**Nico**
La luz de Nueva York se filtraba por las persianas con una agresividad que mi cabeza no estaba lista para procesar. Joder. La noche anterior con Marcus se nos había ido de las manos; entre confesiones de trabajo y demasiados whiskys para celebrar que seguíamos vivos, el mundo parecía dar vueltas incluso ahora que estaba quieto.
Me senté en el borde de la cama, reconociendo el loft de Vanesa. Ella era perfecta para tipos como yo: sin preguntas, sin dramas, solo piel y un entendimiento mutuo de que el amor no figuraba en nuestros contratos.
Mi teléfono vibró sobre la mesilla, perforando mi tímpano. Era Elena.
—Dime, El —gruñí con la voz rota por el tabaco y el alcohol.
—Nico, por fin. Te espero esta noche en casa. He organizado una cena. Estarán Marcus, Sofía, Liam y... Siobhan. No faltes, por favor. Liam cuenta contigo.
Suspiré, frotándome la cara. Una cena con el jefe y su hermana, la mujer que se dedicaba a hacer de mi paciencia un deporte de riesgo.
—Estaré allí, Elena. Solo por ti.
Colgué y sentí el calor de un cuerpo deslizándose contra mi espalda. Vanesa se había despertado. Sus labios recorrieron mi hombro y sus manos bajaron por mi pecho con una urgencia que conocía bien. No hubo palabras, no hacían falta. Me di la vuelta, la atrape por la cintura y dejé que el instinto borrara, al menos por un rato, el dolor de cabeza y la idea de tener que ver a Siobhan O'Shea en unas horas. Después, me marche a casa.
Salí de la ducha dejando que el agua fría terminara de llevarse el rastro de Vanesa de mi piel, aunque sabía que el cansancio no se iría tan fácil. Me abroché la camisa negra, ignorando el espejo, y salí de mi piso en la planta 45. El trayecto en el ascensor privado hasta el ático fue el único momento de paz que tuve antes de que las puertas se abrieran y el lujo asfixiante de los O'Shea me golpeara de frente.
Todos estaban allí: Marcus, Sofía, mi hermana Elena y Liam presidiendo la mesa. Pero fue ella, Siobhan, la que me recibió antes de que pudiera soltar un "buenas noches". Estaba de pie, con una copa de vino que parecía una extensión de su mano y una mirada que me recorrió como si estuviera buscando un fallo en mi armadura.
Y lo encontró.
—Llegas tarde, Petrova —soltó, pero su voz cambió de tono al instante, volviéndose afilada como un bisturí—. ¿Es en serio?
Se acercó a mí, invadiendo mi espacio con ese perfume caro que siempre me revolvía el juicio. Me clavó un dedo en el cuello, justo donde la marca de los dientes de Vanesa todavía quemaba bajo mi piel.
—Ni siquiera tienes la decencia de ocultarlo —siseó, y pude ver el brillo de una furia que no lograba esconder—. Es un insulto que te presentes así. ¿Con qué clase de muerta de hambre te has estado revolcando mientras nosotros te esperábamos para cenar? ¿Tan poco te respetas a ti mismo?
Me quedé inmóvil, mirándola desde arriba con toda la indiferencia que fui capaz de reunir. Me importaba un bledo su opinión, pero verla perder los papeles por un simple "chupetón" me resultaba casi entretenido. Estaba a punto de decirle que mi vida privada no cabía en su agenda de niña rica, cuando una voz cortó el aire.
—Siobhan. Basta. Siéntate y cállate.
Fue Liam. No levantó la voz, no le hizo falta. El tono de mando fue suficiente para que el salón se quedara en un silencio sepulcral.
Siobhan apretó los labios, la humillación tiñendo sus mejillas de un rojo que no era por el vino. Por un segundo pareció que iba a replicar, pero la mirada de su hermano no dejaba lugar a dudas. Bajó la cabeza, dio media vuelta y obedeció, sentándose en la mesa con una rigidez que gritaba lo mucho que le dolía el orgullo.
Me senté frente a ella, ajustándome los puños de la camisa.
—Gracias, Liam —dije simplemente, fijando mis ojos en los de Siobhan.
La cena acababa de empezar, y yo ya tenía ganas de que terminara.
**Siobhan**
Me quemaba. Literalmente sentía un fuego gélido recorriéndome la garganta mientras clavaba la vista en esa marca violácea en su cuello. Un chupetón. Una huella barata de una mujer que, seguramente, no sabía ni cómo se llamaba el hombre que tenía entre las sábanas. Me dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir; me dolía que él se entregara a cualquiera con tal de no mirarme a mí, como si yo fuera un virus del que tuviera que protegerse.
—Siobhan. Basta. Siéntate y cállate —la voz de Liam cayó como un mazo sobre la mesa.
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. El rojo de la humillación me subió por las mejillas, pero obedecí. En el mundo de los O’Shea, Liam era la ley, y aunque yo fuera su hermana, sabía cuándo la cuerda estaba a punto de romperse. Me senté con una rigidez aristocrática, sintiendo la mirada de Nico frente a mí, cargada de una indiferencia que me hacía querer gritar.
Mi teléfono vibró en el regazo. Era Mateo.
“Te echo de menos, nena. Mi estudio se siente vacío sin tu caos. ¿Vienes luego?”
Mateo era todo lo que Nico no era: un artista hippie, relajado, sin armas ni secretos oscuros. Estar con él era fácil, pero era una mentira. Cada vez que Mateo me tocaba, yo cerraba los ojos y rezaba para que sus manos fueran las de Nico, para que su olor a incienso fuera el aroma a harina y tabaco del hombre que ahora me ignoraba mientras cortaba su carne.
Escribí una respuesta rápida, solo por costumbre, solo por el placer de que Nico viera el brillo de la pantalla y supiera que yo también tenía a dónde ir.
“Quizás. No me esperes despierto.”
Solté el teléfono sobre el mantel con un golpe seco. No quería a Mateo. Lo quería a él, al muro de piedra que tenía delante.
—Escuchad todos —dijo Liam, captando la atención de la mesa—. Se acerca el cumpleaños de Maya. Quiero que entre todos preparemos la fiesta.
El nombre de Maya suavizó instantáneamente mi expresión. A pesar de que no compartíamos sangre, la quería como si fuera mi propia hermana pequeña. Los O’Shea la habíamos adoptado no solo legalmente, sino con el alma; mis padres la trataban como a la hija que siempre debió estar con nosotros. Maya se merecía el cielo. Su madre biológica había sido un desastre que casi destruye a Liam antes de abandonarlo, y yo me encargaría de que sus dieciséis años borraran cualquier rastro de esa oscuridad.
—Tiene que ser épica, Liam —dije, recuperando mi voz de mando—. Maya nunca tuvo una fiesta de verdad antes de estar con nosotros. Yo me encargo de la logística y el lujo.
Giré la cabeza hacia Nico, desafiándolo con la mirada.
—Y supongo que Petrova se encargará de que nadie arruine el momento, si es que puede despegarse de sus... amistades nocturnas el tiempo suficiente.
La cena transcurrió entre risas, brindis y una lluvia de ideas para los dieciséis de Maya. Por un momento, el lujo del ático se sintió cálido, casi humano. Liam bromeaba sobre el pastel, Elena sugería decoraciones florales y hasta Marcus aportaba su grano de arena. Yo me dejé llevar por el entusiasmo, lanzando sugerencias sobre orquestas y vestidos de seda, pero cada vez que mis ojos se cruzaban con los de Nico, la alegría se me quedaba atascada en la garganta. Él no participaba tanto; se limitaba a observar, serio, como un centinela que no pertenecía del todo a nuestro mundo de cristal, pero que era el único que lo mantenía en pie.
Cuando la velada terminó, el silencio de mi propio coche se me hizo insoportable. No quería ir a casa. No quería estar sola con la imagen de ese estúpido chupetón grabada en mis retinas. Por eso, cuando llegué al estudio de Mateo, subí las escaleras con una urgencia que él, erróneamente, interpretó como pasión.
—Mi princesa... sabía que vendrías —susurró Mateo al abrir la puerta.
Me recibió con esa devoción casi religiosa que siempre me dedicaba. Me quitó el abrigo con delicadeza, me ofreció una copa de vino orgánico y puso esa música suave que solía relajarme. Mateo era luz, era paz, era un artista que veía en mí una musa y no una heredera. Me trató con una ternura que cualquier mujer mataría por tener.
Pero mientras me guiaba hacia la cama, yo solo sentía un vacío inmenso.
—Estás tensa, Siobhan —murmuró contra mi cuello, besando justo el lugar donde Nico tenía la marca de otra.
Cerré los ojos con fuerza. Por favor, que funcione esta vez, rogué en silencio.
Mateo empezó a besarme y yo obligué a mi mente a viajar. Imaginé que el olor a incienso y pintura de la habitación se transformaba en el aroma rudo del tabaco y la harina. Imaginé que las manos suaves de Mateo eran las manos grandes y callosas de Nico, esas que sabían amasar pan y empuñar armas con la misma precisión. Imaginé que sus susurros dulces eran las órdenes frías y roncas de Petrova mandándome callar.
Me aferré a la espalda de Mateo, clavando mis uñas, intentando convencerme de que el hombre que me tocaba era el muro de piedra que me había rechazado horas antes. "Es él", me mentí a mí misma en la oscuridad. "Es Nico".
Solo así, con los ojos bien cerrados y la realidad suspendida, permití que mi cuerpo intentara disfrutar de un hombre que no era más que un sustituto de cartón.
#5262 en Novela romántica
#1506 en Chick lit
traicion decepsion dolor deseo amor, mafia amor, sexo amor acción
Editado: 10.03.2026