**Nico**
Liam me hizo llamar a su despacho a última hora de la tarde. El ambiente estaba cargado; no era la típica reunión de negocios. Me mantuve firme frente a su escritorio, esperando el golpe que sabía que vendría desde que me ordenó retirarme de la puerta de Mateo.
—Siobhan ha vuelto —soltó Liam, sin rodeos—. Pero no ha vuelto a casa para llorar. Va a empezar a trabajar en la oficina de proyectos del centro. Se encargará de las reformas del Upper East Side.
Sentí un atisbo de alivio que me recorrió la columna, pero se evaporó en cuanto Liam continuó.
—Ha puesto condiciones, Nico. Y yo las he aceptado. No quiere drama. No quiere que estés cerca de ella mientras trabaja. La llevarás, la recogerás y vigilarás el perímetro, pero no entrarás en su oficina. No quiero más roces, ni más tensiones. No la veo bien, Nico. Está... distinta. Fría. Y me ha dejado claro que, si vas a ser su sombra, te quedes en la oscuridad.
Asentí mecánicamente. "En la oscuridad". Ese era mi sitio, después de todo.
—Entendido, Liam. Si es lo que ella quiere, así será.
—Es lo que yo ordeno —matizó él con dureza—. Déjala tranquila.
Salí de allí sintiendo que algo se terminaba de romper en mi pecho. No era una fractura limpia; era un desgarro lento. Crucé el pasillo y, por un momento, creí oler su perfume cerca de la oficina de proyectos, pero no me detuve. No tenía derecho.
Esa noche, el apartamento se me cayó encima. El olor a ella en mis sábanas, que antes era una fantasía, ahora se sentía como una burla. Necesitaba ruido, necesitaba dolor, necesitaba algo que no fuera el vacío de haberla perdido definitivamente.
No fui a The Exchange. Cogí la moto y conduje hasta los muelles del sur, la zona de los astilleros abandonados donde las deudas se pagan con sangre y donde yo mismo estuve a punto de hundirme hace justo un año antes de que Liam O'Shea me sacara del fango. Allí no era Nico Petrova, el guardaespaldas de élite; era el chico de Queens que sabía golpear y recibir.
Me metí en un círculo de peleas clandestinas. El olor a salitre, sudor y metal oxidado me llenó los pulmones. No peleé por dinero. Peleé para apagar mi cabeza.
Cuando el tercer tipo —un animal de cien kilos con cicatrices en las cejas— me lanzó el primer puñetazo, no me cubrí. Dejé que el impacto me sacudiera los dientes. Sabía a hierro. Le devolví el golpe con una rabia que no era para él, sino para mí mismo, para el espejo de la sala privada, para el mensaje de whisky y para la mirada de hielo de Siobhan.
—¡Basta, Nico! ¡Lo vas a matar!
La voz de Marcus cortó el aire. No sé cómo me había encontrado, pero ahí estaba, abriéndose paso entre la chusma de los muelles. Yo estaba encima del tipo, con los nudillos destrozados y la cara bañada en sangre ajena y propia.
Marcus me agarró del hombro y me arrancó de encima del hombre. Me zafé de un empujón, pero las piernas me flaquearon.
—Mírate, joder —masculló Marcus, agarrándome por la chaqueta mientras me arrastraba hacia su coche—. Liam te ha pedido que te mantengas al margen, no que te suicides en un muelle de mala muerte.
—Suéltame, Marcus —gruñí, escupiendo sangre al suelo—. Estoy bien.
—No, no lo estás. Estás roto, hermano. Y si Siobhan te viera ahora, se le caería el alma al suelo... o se reiría de ti. Sube al maldito coche antes de que vengan los federales o alguien con un arma de verdad.
Me dejé caer en el asiento del copiloto, apoyando la cabeza ensangrentada en el cristal frío. Me dolía todo el cuerpo, pero mi mente, por fin, estaba en blanco. Mañana tendría que llevarla al trabajo. Tendría que verla ser la jefa, la arquitecta, la mujer que ya no me necesitaba. Y tendría que hacerlo con la cara marcada por mi propia estupidez.
Marcus me dejó en la puerta del edificio, pero no tuve la suerte de subir a mi piso y lamerme las heridas en soledad. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, la luz del salón me cegó. Liam estaba de pie junto al ventanal, con los brazos cruzados, y Elena caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.
Al verme entrar, Elena soltó un grito ahogado que se convirtió rápidamente en pura furia.
—¡¿Pero qué te pasa?! —se lanzó hacia mí, agarrándome la cara con brusquedad para inspeccionar el corte sobre mi ceja y el pómulo inflamado—. ¡Mírate, Nico! ¡Parece que te haya pasado un camión por encima! ¿Has vuelto a los muelles? ¡Dime que no has vuelto a ese agujero!
Me aparté de ella con un quejido, evitando su mirada de decepción. Elena me conocía mejor que nadie; sabía que cuando me sentía acorralado, volvía a los viejos hábitos, a la violencia gratuita para acallar el ruido.
—Déjalo, Elena —la voz de Liam cortó el aire como un látigo.
Se acercó lentamente. Su presencia llenaba la habitación con una autoridad que me hizo bajar la cabeza. No era el Liam amigo, era el jefe de la familia O'Shea, el hombre que me había dado una segunda oportunidad cuando no era más que basura de calle.
—Escúchame bien, Nico, porque solo voy a decirlo una vez —dijo Liam, con una frialdad que me dolió más que cualquier golpe—. No te saqué de la mierda para que volvieras a ella en cuanto las cosas se ponen difíciles. Esta mierda no volverá a suceder. No voy a permitir que mis hombres vuelvan a cometer los mismos fallos del pasado. Si vuelves a pisar un círculo de pelea, si vuelves a perder el control de esa manera... estarás fuera. De la empresa y de nuestras vidas. ¿Te queda claro?
—Claro —mascullé, con la garganta apretada.
—Límpiate esa cara. Mañana tienes un trabajo que hacer. Y más te vale que tu mano no tiemble en el volante.
Se marcharon y el silencio que dejaron fue aplastante. Me sentía una basura. Había fallado a Liam, había asustado a mi hermana y, lo peor de todo, me había fallado a mí mismo. Me quedé mirando mis nudillos destrozados bajo el grifo de agua fría, preguntándome en qué momento había permitido que Siobhan O'Shea se convirtiera en el detonante de mi propia destrucción.
A la mañana siguiente, el espejo me devolvió la imagen de un monstruo. El ojo derecho estaba rodeado de un morado intenso y tenía tres puntos de sutura improvisados en la ceja que Marcus me había puesto anoche. Me puse las gafas de sol más oscuras que tenía y bajé al garaje.
Me detuve frente a la entrada principal de la mansión a las ocho en punto. Siobhan salió unos minutos después. No era la chica del pijama de seda; era una mujer de negocios. Llevaba un traje impecable, el pelo recogido en una coleta tirante y una carpeta de cuero bajo el brazo. Caminaba con una seguridad que me hizo apretar el volante.
Bajé del coche para abrirle la puerta, manteniendo la cabeza baja, pero el viento de la mañana hizo que las gafas se me deslizaran un poco.
Ella se detuvo en seco antes de entrar.
—Nico, ¿qué...? —empezó a decir, pero su voz se quebró.
Se acercó un paso, olvidando por un segundo su nueva máscara de frialdad. Su mano se alzó instintivamente hacia mi rostro, aunque se detuvo antes de tocarme. Vi cómo sus pupilas se dilataban y cómo el color desaparecía de sus mejillas. El susto en su mirada fue tan genuino que me quemó por dentro.
—Dios mío... —susurró, con los labios temblorosos—. ¿Qué te han hecho? ¿Ha sido Sterling? ¿Te han emboscado?
—No ha sido nadie, Siobhan —respondí, recuperando mi tono de piedra y ajustándome las gafas con brusquedad—. Sube al coche. Llegamos tarde a tu primer día de trabajo.
Ella se quedó paralizada, mirando mis nudillos vendados y la marca de la pelea que asomaba por debajo de las gafas. En ese momento, la arquitecta ejecutiva desapareció, dejando paso a la mujer que, a pesar de todo el odio y el daño, seguía sintiendo cada uno de mis golpes como si fueran propios.
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Editado: 10.03.2026