Diamantes Negros Cenizas en el hielo

Sombras

**Nico**

Entré en la sala privada de The Exchange con la mandíbula todavía tensa por el desayuno en el ático. El olor a cuero tratado y cera de vela me dio la bienvenida, un entorno donde las reglas eran claras y los sentimientos no tenían jurisdicción. Vanesa me esperaba apoyada contra una estructura de madera oscura; estaba sexy como una gata, vestida con un conjunto de látex negro que brillaba bajo las luces tenues y unos tacones de aguja que marcaban cada músculo de sus piernas.
​—Llegas tarde, Nico —ronroneó, acercándose con unas esposas de cuero en la mano—. Hoy no quiero que pienses. Hoy quiero que obedezcas.
​Me dejé hacer. Necesitaba apagar el ruido de mi cabeza, el fantasma de Siobhan y la amenaza de Sterling. Me sentó en una silla de hierro y me ató las manos a la espalda con una destreza que delataba sus horas de práctica. Comenzó a jugar, pasando sus uñas por mi pecho y recorriendo mi mandíbula con la punta de la lengua, mientras sus manos exploraban mi entrepierna por encima del pantalón. El contraste entre la restricción de las esposas y la libertad de sus caricias empezó a surtir efecto, nublando cualquier rastro de remordimiento.
​Cuando finalmente me desató, el cazador recuperó su lugar. La empujé contra el gran espejo que dominaba la pared del fondo. Vanesa soltó un jadeo de pura excitación; sabía perfectamente que ese espejo era bidireccional. Desde el otro lado, cualquier socio del club podía estar observando nuestro espectáculo, y esa exhibición la ponía como una moto.
​—¿Quieres que nos miren? —le siseé al oído mientras le bajaba el látex hasta las rodillas—. Pues dales algo que recordar.
​La giré para que viera su propio reflejo, su rostro distorsionado por el placer y la anticipación. No hubo preámbulos suaves. La penetré con una fuerza que hizo que el espejo vibrara contra la pared. Mis manos se hundieron en sus caderas, marcando el ritmo pesado y constante que ella tanto ansiaba. Pero no era suficiente para quemar la rabia que llevaba dentro.
​La obligué a inclinarse más, apoyando sus manos contra el cristal frío. Con una mano en su nuca y la otra guiando mis movimientos, alterné entre sus entradas con una precisión brutal. Cuando me deslicé en su ano, Vanesa soltó un grito que se perdió en la música industrial que retumbaba fuera de la sala. El dolor y el placer se mezclaron en su expresión mientras yo la reclamaba por ambos lados, llenando cada espacio, tratando de borrar con sudor y sexo explícito la imagen de Siobhan bajando del ascensor en pijama.
​Me corrí contra el espejo, dejando una marca empañada sobre el cristal donde ella miraba su propia rendición. Vanesa se quedó jadeando, temblorosa, aferrada a mis brazos como si fueran su único anclaje al mundo.
​Me aparté de ella y me ajusté la ropa sin decir una palabra. Me sentía vacío, el chute de adrenalina se estaba desvaneciendo para dejar paso a una frialdad amarga.
​—Has estado... increíble —susurró ella, intentando recuperar el aliento.
​No le contesté. Saqué el teléfono del bolsillo y vi una notificación del equipo de seguridad exterior de la mansión.
​“Sujeto S.O. ha abandonado el perímetro. Localizada en Club Mirage.”
​La sangre se me congeló. Siobhan se había escapado. Mientras yo me perdía en los espejos de The Exchange, ella estaba ahí fuera, expuesta, siendo un blanco perfecto para Sterling.
​—Se acabó la sesión, Vanesa —dije, dándole la espalda y saliendo de la sala sin mirar atrás—. Tengo que ir a limpiar un desastre.
La furia me quemaba el pecho, una presión sorda que amenazaba con hacerme estallar en cualquier momento. Al llegar al Club Mirage, entré como una exhalación, apartando a los porteros con una mirada que les quitó las ganas de pedirme el pase VIP. Busqué entre el humo y las luces de neón. Localicé a sus amigas en un reservado, rodeadas de botellas y tipos que no valían ni la suela de mis zapatos.
​—¿Dónde está Siobhan? —le grité a una de ellas.
​La chica me miró con los ojos vidriosos y se encogió de hombros.
—Se fue hace un rato con Mateo. Estaban... muy necesitados, si me preguntas a mí.
​No necesité oír más. Salí del club a zancadas mientras marcaba el número de Siobhan por décima vez. Nada. Saltaba el buzón. Me subí al coche y quemé neumáticos en dirección al estudio del artista. Sabía perfectamente dónde vivía. Había investigado cada centímetro de la vida de ese tipo desde que Siobhan empezó a usarlo para darme celos. Tenía su dirección grabada en la memoria como una sentencia de muerte.
​Llegué al edificio de Mateo en un tiempo récord. Subí las escaleras de dos en dos, con la mano ya buscando el arma en mi espalda, listo para tirar la puerta abajo y sacarla de allí de los pelos si hacía falta. Pero justo cuando iba a golpear la madera, el teléfono vibró en mi mano. Era Liam.
​—Ni se te ocurra entrar, Nico —la voz de mi jefe sonó como un disparo frío en medio del pasillo—. Da media vuelta y sal de ese edificio. Ahora.
​Me detuve en seco, con el puño en el aire y la respiración agitada.
—Liam, está ahí dentro con él. Se ha escapado de la mansión. Sterling está en la ciudad y ella está jugando a las casitas con un tipo que no sabe ni cerrar la puerta con llave. Déjame sacarla.
​—He dicho que te retires —ordenó Liam, y su tono de jefe se volvió absoluto—. Siobhan está bajo control. He hablado con ella hace cinco minutos. Está bien, está a salvo y, sobre todo, no quiere verte.
​Sentí como si me hubieran pegado un tiro. El silencio del pasillo se me cayó encima.
—¿Sabes que está aquí? —mascullé, con la voz rota por la rabia y la impotencia.
​—Sé perfectamente dónde está mi hermana. Y sé que después de lo que hiciste hoy, restregándole tu sesión con Vanesa en la cara, lo último que necesita es que su guardaespaldas borracho de celos derribe la puerta de su refugio. Vuelve a tu apartamento, Nico. Es una orden directa.
​Me quedé mirando la madera de la puerta de Mateo. Podía oír un murmullo lejano dentro, pero no sabía si era la televisión o el sonido de ellos dos. La idea de Siobhan refugiándose en los brazos de ese hippie porque yo la había empujado a ello me revolvía las tripas más que el whisky barato.
​—Entendido, señor —respondí con una frialdad que no sentía.
​Bajé las escaleras sintiéndome como un extraño en mi propio cuerpo. Liam me estaba ocultando a Siobhan. Me estaba dejando fuera. Y lo peor no era el miedo a Sterling, sino el vacío punzante de saber que ella estaba a pocos metros de mí, buscando en otro hombre el consuelo que yo, por orgullo y por deber, me negaba a darle.




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