Diamantes Negros Cenizas en el hielo

Cenizas y redención

**Nico**

El teléfono vibró sobre la mesa de madera de la cocina de mis padres. Eran las dos de la mañana y el aroma a levadura llenaba el aire, un contraste pacífico con el caos que estalló en mis oídos cuando descolgué. Al principio solo hubo ruido de fondo, una música machacona, pero luego escuché su voz. Su voz llena de un miedo que me heló la sangre, y después, la risa sibilina de Sterling.
​—...Nico está muy lejos... mientras yo voy a tener las mías llenas de ti.
​No dije nada. No grité. La calma que había intentado construir durante una semana se hizo añicos, dejando paso a una frialdad absoluta y mortífera. Agarré las llaves de la moto y salí de la casa de mis padres como un alma que lleva el diablo. Queens nunca estuvo tan cerca del SoHo. Cruzaba los semáforos en rojo, rozando los coches, con el pulso a mil y la imagen de Siobhan en peligro quemándome las pupilas.
​Llegué a la discoteca y no perdí el tiempo con los porteros; entré como un proyectil. Mi instinto me guio a través del laberinto de pasillos hasta la zona privada.
​Cuando irrumpí en el reservado, el mundo se detuvo. Sterling la tenía tumbada sobre un sofá de terciopelo, con el vestido desgarrado y prácticamente desnuda, forcejeando bajo su peso. La furia que sentí no era humana; era algo primario, algo que los meses de contención habían alimentado hasta convertirlo en un monstruo.
​—¡Sterling! —rugí.
​Antes de que pudiera reaccionar, lo agarré por el cuello de la chaqueta y lo estampé contra la pared. El primer puñetazo le rompió la nariz; el segundo, el pómulo. No usé armas, quería sentir sus huesos romperse bajo mis nudillos. Le pegué una paliza sistemática, brutal, descargando cada gramo de odio, de celos y de culpa. Sterling cayó al suelo, hecho un guiñapo sangriento, intentando cubrirse la cara.
​Me incliné sobre él, agarrándolo del pelo para que me mirara con su único ojo abierto.
—Esto solo ha sido el aviso —le siseé, con la voz rota por el esfuerzo—. Ahora mismo mi prioridad es ella. Pero juro por mi vida que volveré a buscarte para terminar lo que he empezado. Si vuelves a respirar cerca de ella, te enterraré bajo el cemento de Queens.
​Lo solté como si fuera basura y me giré hacia Siobhan. Estaba temblando, intentando cubrirse con los restos de su vestido, con los ojos empañados por el pánico y el alcohol. Me quité la chaqueta de cuero y la envolví con ella, levantándola en mis brazos como si fuera de cristal.
​—Vámonos a casa, Siobhan. Liam tiene que saber esto —dije, tratando de suavizar mi voz, aunque mis manos seguían manchadas de la sangre de Tristán.
​—No —susurró ella, aferrándose a mi camiseta, escondiendo el rostro en mi cuello—. No quiero ir a la mansión. No quiero ver a Liam, ni a Elena... no quiero ver a nadie, Nico. Por favor.
​Me detuve en mitad del pasillo. Su súplica me atravesó más que cualquier golpe.
—Llevame a un hotel —continuó, con un hilo de voz—. Y quédate conmigo. No me dejes sola.
​No lo dudé. Ignoré las llamadas de Marcus que empezaban a entrar en mi teléfono y la saqué del club por la puerta de atrás. Conduje hasta un hotel discreto en las afueras, lejos de los ojos de los O'Shea y del ruido de la ciudad.
​Subimos a la habitación en silencio. Ella seguía temblando y yo solo podía pensar en lo cerca que estuve de perderla mientras me escondía en Queens. La dejé con cuidado sobre la cama king size, pero cuando intenté apartarme para ir a por una toalla húmeda, ella me agarró de la mano con una fuerza desesperada.
​—No te vayas —me pidió, con los ojos clavados en los míos—. Esta noche no, Nico. Quédate aquí.
La luz tenue de la habitación de hotel apenas iluminaba el rostro de Siobhan. Estaba sentada en el borde de la cama, envuelta en mi chaqueta de cuero, con el rastro del maquillaje corrido y los hombros todavía sacudidos por un temblor residual. Mis nudillos, hinchados y manchados con la sangre de Sterling, ardían, pero no tanto como el pecho al verla así.
​—Nico... —su voz fue un susurro roto—. Hazme el amor.
​Me quedé paralizado a un metro de ella. El aire se volvió pesado. Mi instinto gritaba que la tomara, que la reclamara, pero mi conciencia me dio un bofetón de realidad.
​—No, Siobhan —dije, con la voz ronca, forzándome a mantener la distancia—. Estás borracha, estás en shock por lo de ese malnacido y yo... yo acabo de destrozarle la cara a un hombre. No es el momento. No así.
​—Es el único momento —insistió ella, poniéndose en pie con dificultad, dejando que mi chaqueta resbalara de sus hombros hasta el suelo—. Sus manos... todavía siento sus manos asquerosas sobre mi piel. Necesito que me borres a ese hombre de encima, Nico. Necesito sentirte a ti para saber que sigo siendo mía.
​Se acercó a mí, acortando el espacio hasta que su pecho rozó el mío. Puso sus manos pequeñas sobre mis mejillas, obligándome a mirarla. Sus ojos, empañados por las lágrimas y el alcohol, ardían con una desesperación que me desarmó por completo.
​—Siobhan, por favor... me prometí a mí mismo que te protegería, incluso de mí mismo —mascullé, cerrando los ojos con fuerza para no sucumbir al deseo que me quemaba las entrañas.
​—Entonces protégeme de este vacío —sentenció ella, pegando sus labios a los míos.
​Fue un beso desesperado, con sabor a sal y a urgencia. El muro que había intentado construir durante meses, el que Liam me ordenó levantar y el que yo mismo reforcé en Queens, se desmoronó con un estrépito ensordecedor. Ya no era el guardaespaldas, ni el hijo de los panaderos, ni el animal de las peleas. Era simplemente un hombre que amaba a esa mujer por encima de su propio honor.
​La levanté en vilo, sintiendo cómo sus piernas se enroscaban en mi cintura, y la llevé de vuelta a la cama. La desvestí con una lentitud casi sagrada, besando cada centímetro de su piel, deteniéndome allí donde Sterling la había tocado, marcando mi territorio con ternura y fuego.
​Cuando me hundí en ella, Siobhan soltó un suspiro que sonó a liberación. Mis movimientos eran pausados, profundos, buscando su mirada en todo momento. Quería que supiera que era yo, que siempre había sido yo. Sus manos se aferraron a mi espalda, sus uñas clavándose en mis cicatrices mientras nuestros cuerpos se movían en un ritmo que solo nosotros conocíamos.
​En el clímax, ella gritó mi nombre, no como una súplica, sino como una pertenencia. Me quedé sobre ella, protegiéndola con mi peso, mientras nuestras respiraciones se acompasaban. El rastro de Sterling había desaparecido; solo quedábamos nosotros, dos seres rotos que habían encontrado una tregua en mitad de la guerra.
​—Te tengo, Siobhan —susurré contra su frente mientras la envolvía entre mis brazos—. No voy a dejar que nadie más te toque. Jamás.




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