Diamantes Negros Cenizas en el hielo

Viejos demonios

**Nico**

​El aire de los muelles de Brooklyn a las seis de la mañana era una mezcla de salitre, gasoil y el olor a metal frío que siempre me devolvía a la realidad. Me apoyé contra un contenedor de carga, lejos del bullicio de los estibadores que empezaban su jornada, y encendí un cigarrillo. El humo llenó mis pulmones, dándome ese golpe de nicotina que necesitaba para borrar el rastro de la cena de anoche.
​No dejaba de pensar en la cara de Siobhan. En su empeño por meterse bajo mi piel usando a tipos como ese tal Mateo. Sabía que se había ido con él; la vi mirar el teléfono y salir del ático con ese aire de "voy a demostrarte que no te necesito". Pobre diabla. No entendía que lo único que demostraba era lo mucho que le importaba mi indiferencia.
​Lancé la ceniza al suelo y fijé la vista en el otro lado del muelle, donde la zona de amarres privados estaba más tranquila. Un yate de lujo, uno de esos que gritan dinero viejo y falta de escrúpulos, acababa de atracar. Algo no me cuadraba. Ese barco no debería estar en esta zona de la ciudad.
​Tiré el cigarrillo y me moví entre las sombras de las grúas, deslizándome con el silencio que los años de seguridad me habían enseñado. Me agaché tras una pila de palés y esperé.
​La pasarela del yate descendió. Un hombre bajó con pasos seguros, ajustándose las gafas de sol a pesar de que el cielo estaba gris. Mi sangre se congeló antes de empezar a hervir. Era él. Tristán Sterling.
​Me puse en guardia, sintiendo el peso de la Glock en mi espalda como una advertencia. Sterling había vuelto. Su padre le había jurado a Liam, en una reunión que casi termina en masacre, que mantendría a su hijo fuera de Nueva York de forma permanente. Habían hecho una promesa de sangre para evitar que los O'Shea borraran el apellido Sterling del mapa.
​Saqué el teléfono y marqué el número de Liam sin quitarle el ojo a Tristán mientras este subía a un coche negro que lo esperaba.
​—Liam —dije en cuanto descolgó, mi voz era un gruñido bajo—. Tenemos un problema en el muelle 17.
​—Dime que no es lo que creo, Nico —respondió Liam, y pude notar cómo su tono de jefe se activaba al instante.
​—Sterling ha vuelto a la ciudad. El viejo no ha cumplido su palabra. Tristán acaba de bajar de un yate privado.
​Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea. Sabía lo que Liam estaba pensando: si Sterling estaba aquí, la seguridad de Elena, de Maya y de la propia Siobhan acababa de saltar por los aires.
​—No lo pierdas de vista, Nico —ordenó Liam con una frialdad absoluta—. Marcus y yo salimos para allá. Si respira cerca de mi familia, esta vez no habrá promesas que lo salven.
​Colgué y me guardé el teléfono. La fiesta de Maya ya no era lo único que iba a ser épica. Si Sterling buscaba guerra, se iba a encontrar con un muro de piedra que no tenía ninguna intención de dejarle pasar.
El ambiente en The Exchange siempre era distinto durante el día. Sin el sudor, la música industrial y el aroma a sumisión que llenaba el aire por las noches, el club BDSM de Liam parecía una catedral de cuero y acero en absoluto silencio. Crucé la pista principal, donde las cadenas colgaban inertes del techo, y subí las escaleras hacia la oficina privada de Liam.
​Mis botas resonaban contra el suelo de metal. Marcus ya estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta con esa expresión de calma letal que solo él sabía mantener cuando las cosas se ponían feas. Liam, por su parte, estaba sentado tras su escritorio de roble negro, con una mandíbula tan tensa que parecía tallada en granito.
​—Entra, Nico —dijo Liam sin levantar la vista de una tablet donde se reproducían las grabaciones que yo mismo había enviado desde los muelles—. Cuéntame exactamente qué viste.
​—Tristán bajó del yate como si fuera el dueño del puerto —respondí, sentándome frente a él—. No venía escondido. Venía escoltado. Dos hombres, profesionales, nada de matones de barrio. El viejo Sterling ha roto el pacto de sangre, Liam. Ha mandado a su cachorro de vuelta al jardín que le prohibimos pisar.
​Marcus soltó un bufido desde la puerta.
—Ese imbécil no ha aprendido la lección. Cree que porque han pasado unos meses, nos hemos ablandado.
​—Nadie se ablanda en esta familia —sentencié, mirando a Liam—. Si Tristán está aquí, no es para hacer turismo. Está buscando algo, o a alguien.
​Liam dejó la tablet sobre la mesa y se inclinó hacia adelante. Sus ojos fríos recorrieron la habitación antes de detenerse en los míos.
—Sé lo que busca. Busca una debilidad. Y con la fiesta de Maya a la vuelta de la esquina, cree que estamos distraídos con globos y pasteles.
​Sentí una punzada de rabia en el pecho. La sola idea de que Sterling se acercara a Maya, o a Elena, hacía que mis manos picaran por volver a Queens... pero no a por pan, sino a por la pala para enterrarlo.
​—Danos la orden, Liam —dijo Marcus, dando un paso al frente—. Lo borramos hoy mismo.
​—No —interrumpió Liam, y su voz sonó como el filo de una guadaña—. Primero quiero saber quién le ha dado permiso para atracar en mis muelles. Nico, quiero que te pegues a él. Pero hay un problema añadido.
​Me tensé. Conocía esa mirada de Liam.
​—Siobhan —continué yo, adivinando sus palabras—. Ella no sabe que él ha vuelto, ¿verdad?
​—Y no debe saberlo —confirmó Liam—. Si se entera, irá a buscarlo por su cuenta solo para demostrar que no le tiene miedo. Nico, a partir de ahora, tu prioridad absoluta es ella. No la dejes sola ni para ir al baño. Si Sterling intenta acercarse a la familia, quiero que se encuentre contigo antes de que pueda siquiera verles el pelo.
​Solté un suspiro pesado, frotándome la nuca. Proteger a Siobhan ya era un trabajo a tiempo completo por su terquedad; ahora, con un Sterling suelto por Nueva York, se iba a convertir en un infierno.
​—Entendido —respondí, poniéndome en pie—. La tendré bajo llave si hace falta. Aunque tenga que arrastrarla por el pelo hasta el piso 45.




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