Amelia
Me como la maldita barra de cereal, no porque Matías me lo haya pedido. Tengo hambre, hay una diferencia. Y debo reconocer que está buenísima y me sienta bien porque es rica en calorías y tiene el azúcar necesaria para evitar que me desmaye.
—¿Está rica? —Pregunta y me detengo, giro lentamente.
Matías camina detrás de mí con esa sonrisa que empieza a convertirse en una amenaza para mi estabilidad mental.
—¿Me está siguiendo? — devuelvo la pregunta cruzándome de brazos enarco una ceja esperando su respuesta.
—Vamos al mismo lugar— aclara señalando el camino.
—Qué desgracia la mía— refuto cerrando los ojos un instante.
—Para alguien que me odia, piensa demasiado en mí— casi me atraganto al escuchar ese tono irritante, este hombre no se aburre de ser encantador.
—¿Quién dijo que pienso en usted?— defiendo mi posición, quien se cree.
—Nadie. Pero se puso nerviosa— ahí vamos de nuevo.
—No estoy nerviosa— aclaro, estoy intranquila teniendolo cerca.
—Ahora está a la defensiva— vuelve a sonreír y ya me canso.
—Ferrer...— Se ríe y continúa caminando. Idiota. Lo peor es que mis ojos bajan involuntariamente hacia su espalda.
Es alto, hombros anchos, demasiado atractivo para su propio bien. Amelia, por Dios, me regaño yo misma, no tengo que estar viendo esas cosas.
Aparto la mirada, no necesito hombres. Mucho menos uno que cree que puede arreglarme con comida, sonrisas y ojos color miel.
Cuando entramos en la oficina de Esteban, mi humor cambia. El expediente de Samuel está abierto sobre el escritorio.
—Llegaron los resultados que faltaban —informa, Matías deja de sonreír.
Me acerco, leo una vez, dos. Siento un nudo en el estómago.
—No...
Matías toma los documentos. Sus ojos recorren rápidamente los valores.
—¿Están seguros?
—Repetimos las pruebas.
El silencio pesa, pienso en Samuel, en Bruno, en su sonrisa, en que todavía no termina de comprender que sus padres jamás volverán y ahora esto.
—¿Cuánto tiempo? —pregunto.
Esteban guarda silencio, Matías aprieta la mandíbula.
—No podemos saberlo todavía— indica y mi corazón siente un pequeño azote que no me gusta.
—Pero hay un estimado— insisto, tenemos que estar preparados.
—Amelia...
—¿Cuánto?
Matías me mira, esta vez no hay bromas, ni arrogancia, solo el médico.
—Si no responde al tratamiento, muy poco.
Algo dentro de mí se rompe, otra habitación aparece en mi memoria, otra cama, otra mano pequeña entre la mía. Mamá, tengo miedo, retrocedo.
—Amelia.
—Estoy bien.
—No parece.
—He dicho que estoy bien.
Salgo, necesito aire. Necesito alejarme antes de que los recuerdos terminen de alcanzarme. Pero Matías viene detrás.
—¡Amelia!
—Déjeme sola.
—No.
Me giro.
—¿Por qué demonios no puede hacer lo que le pido?
Se detiene frente a mí.
—Porque cada vez que algo le duele, usted sale corriendo.
Mi pecho se aprieta.
—Usted no sabe qué me duele.
Su expresión cambia.
—Entonces dígamelo.
Me quedo inmóvil. Matías está demasiado cerca. Y durante un segundo absurdo quiero hacerlo.
Quiero contarle todo. Quiero decirle que una vez también sostuve una mano pequeña mientras esperaba un milagro. Que el milagro nunca llegó. Que desde entonces odio hospitales cuando no soy yo quien lleva la bata. Pero no puedo.
—No somos amigos, Ferrer.
Algo cruza por sus ojos.
—Lo sé.
Paso junto a él. Entonces su mano encuentra la mía. No me sujeta. Solo la roza. Un contacto pequeño. Suficiente para detenerme.
—Vamos a luchar por Samuel —dice—. Hasta el último momento.
Miro nuestras manos. Y odio lo que siento. Porque después de años sin permitir que ningún hombre atraviese mis defensas, el único que empieza a conseguirlo es este idiota.
Retiro la mano.
—No vuelva a tocarme.
Matías sonríe apenas.
—Entonces deje de temblar cuando lo hago.
Lo miro horrorizada. Él se marcha. Y yo permanezco en medio del pasillo, con el corazón golpeándome las costillas. Maldito Matías Ferrer.
Empiezo a odiarlo por razones que ya no tienen nada que ver con el odio.