**Nico**
El ático de Liam y Elena siempre me había parecido un lugar imponente, pero hoy, con la mesa larga puesta y mis padres sentados allí, el ambiente era una extraña mezcla de calidez de Queens y frialdad de Manhattan. Elena se había esmerado en organizar una cena familiar para celebrar que las aguas se habían calmado —o eso creía ella—.
Mis padres charlaban con Liam sobre la panadería, ajenos a la guerra que se fraguaba en las sombras. Maya, siempre llena de energía, había traído a una amiga del instituto y ambas no paraban de reír en un extremo de la mesa. Y luego estaba ella.
Siobhan.
Llevaba un vestido de punto color crema, sencillo pero tan ajustado a su cuerpo que me costaba mantener la vista en mi plato. Estaba preciosa, con el pelo suelto y ese brillo en los ojos que solo yo sabía de dónde venía. Tenía que comportarme como el guardaespaldas leal, el amigo de la familia, el tipo que apenas la miraba, pero por dentro sentía que me quemaba.
Aproveché que Liam se levantó para buscar más vino y saqué el teléfono por debajo del mantel.
"Estás tan increíble que me está costando recordar que no puedo levantarte de esa silla y sacarte de aquí ahora mismo", le escribí.
Mantuve la mirada fija en mi copa de agua. Por el rabillo del ojo, vi cómo Siobhan cogía su teléfono con elegancia. Al leer la pantalla, un rubor intenso y repentino trepó por su cuello hasta sus mejillas. Se mordió el labio y fingió toser para disimular.
—Nico, ¿estás escuchando? —la voz de Sofía me sacó de mi trance. La amiga de Siobhan me miraba con una ceja arqueada, divertida—. Te preguntaba si vas a volver a Queens o si ya te hemos recuperado del todo para la civilización.
—Me quedo aquí, Sofía —respondí, forzando una sonrisa—. Hay demasiado trabajo acumulado.
El teléfono vibró en mi muslo. Siobhan había respondido:
"Concéntrate en tu cena, Petrova. Si sigues mirándome así, Elena va a notar que no estás pensando precisamente en el menú".
No pude evitarlo. Tecleé rápido mientras Sofía seguía hablando de no sé qué exposición de arte.
"Elena no sospecha nada. Pero si cruzas las piernas de esa manera una vez más, voy a tener que salir a la terraza a que me dé el aire helado".
Siobhan soltó una risita nerviosa que camufló bebiendo un sorbo de vino. Me lanzó una mirada fugaz, una chispa de travesura y deseo que me dejó sin aliento.
"Atrévete", decía su último mensaje.
—Nico, hijo, come algo, que te vas a quedar en los huesos con tanto trabajo —dijo mi madre desde el otro lado, ajena al juego sucio que estábamos manteniendo bajo su nariz.
—Sí, mamá. Ahora mismo.
Guardé el teléfono, sintiendo la adrenalina correr por mis venas. Estábamos en una habitación llena de gente que nos conocía de toda la vida, con nuestros padres a menos de dos metros y Liam presidiendo la mesa. El peligro era real, pero el secreto hacía que cada mirada robada y cada mensaje se sintiera como la victoria más grande de mi vida.
La cena transcurría en esa tensa calma que solo los O'Shea y los Petrova sabíamos manejar. Yo intentaba concentrarme en la conversación de mi padre sobre los nuevos hornos de la panadería, pero mis sentidos estaban volcados en Siobhan. Cada vez que el metal de su cubierto rozaba el plato o el tejido de su vestido crujía al moverse, mi autocontrol cedía un milímetro más.
De repente, la vibración de mi teléfono sobre la mesa rompió mi burbuja. No era un mensaje. Era una llamada.
La pantalla se iluminó mostrando el nombre en letras claras: VANESA.
El silencio pareció hacerse más denso en mi rincón de la mesa. Elena, que estaba sentada frente a mí, bajó su copa de vino y clavó sus ojos en la pantalla. Su mirada fue como un latigazo; una mezcla de decepción y advertencia inquisitiva que decía claramente: «¿En serio, Nico? ¿Otra vez esa mujer?».
Sentí la mandíbula de Siobhan tensarse a mi lado, aunque no levantó la vista de su plato. Con un movimiento seco, deslicé el dedo por la pantalla y colgué la llamada, guardando el aparato en el bolsillo de mi pantalón. El aire quemaba.
Un segundo después, una nueva vibración. Esta vez era un mensaje. Supe que no era Vanesa porque el ritmo de la vibración era diferente. Saqué el móvil discretamente bajo el mantel y abrí el chat de Siobhan.
Siobhan: "No quiero volver a ver ese nombre en tu pantalla, Nico. Ni hoy, ni nunca. Si ella es lo que buscas cuando no estás conmigo, dímelo ahora y me levantaré de esta mesa."
Levanté la vista. Siobhan estaba mirando al frente, con una elegancia gélida que me recordó por qué era una O'Shea. Estaba furiosa, y lo peor es que tenía todo el derecho de estarlo. El recordatorio de mi vida anterior —de esa agresividad vacía que compartía con Vanesa— era un insulto a lo que habíamos sellado en el hotel.
Le escribí de inmediato, con los dedos volando sobre el teclado, sin importarme si alguien me veía.
Nico: "Ella es el pasado, Siobhan. Un error que cometí cuando no sabía que podía tenerlo todo contigo. Ya no existe. Confía en mí."
Bloqueé el teléfono y la miré fijamente. Ella giró la cabeza muy despacio, encontrando mis ojos. El rubor juguetón de hace unos minutos había desaparecido, sustituido por una intensidad posesiva que me hizo hervir la sangre. Bajo la mesa, sentí el roce de su mano contra mi rodilla, un gesto rápido, casi imperceptible para los demás, pero que para mí fue una marca de propiedad absoluta.
—Nico, ¿todo bien en el trabajo? —preguntó Liam desde la cabecera, entrecerrando los ojos al notar el intercambio de tensiones.
—Todo bajo control, Liam —respondí, sin apartar la vista de su hermana—. Solo cerrando asuntos que ya no tienen importancia.
Siobhan esbozó una sonrisa mínima, casi cruel, y volvió a su cena. Sabía que me tenía en la palma de su mano, y yo sabía que, a partir de esta noche, Vanesa no era más que un cadáver en mi historial.
**Siobhan**
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Editado: 10.03.2026