**Nico**
No aguanté más de media hora en esa fiesta. Ver a Siobhan con ese vestido ajustado, moviéndose como si el mundo le perteneciera y riendo con ese tal Julian, me estaba destrozando los nervios. Cada vez que él le rozaba el brazo o ella le dedicaba una sonrisa cómplice, sentía un impulso violento de cruzar el salón y estampar al tipo contra una de las columnas de mármol.
—Vámonos —le solté a Vanesa, agarrándola del brazo con una brusquedad que no esperaba.
—¿Qué? Pero Nico, acabamos de llegar... me habías dicho que conocería a Elena y...
—He dicho que nos vamos —la corté, arrastrándola hacia la salida—. No es el día para conocer a mi familia. Esto ha sido un error.
Salimos de la mansión bajo la mirada gélida de Liam. Metí a Vanesa en el coche y conduje con rabia, alejándome de las luces de Manhattan, buscando el silencio de la sierra que rodeaba la ciudad. Necesitaba aire, necesitaba oscuridad y, sobre todo, necesitaba sacar la imagen de Siobhan de mi cabeza.
Nos detuvimos en un claro apartado, donde la civilización era solo un resplandor lejano. Sacamos una botella de whisky que llevaba en el maletero y bebimos directamente del cristal, sintiendo cómo el alcohol quemaba el camino hacia mi estómago. Vanesa me miraba con esos ojos hambrientos, sabiendo que yo estaba al límite.
—Estás furioso, Nico —susurró, acercándose a mí—. Úsame para soltarlo.
La tiré directamente sobre la hierba húmeda. No hubo preliminares, ni dulzura, ni palabras bonitas. Solo quedaba el animal que Liam me pedía que domara, pero que esa noche había roto la cadena. Le arranqué la ropa interior y ella soltó un jadeo de pura anticipación cuando sintió el aire frío de la sierra contra su piel.
La penetré con una agresividad que la hizo arquear la espalda y clavar sus uñas en mis hombros. No era sexo, era una purga. Mis embestidas eran pesadas, rítmicas y brutales, hundiendo mi cuerpo en el suyo mientras el olor a tierra mojada y sexo llenaba el ambiente. La agarré del pelo, obligándola a mirarme mientras la poseía sin piedad, usando su cuerpo como un saco de boxeo para mis frustraciones.
—¡Más fuerte, Nico! —gemía ella, entregada totalmente a esa violencia—. ¡Rómpeme!
Le di lo que quería. La giré sobre el suelo, hundiendo su rostro en la hierba y sujetándole las caderas con una fuerza que dejaría marcas de mis dedos durante días. Cada vez que mis caderas golpeaban contra las suyas, solo podía pensar en el vestido de Siobhan cayendo al suelo, pero el rostro que gemía bajo el mío no era el de ella. Ese pensamiento me hizo redoblar la fuerza, buscando un clímax que me borrara la memoria.
Cuando finalmente me corrí dentro de ella, solté un rugido sordo que se perdió en la inmensidad del campo. Me quedé tumbado a su lado, jadeando, con el sabor del whisky y el sudor en los labios. Vanesa estaba allí, sonriente y satisfecha, adorando al monstruo que yo acababa de soltar. Pero mientras miraba las estrellas, me sentí más vacío que nunca. Había tenido el sexo más salvaje de mi vida, y aun así, seguía queriendo estar en esa fiesta, viendo cómo Siobhan me miraba con odio.
El zumbido del teléfono me despertó con una punzada en las sienes. Era Elena. No la Vanesa con la que había compartido la hierba y el whisky anoche, sino mi hermana, la única persona capaz de leerme la cartilla sin que yo le partiera la cara a alguien.
—Comemos juntos. En el sitio de siempre. No acepto un no por respuesta —dijo antes de colgar.
Llegué al pequeño restaurante de la calle 12 sintiéndome como si me hubiera pasado un tren por encima. Elena ya estaba allí, con un café solo y una mirada que atravesaba el acero. No hubo preámbulos.
—No me gusta esa mujer, Nico —soltó de golpe, refiriéndose a Vanesa—. Y no es porque sea de Queens o porque no tenga clase. No me gusta porque alimenta lo peor de ti.
—Ella me entiende, El —mascullé, removiendo la comida sin ganas—. No me pide que sea un santo.
—No, ella hace que desatar al animal te parezca bien. Te aplaude cuando pierdes el control porque eso la excita, pero eso no es vida, Nico. Estás volviendo a ser el tipo que casi acaba en una zanja hace cinco años. Mírate las manos, mírate la cara. Si sigues así, no te va a quedar nada por lo que luchar. Ni siquiera tu puesto con los O'Shea.
Sus palabras me escocieron más que el alcohol en las heridas. Tenía razón. Estaba usando a Vanesa para anestesiar lo que sentía por Siobhan, y lo único que estaba consiguiendo era pudrirme por dentro.
—Necesito salir de aquí —dije finalmente, mirando a mi hermana a los ojos—. Necesito aire que no huela a perfume francés ni a pólvora.
Esa misma tarde busqué a Liam. Estaba en su despacho, todavía gestionando las resacas políticas de la fiesta de Maya.
—Liam, necesito unos días. No estoy bien y no te sirvo de nada si tengo la cabeza en otra parte.
Liam me observó en silencio. Creo que vio la derrota en mis hombros, esa que yo intentaba ocultar con mi fachada de soldado.
—Vete, Petrova. Tienes una semana. Pero cuando vuelvas, quiero al hombre que contraté, no a este fantasma. Marcus se encargará de Siobhan mientras tanto.
No esperé a que se arrepintiera. Metí un par de vaqueros y unas camisetas en una bolsa y conduje hacia el único lugar donde todavía era simplemente "Nico", el hijo de los panaderos.
Cruzar el puente hacia Queens fue como quitarse un corsé de hierro. Al llegar a casa de mis padres, el olor a pan recién horneado y a madera vieja me recibió como un abrazo que no sabía que necesitaba. Mi madre no hizo preguntas sobre los moretones; se limitó a ponerme un plato de sopa delante y a besarme la frente.
Pasé los siguientes días cargando sacos de harina, amasando con fuerza hasta que me dolieron los brazos y durmiendo en mi vieja habitación, donde las sábanas no olían a Siobhan ni a Vanesa. Allí, entre el ruido de los trenes elevados y las voces de mis vecinos, intenté recordar quién era yo antes de que los O'Shea y su mundo de cristal me cambiaran para siempre.
Pero incluso en el silencio de la madrugada en Queens, mientras el horno se calentaba, me encontraba mirando hacia el horizonte de Manhattan, preguntándome si ella se habría dado cuenta de que su sombra ya no estaba vigilando su puerta.
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Editado: 10.03.2026