuando llevo la bata. Cuando soy yo quien sostiene el estetoscopio. Cuando las agujas perforan brazos ajenos. Acostada en esta cama, soy simplemente Amelia. Y hace años que intento no serlo.

—¿Otra vez intentando escapar?

Levanto la mirada. Matías está en la puerta.

—¿No tiene pacientes?

—Tengo una especialmente difícil.

—Pues vaya a atenderla.

Sonríe.

—Estoy haciéndolo.

Idiota.

—Ya puede quitarme el suero.

Se acerca y revisa la bolsa.

—Todavía no.

—Ferrer...

—Serrano...

Lo imita exactamente con mi tono. Quiero golpearlo. Lo peor es que una parte de mí quiere reír. Y eso me molesta todavía más. Hace mucho que no tengo ganas de hacerlo.

Consigo el alta dos horas después. No gracias a Matías. Según él, debería quedarme en observación. Según yo, puede meterse su observación donde mejor le parezca.

Cuando llego a casa, el silencio me recibe. Siempre lo hace. Dejo las llaves. Me quito los zapatos. Enciendo una luz. Durante mucho tiempo pensé en vender esta casa.

Nunca pude. Hay lugares que uno abandona. Y hay lugares que se convierten en tumbas.

Camino hacia la cocina. Sobre el refrigerador todavía queda un pequeño imán azul con forma de dinosaurio. No lo miro demasiado. Nunca lo hago. Abro un armario y saco una taza. Me detengo. Tiene un dibujo infantil.

Mamá #1.

La devuelvo inmediatamente. Tomo otra. Blanca. Sin recuerdos. Sin vida. Así es más fácil. Preparo té, pero la garganta todavía me duele demasiado. Me siento. El médico que perdió a mi hijo también llevaba una bata blanca. Por eso odio convertirme en paciente. Porque cada vez que cierro los ojos recuerdo un pasillo.

Una puerta. Y aquella frase. Lo sentimos. Dos palabras. Solo necesitaron dos palabras para destruir mi vida. Después vinieron la rabia. Las noches sin dormir. La depresión. Y el nombre de un médico al que juré no perdonar jamás.

Aprendí a sobrevivir trabajando. Si estoy ocupada, no recuerdo. Si estoy agotada, duermo. Y si salvo suficientes vidas… Tal vez algún día deje de sentir que fallé salvando la que más importaba.

Mi teléfono vibra. Miro la pantalla. Número desconocido.

¿Comió?

Frunzo el ceño.

¿Quién es?

La respuesta llega inmediatamente.

El insoportable.

Cierro los ojos, no puede ser.

¿Cómo consiguió mi número?

Soy médico. Tengo recursos.

Eso suena ilegal.

¿Comió?

No respondo, tres puntos aparecen.

Serrano.

Ferrer.

Eso significa que no.

Dejo el teléfono boca abajo, vuelve a vibrar, no pienso verlo, vibra otra vez.

—Por Dios...

Lo tomo.

Si vuelve a desmayarse mañana, esta vez sí pienso cargarla delante de todo el hospital.

Mi mandíbula cae.

Atrévase.

No me tiente.

Algo extraño ocurre en mi estómago. Una sensación pequeña. Cálida. Molesta. Sonrío. Y cuando me doy cuenta, dejo de hacerlo, no, esto no.

A la mañana siguiente regreso al hospital. Todavía estoy débil. Pero mejor. Clara casi me abraza cuando me ve.

—Pensé que no vendría.

—Entonces todavía no me conoce.

—El doctor Ferrer dijo exactamente eso.

Me detengo.

—¿Qué?

—Que usted vendría aunque tuvieran que traerla arrastrándose.

Aprieto los labios.

—Ese hombre habla demasiado.

—También dejó esto.

Clara señala mi escritorio. Hay una bolsa. La abro. Yogur. Fruta. Un sándwich. Y una barra de chocolate. Encima hay una nota.

PARA EVITAR OTRO ENCUENTRO APASIONADO CON EL SUELO.

No puedo creerlo. Arrugo el papel.

—¿Problemas?

Su voz aparece detrás de mí. Me giro. Matías está apoyado contra la puerta. Hoy lleva bata blanca sobre el uniforme azul. Y esa maldita sonrisa.

—¿Qué es esto?

—Comida. Pensé que como médica reconocería el concepto.

—No necesito que me cuide.

Su sonrisa disminuye.

—No la estoy cuidando.




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