Diamantes Negros Cenizas en el hielo

El juego

**Nico**

Detuve el coche frente a la escalinata de la mansión. El motor seguía rugiendo, un sonido bajo que acompañaba la tensión que me recorría la espalda. Siobhan no se movió de inmediato; se quedó ahí, esperando algo que no le iba a dar.
​—Ya estás en casa —dije, manteniendo la vista al frente, aunque sentía su mirada clavada en mi perfil—. Si se te ocurre salir, aunque sea a por aire al jardín, me avisas. No das un paso fuera de estos muros sin que yo lo sepa.
​Ella soltó una risa seca, carente de gracia, y abrió la puerta del coche con una elegancia que me crispó los nervios.
​—No te voy a avisar de nada, Nico. No te debo explicaciones sobre dónde voy o con quién, ¿no es eso lo que siempre me repites tú a mí cuando te pregunto por tus "amiguitas"? —se giró, dedicándome una sonrisa cargada de veneno antes de bajar—. Disfruta de tu libertad mientras puedas, Petrova.
​Me tensé tanto que los nudillos me crujieron sobre el volante. Quise bajarme, agarrarla del brazo y recordarle que esto no era un estúpido juego de celos, sino una cuestión de supervivencia, pero me obligué a respirar. Ella quería una reacción. No se la di. Metí primera y salí de la propiedad quemando neumáticos, dejando atrás la mansión y su actitud de niña consentida.
​Pasé el resto del día donde Liam me necesitaba: supervisando la seguridad en los almacenes del norte. El trabajo físico y la vigilancia constante eran lo único que mantenía mi cabeza en su sitio. Más tarde, Marcus y yo fuimos a cobrar una "deuda" pendiente de un socio que creía que podía jugar con los plazos de los O'Shea. No hizo falta usar las manos; mi cara de pocos amigos y la sola presencia de Marcus fueron suficientes para que el dinero apareciera en una bolsa de deporte en menos de cinco minutos.
​—Necesitas una copa, hermano —dijo Marcus mientras subíamos al coche—. Estás a un segundo de morderle el cuello a alguien.
​Terminamos en un bar de mala muerte cerca de Queens, de esos donde nadie hace preguntas y el whisky sabe a gasolina. Bebimos en silencio, compartiendo esa camaradería de hombres que han visto demasiada mierda como para hablar de ella.
​Cuando finalmente llegué a mi apartamento en la planta 45, el silencio me recibió como una losa. Me quité la chaqueta, tiré las llaves sobre la mesa y me dejé caer en el sofá, cerrando los ojos. Entonces, el teléfono vibró en mi bolsillo.
​Era un mensaje de ella. Un mensaje de Siobhan que me dejó descolocado, con el corazón golpeando de forma errática contra las costillas.
​Siobhan: "He subido a tu piso. He entrado con la llave de repuesto de Elena. Tu cama huele a ti, pero tu casa se siente muy vacía sin el caos que tanto odias. Buenas noches, Nico. Intenta no soñar conmigo, si es que puedes."
​Me quedé mirando la pantalla, sin saber si subir al ático a sacarla de la cama para darle cuatro gritos o si meterme en mi propia cama y dejar que ese olor a ella que seguramente habría dejado impregnado en mis sábanas terminara de volverme loco. Joder con Siobhan O'Shea. Sabía perfectamente dónde golpear para que el muro de piedra empezara a agrietarse.
Me quedé mirando la pantalla del teléfono, con la luz hiriéndome los ojos en la penumbra del salón. El whisky que había tomado con Marcus estaba haciendo efecto, transformando mi cansancio en una mezcla peligrosa de rabia y deseo.
​«Tu cama huele a ti», decía.
​Me levanté del sofá, tambaleándome un poco, y caminé hacia mi dormitorio. Abrí la puerta y, aunque quería convencerme de que era la sugestión, el aire estaba impregnado de ella. No era harina ni tabaco; era ese perfume de flores caras y pecado que Siobhan llevaba como una armadura. Ella había estado aquí. Había invadido mi santuario, el único lugar donde no tenía que ser el guardaespaldas de nadie.
​Me senté en el borde del colchón, sintiendo el calor del alcohol subiéndome por el cuello. La rabia me pedía subir al ático y recordarle quién mandaba, pero el whisky me dictó otra cosa. Agarré el teléfono y, con los dedos torpes y la mente nublada, empecé a escribir. No pensé en Liam, ni en las consecuencias, ni en el muro de piedra que tanto me había costado construir.
​Nico: "Eres un veneno, Siobhan. Te metes donde no te llaman porque crees que el mundo es tu patio de recreo. Si tanto te gusta cómo huelo, podrías haberme esperado despierta en lugar de esconderte como una niña. Pero ten cuidado con lo que deseas, porque si entro y te encuentro en mi cama, no va a ser para hablar de Sterling ni de los negocios de tu hermano. Buenas noches, princesa. No dejes la puerta abierta, porque hoy no respondo de mis actos."
​Le di a enviar antes de que el último rastro de sentido común me detuviera. Tiré el teléfono sobre la alfombra y me tumbé boca arriba, cerrando los ojos. El techo parecía dar vueltas. Sabía que mañana me arrepentiría, que Liam me cortaría la lengua si leía eso, pero en ese momento, con la sangre ardiendo, solo quería que ella supiera que estaba jugando con fuego. Y que yo estaba muy cerca de dejar que me quemara.

**Siobhan**

​Estaba tumbada en mi cama, en la habitación de invitados del ático de Liam y Elena mirando el techo mientras las sombras de la ciudad bailaban en las paredes. El corazón me latía con una fuerza que me resultaba humillante. Había entrado en su apartamento como una ladrona de sensaciones, solo para sentirlo cerca, para restregarle por la cara que sus muros no eran tan altos como él creía.
​Cuando el teléfono vibró sobre las sábanas, casi se me escapa de las manos. Al leer el mensaje de Nico, mi respiración se detuvo.
​No era el Nico frío. No era el soldado. Era el hombre que se escondía detrás de la piedra, y estaba furioso, borracho y peligrosamente honesto. Releí la frase: “Si entro ahí arriba y te encuentro en mi cama, no va a ser para hablar de negocios”. Un escalofrío me recorrió la columna, una mezcla de miedo genuino y una excitación que me quemaba la piel.
​—No te atreverías, Petrova —susurré para mí misma, aunque sabía que estaba mintiendo.
​Me senté en la cama, con el pijama de seda deslizándose por mis hombros. Podía quedarme aquí, segura tras las puertas cerradas de la zona O'Shea, o podía bajar esas 45 plantas y ver si era capaz de sostenerle la mirada después de lo que acababa de escribir.
​Mi mente me decía que era una locura. Sterling estaba en la ciudad, mi hermano me quería custodiada y Nico estaba fuera de control. Pero mi cuerpo... mi cuerpo solo recordaba el olor de su cama y la promesa implícita en sus palabras sucias.
​Me puse una bata larga, no me molesté en calzarme y salí al pasillo silencioso. El ascensor privado estaba ahí, esperando. Pulsé el botón del piso 45 con el dedo tembloroso. Mientras el indicador bajaba, sentía que estaba descendiendo directamente al infierno, pero no me importaba.
​Llegué a su puerta. No estaba echada la llave; tal como él había dicho, no respondía de sus actos. Entré sin llamar.
​El apartamento estaba en penumbra, olía a whisky y a esa tormenta que Nico llevaba siempre dentro. Caminé hacia su dormitorio. Él estaba tumbado, con el brazo sobre los ojos, pero se tensó en cuanto puse un pie en la habitación.
​—Has dejado la puerta abierta —dije, y mi voz sonó mucho más firme de lo que me sentía—. Y yo no soy una niña que se esconde, Nico. Estoy aquí. Veamos si de verdad vas a hacer algo o si solo eres valiente con un teléfono y una botella de alcohol.
​Él se quitó el brazo de la cara y se incorporó lentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre, oscuros y salvajes. En ese momento supe que había cruzado una línea de la que no había retorno.
No esperé a que dijera nada. No quería que el soldado recuperara el control ni que su lógica aplastara mi impulso. Había soñado con este momento desde el primer día que entró en el ático de mi hermano, hace un año, con esa mezcla de humildad de Queens y una presencia que eclipsaba a cualquier millonario de Manhattan.
​Me lancé sobre él, estrellando mis labios contra los suyos.
​Nico soltó un gruñido bajo, un sonido animal que vibró contra mi pecho. Su aliento sabía a whisky y su piel quemaba. Sus manos, grandes y callosas, me atraparon por la cintura con una fuerza que me hizo jadear; no hubo delicadeza, no la quería. Él me recibió con una urgencia salvaje, como si estuviera descargando en mí todo el odio, el deseo y la frustración que habíamos acumulado en doce meses de desprecios.
​Me quitó la bata de seda con un movimiento brusco, dejando mi cuerpo expuesto al aire frío de la habitación antes de volver a cubrirme con el calor asfixiante de su cuerpo. Cuando me penetró, cerré los ojos con fuerza, aferrándome a sus hombros anchos. Fue intenso, casi violento en su honestidad. No había juegos de seducción, solo dos personas colisionando. Nico se movía sobre mí con una cadencia pesada, enterrando su rostro en mi cuello, justo donde mi perfume se mezclaba con su sudor. Por un segundo, dejó de ser el muro de piedra y se convirtió en el hombre que yo sabía que existía: alguien hambriento, desesperado por sentir algo más que el peso de su arma.
​Lo sentí tensarse, su agarre se volvió casi doloroso sobre mis caderas hasta que ambos llegamos al límite en un silencio roto solo por nuestras respiraciones erráticas.
​Me quedé unos minutos sobre su pecho, escuchando cómo su corazón intentaba recuperar el ritmo. Él ya se estaba quedando profundamente dormido, vencido por el alcohol y el clímax. Sabía que esta era mi señal.
​Me levanté con cuidado, sintiendo mis piernas temblar. Me puse la bata y lo miré una última vez. Su rostro, relajado por el sueño, parecía casi el de aquel panadero que Elena me describió una vez, antes de que el mundo de los O'Shea lo corrompiera.
​—Mañana no te acordarás, Nico —susurré, limpiándome una lágrima traicionera que no quería dejar salir—. Y si te acuerdas, me odiarás aún más por haberte ganado esta batalla.
​Salí de su apartamento como una sombra, cruzando el pasillo hacia el ascensor. Sabía que, al amanecer, él despertaría con un dolor de cabeza infernal y una vaga sensación de haberme tenido cerca. Y también sabía que, en cuanto me viera, volvería a ser la fiera que me ladra órdenes, tratando de ocultar que, por una noche, yo fui la dueña de su muro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.