Diamantes Negros Cenizas en el hielo

Fantasmas y provocaciones

**Nico**

Me desperté con la cabeza a punto de estallar. El whisky de anoche me estaba pasando factura con cada latido que golpeaba contra mis sienes. Al moverme entre las sábanas, un aroma familiar me golpeó de lleno: flores caras y algo dulce. Siobhan.
​Me quedé inmóvil, cerrando los ojos con fuerza. En mi mente se reproducían imágenes borrosas de una bata de seda, de una piel suave y de un gemido que no podía haber sido producto de mi imaginación. Pero el alcohol era un mentiroso profesional. «Ha sido un sueño, Petrova. Una jodida fantasía de tu subconsciente harto de pelear con ella», me dije a mí mismo. Ella no bajaría aquí. No se arriesgaría tanto.
​El teléfono vibró en la mesilla. Era Vanesa.
​—¿Nico? —su voz era una caricia de seda—. He reservado una sala privada en The Exchange para esta noche. Tengo ganas de una sesión larga. ¿Vienes?
​Necesitaba despejarme. Necesitaba contacto real, algo que supiera manejar sin que hubiera apellidos de por medio ni complicaciones.
​—Allí estaré, Vanesa. Prepáralo todo —respondí con la voz ronca.
​Me metí en la ducha, dejando que el agua fría me devolviera a la vida. Al salir, me vestí rápido y subí al ático para el desayuno familiar. Liam quería repasar los detalles del cumpleaños de Maya y la vigilancia de Sterling.
​En cuanto se abrieron las puertas del ascensor, la realidad me dio un puñetazo. Siobhan estaba en la cocina, apoyada contra la encimera con una taza entre las manos. Llevaba un pijama de seda negro tan corto que apenas cubría lo esencial, dejando sus piernas infinitas totalmente a la vista. Al verme, sus ojos brillaron con una mezcla de triunfo y algo que no supe descifrar, pero no dijo nada.
​—Buenos días, Nico —dijo mi hermana Elena, sirviendo café—. Qué mala cara tienes. Te quedas a cenar hoy con nosotros, ¿verdad? Liam quiere que estemos todos para cerrar lo de la seguridad de la fiesta.
​Miré de reojo a Siobhan. Ella sostenía la taza con una calma sospechosa, pero noté cómo sus dedos se tensaban al esperar mi respuesta.
​—No puedo, El —solté, sentándome a la mesa con Liam—. He quedado. Vanesa me espera. Tenemos asuntos pendientes.
​El nombre de Vanesa cayó como una piedra en un estanque helado. Vi cómo la mandíbula de Siobhan se apretaba y cómo el brillo de sus ojos se transformaba en una furia fría. El juego de anoche —fuera real o soñado— se había acabado.
​—Vaya —intervino Siobhan, su voz goteando sarcasmo mientras dejaba la taza con un golpe seco en la encimera—. Parece que el perro guardián necesita que le pasen la correa de vez en cuando. Qué falta de clase, Nico. Pero supongo que cada uno busca el nivel que le corresponde.
​Sonreí de lado, disfrutando por primera vez en el día del ardor que le causaba mi indiferencia. Si ella quería jugar a meterse en mi cama, yo iba a recordarle que mi vida seguía sin ella.
​—A Vanesa no le hace falta clase para darme lo que necesito, Siobhan —respondí, clavando mi vista en la suya—. Ella sabe seguir las reglas. Y sobre todo, sabe cuándo marcharse sin dejar rastro.
​El silencio que siguió fue cortante. Había estirado la cuerda al máximo, y por la mirada de Siobhan, supe que estaba a un segundo de lanzarme el café a la cara.
Estaba terminando el café cuando el teléfono volvió a vibrar sobre la mesa. Vanesa otra vez. La cara de Siobhan era un poema de desprecio mal disimulado, y Elena me miraba con esa curiosidad de hermana que lo capta todo.
​—¿Otra vez ella? —murmuró Siobhan con voz gélida, sin apartar la vista de su plato.
​No le contesté. Deslicé el dedo por la pantalla y me puse el móvil en el oído.
​—Dime, Vanesa —dije con la voz plana, sintiendo los ojos de todos clavados en mí.
​—Nico, cariño... estaba pensando en lo de esta noche —su voz sonaba distinta, demasiado suave, con un tono de posesividad que no me gustaba nada—. Te echo de menos. Últimamente siento que solo nos vemos para "lo nuestro", y me gustaría algo más.
​Me tensé. Vanesa conocía las reglas: sin nombres, sin mañanas, sin compromisos. Se lo había dejado claro desde el primer día que pisamos The Exchange. Ver que ahora intentaba saltarse la valla me ponía de mal humor. Pero no iba a montar una escena delante de Liam y las chicas.
​—Ya hablamos de esto, Vanesa. No es el momento —respondí, tratando de sonar profesional pero firme.
​—Lo sé, lo sé —continuó ella, ignorando mi advertencia—. Oye, me he enterado de que es el cumpleaños de la hermana pequeña de Liam. ¿Por qué no me llevas contigo? Me encantaría conocer a tu familia de verdad.
​Casi me atraganto con el sorbo de café. ¿Llevarla a la fiesta de Maya? Eso era cruzar una línea que ni siquiera me había planteado. Miré a Elena, que me observaba con una ceja levantada, y luego a Siobhan. Siobhan estaba fingiendo interés en su tostada, pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar los cubiertos.
​—Tengo que preguntárselo a Elena, ella es la que organiza —dije, más por ganar tiempo que por intención real—. Te llamo luego.
​Colgué y el silencio en la mesa era tan pesado que se podía cortar con un cuchillo.
​—¿Vanesa quiere venir a la fiesta? —preguntó Elena, rompiendo el hielo con una sonrisita que sabía que me iba a costar cara.
​—Eso dice —gruñí, evitando mirar a Siobhan.
​—Qué tierno —soltó Siobhan, y esta vez su voz era puro veneno—. El perro guardián quiere traer a su perrita a la fiesta familiar. ¿Crees que encajará entre los diamantes y el champán, Nico? ¿O se sentirá fuera de lugar sin sus... juguetes de cuero?
​Me giré hacia ella, sintiendo cómo la cuerda que nos unía se tensaba hasta casi romperse. Su celos eran tan evidentes que me daban ganas de reír y de besarla al mismo tiempo para que se callara.
​—Si Elena dice que sí, vendrá —sentencié, estirando la cuerda un poco más solo por verla rabiar—. A veces un poco de "aire fresco" de Queens es lo que estas fiestas necesitan, ¿no crees, Siobhan?
​Siobhan se levantó de la mesa sin decir una palabra más, pero el golpe de su silla contra el suelo resonó en todo el ático. Había ganado este asalto, pero sabía que invitar a Vanesa era como meter una cerilla en un polvorín.




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