Matías
Amelia se lleva la bolsa, eso cuenta como una victoria. Pequeña, pero victoria al fin.
La observo alejarse por el pasillo con el cabello rizado balanceándose sobre la espalda y esa forma de caminar que parece advertirle al mundo que no se atreva a detenerla.
Sonrío, estoy jodido. no porque me guste, no me gusta. Simplemente me resulta interesante y atractiva. Mucho, demasiado, mierda ya no se ni que estoy diciendo. Hace tiempo que no me pasa algo así.
—¿Está enamorado? — La pregunta me sorprende, miro a Samuel.
—¿Perdón? — Está sentado en la cama abrazando a Bruno.
—Sonríe solo.
—Eso no significa que esté enamorado.
—Mi papá sonreía así cuando veía a mi mamá— el comentario me golpea.
Samuel todavía pregunta por ellos. Los psicólogos están preparando el momento para explicarle que murieron en el accidente y nosotros tenemos que darle otra noticia, una que tampoco será fácil.
—Tu papá debía querer mucho a tu mamá— me siento junto a él, Samuel sonríe.
—Muchísimo. Se daban besos cuando creían que yo no los veía.
—Qué desagradable.
Se ríe y ahí está, esa es la razón por la que hago esto. Una risa dentro de una habitación de hospital puede parecer insignificante, para mí nunca lo es.
—¿Y usted tiene novia?
—No.
—¿Esposa?
—Tampoco.
—¿Hijos? — La pregunta me aprieta algo por dentro.
—No.
—Está muy solo— suelto una carcajada.
—Gracias por recordármelo— La puerta se abre, y muy en el fondo agradezco, porque Samuel tiene razón, estoy muy solo.
—¿Interrumpo? — Amelia, entra y se queda viendo. Samuel sonríe inmediatamente.
—¡Doctora enojada! — Me tapo la boca, ella me mira.
—¿Qué acaba de decir? — Samuel señala hacia mí, traidor.
—Él dijo que usted siempre está enojada— quiero ahogarme en un balde de agua fría.
—Yo jamás… — me defiendo, los ojos de Amelia me quieren asesinar en este preciso momento.
—Doctor— reprende Amelia, con el tono de voz severo, quiero decir que me podía reír, pero no, se ve que está enojada.
—...usé exactamente esas palabras— sus ojos prometen mi muerte, Samuel comienza a reír.
Entonces ocurre, Amelia sonríe, de verdad, no esa pequeña amenaza de sonrisa que vi ayer. Una sonrisa completa, hermosa, me quedo mirándola.
Joder.
Ahora entiendo por qué nunca debería haber intentado conseguirla, porque quiero volver a verla.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada— nada respondo tragándome el nudo en mi garganta, me he puesto nervioso.
—Está mirando— claudica y vuelve a ese tono peculiar que le pertenece.
—Tengo ojos— me defiendo enarcando una ceja.
—Úselos para revisar los resultados— Samuel vuelve a reír.
—Parecen novios— murmura, el silencio cae de golpe, Amelia me mira, yo la miro.
—No —decimos al mismo tiempo.
—Definitivamente no —añade ella. No sé por qué eso me molesta un poco.
—Tampoco era necesario sonar tan horrorizada— apostillo, y eso es raro porque casi nada me hace sentir de esta forma.
—Preferiría otra hipoglucemia— declara y es un golpe bajo.
—Eso fue cruel— menciono, y evito verla a los ojos.
—Sobrevivirá— claro, Amelia no puede vivir sin no tirar su usual sarcasmo.
—Probablemente— Samuel nos observa divertido.
Por unos segundos, esta habitación deja de parecer un hospital y eso me preocupa, porque empiezo a disfrutar demasiado estar cerca de ella.
Revisamos los estudios fuera de la habitación, esta vez Amelia no discute, está concentrada.
—Los resultados confirman que no es consecuencia del accidente —dice.
—No.
—¿Cuánto tiempo pudo pasar inadvertido?
—Meses— respondo, sus labios se tensan.
—Tenemos que explicárselo.
—Primero debemos hablar con Trabajo Social. Samuel acaba de perder a sus padres— Amelia baja la mirada, no se que le sucede, pero no puedo permitir que le suelte una bomba de este tamaño al pequeño.
—Demasiado para un niño— algo cambia en su rostro, otra vez, ese dolor.
—¿Le gustan los niños? —pregunto. Su cabeza se levanta bruscamente.
—¿Qué clase de pregunta es esa? — Su tono de voz está a la defensiva.
—Una sencilla— murmuro, evitando verla me pone nervioso.
—Estamos hablando de un paciente— aclara tomando otro poco de resultados de laboratorio.