Diamantes Negros Cenizas en el hielo

Entre el cielo y el barro

**Nico**

Cada palabra que salía de los labios de Siobhan anoche, mientras se movía sobre mí con esa mezcla de fragilidad y dominio, era como un bálsamo para la bestia que llevo dentro. Me dio la paz que el whisky o las peleas nunca pudieron darme. Al escucharla decir que yo era el único, sentí que las paredes que nos separaban —el apellido O'Shea, mi pasado con Vanesa, el estúpido del pintor— se desmoronaban. Por fin, el ruido en mi cabeza se detuvo.
​La mañana nos encontró entrelazados, con la luz del sol bañando la habitación del hotel. No pude evitarlo; antes de que el mundo real reclamara su parte, volví a hacerle el amor. Esta vez fue lento, casi perezoso, saboreando cada rincón de su piel como si quisiera memorizarla para las horas que vendrían.
​Cuando finalmente la dejé frente a su edificio de oficinas, el aire profesional regresó, pero solo en apariencia. Aparqué el coche y, aprovechando que el cristal tintado y el ángulo del callejón nos protegían de las miradas indiscretas de los empleados, Siobhan se abalanzó sobre mí. Me devoró los labios con una urgencia que me dejó sin aliento, una promesa silenciosa de que lo de anoche no había sido un sueño.
​—Ten cuidado hoy, Petrova —susurró contra mi boca antes de bajar del coche con su máscara de jefa impecable.
​Me quedé un momento allí, recuperando el pulso, antes de arrancar. Tenía un recado de logística cerca de Queens, así que aproveché para pasar por la panadería. Ver a mis padres, el olor al pan de masa madre y el calor del horno me ayudaron a asentar los pies en la tierra.
​—Te ves distinto, Nico —dijo mi padre mientras me pasaba un café—. Tienes los ojos menos... nublados.
​—Estoy encontrando mi sitio, papá —le respondí, dándole un abrazo que me supo a redención.
​Pero la tregua duró poco. Mi teléfono vibró: era Marcus. Tocaba volver al barro.
​Me reuní con él en los muelles de Brooklyn, donde el viento del East River cortaba como una cuchilla. El ambiente allí no tenía nada que ver con el ático de mármol de Liam o los perfumes caros de la oficina de Siobhan. Aquí olía a óxido, a gasoil y a miedo.
​—¿Dónde te habías metido, Petrova? —gruñó Marcus mientras vigilábamos la descarga de unos contenedores que no pasarían ninguna aduana legal—. Liam ha estado preguntando por el informe de seguridad de la zona sur.
​—Estaba haciendo mi trabajo, Marcus. Vigilar que la joya de la corona esté a salvo —respondí con una frialdad que ocultaba mi satisfacción interna.
​Pasamos la tarde entre grúas y hombres de mirada turbia. Mientras Marcus hablaba de negocios y de cómo Sterling seguía escondido como una rata después de la paliza que le di, mi mente volvía una y otra vez a la sensación de las manos de Siobhan en mi espalda. Estaba trabajando en el lugar más sucio de la ciudad, rodeado de tipos que te pegarían un tiro por un fajo de billetes, pero por dentro me sentía invencible.
​Ella era mi secreto, mi ancla, y por ella, estaba dispuesto a quemar estos muelles enteros si hacía falta.
El aire en los muelles de Brooklyn era espeso, una mezcla de salitre y el olor metálico de los contenedores oxidados. Marcus caminaba a mi lado, revisando su reloj con impaciencia. Íbamos a encontrarnos con unos tipos nuevos, unos proveedores que Liam quería testear antes de meterlos en la nómina.
​—No me gustan estas caras nuevas, Petrova —masculló Marcus, escupiendo al suelo—. Demasiado silenciosos para ser gente de negocios.
​—En este mundo, el silencio suele ser el preámbulo de un disparo, Marcus. Mantén la mano cerca de la culata —le respondí, ajustándome la chaqueta de cuero.
​Todavía sentía el rastro del perfume de Siobhan en mi cuello, un recordatorio dulce que contrastaba con la hostilidad del entorno. Estábamos a escasos diez metros de la pesada puerta metálica del almacén 42 cuando el mundo decidió romperse en mil pedazos.
​No hubo un aviso. No hubo un grito. Solo un rugido ensordecedor que pareció nacer del mismo suelo.
​BOOM.
​La onda expansiva me golpeó en el pecho como un mazo de hormigón. Sentí cómo mis pies perdían el contacto con el asfalto y volé por los aires, envuelto en una ráfaga de calor abrasador y escombros que silbaban como balas. El tiempo se ralentizó: vi cristales estallando, trozos de metal retorciéndose y el cielo azul de Brooklyn tiñéndose de un naranja furioso.
​Aterricé con violencia contra el lateral de un furgón aparcado. El impacto me sacó todo el aire de los pulmones. Me quedé un segundo aturdido, con un pitido agudo taladrándome los oídos y el sabor a polvo y humo en la boca.
​—¡Marcus! —rugí, aunque mi propia voz me sonó lejana, como si viniera de debajo del agua.
​Me incorporé con dificultad, sacudiéndome la ceniza de los hombros. A unos metros, Marcus se levantaba maldiciendo entre dientes, con un corte sangriento en la ceja y la ropa destrozada, pero entero. El almacén donde debíamos entrar ya no existía; era una pira de llamas y vigas retorcidas que escupía humo negro hacia el horizonte.
​Me miré las manos: estaban llenas de rasguños y restos de pólvora, pero mis dedos respondían. La adrenalina empezó a bombear, borrando el dolor de las costillas.
​—Hijos de puta... —gruñó Marcus, escupiendo sangre—. Ha sido una trampa. Sabían que veníamos.
​—No ha sido una trampa para nosotros, Marcus —dije, entrecerrando los ojos mientras buscaba cualquier movimiento sospechoso entre las sombras de los contenedores vecinos—. Esto ha sido un mensaje. Sterling o alguien que quiere su puesto acaba de declarar la guerra de la forma más ruidosa posible.
​Metí la mano en el bolsillo del pantalón, buscando desesperadamente mi teléfono. Estaba intacto, aunque la pantalla tenía una grieta que la cruzaba de lado a lado. Mi primer pensamiento no fue llamar a Liam. No fue pedir refuerzos. Fue ella.
​Si habían intentado volarnos por los aires en los muelles, ¿quién me aseguraba que ella estaba a salvo en su oficina de cristal?
El pitido en mis oídos era una aguja constante, pero la adrenalina estaba haciendo su trabajo, anestesiando el dolor de los cortes en mi cara y el impacto en mis costillas. El almacén era un infierno de llamas a nuestras espaldas.
​Saqué el móvil con dedos temblorosos y marqué a Liam mientras Marcus se agachaba detrás de un contenedor, sacando su arma.
​—¡Liam! —rugí sobre el crepitar del fuego—. El almacén 42 ha volado por los aires. Ha sido una puta trampa.
​—¿Qué? ¡Nico! ¿Estáis vivos? —la voz de Liam sonaba distorsionada, pero el pánico era real.
​—Estamos enteros, pero la policía va a estar aquí en tres minutos. Se ve el humo desde medio Brooklyn. Escúchame bien: saca a Elena de donde esté y pon una patrulla doble en la oficina de Siobhan. ¡Ahora! No sé quién ha sido, pero han ido a por nosotros y no van a parar aquí.
​—¡Maldita sea! Estoy en ello, voy a... —Liam seguía chillando órdenes al otro lado del teléfono, pero sus palabras fueron cortadas por un sonido seco y familiar.
​¡Tach-tach-tach!
​El metal del contenedor donde nos refugiábamos vibró violentamente. Los proyectiles de un fusil de asalto estaban rasgando el acero a escasos centímetros de mi cabeza.
​—¡Disparan! ¡Nos tienen fijados! —le grité al teléfono, aunque Liam ya solo era un eco de gritos furiosos al otro lado.
​—¡Muévete, Petrova! ¡Vienen por el flanco izquierdo! —rugió Marcus, devolviendo el fuego con su automática.
​Eché a correr. Mis pulmones ardían por el humo inhalado, pero mis piernas respondían con la potencia de un animal acosado. Saltamos sobre restos de maquinaria, esquivando las balas que levantaban chispas en el suelo de hormigón. El teléfono seguía conectado, balanceándose en mi mano; podía oír a Liam gritando mi nombre, exigiendo saber qué pasaba, pero no había tiempo para responder.
​—¡Al muelle sur! ¡Si llegamos a las lanchas de carga tenemos una oportunidad! —le grité a Marcus.
​Correr bajo el fuego enemigo era una danza que conocía bien, pero esta vez era distinto. Cada bala que silbaba cerca de mis oídos me hacía pensar en Siobhan. Si me daban aquí, si moría en este puerto mugriento, ella se quedaría sola en medio del nido de víboras que acababa de estallar.
​No podía morir. No hoy.
​Doblamos la esquina de una fila de contenedores de carga mientras el tableteo de las armas automáticas arreciaba detrás de nosotros. La policía ya se oía a lo lejos, las sirenas mezclándose con el caos. Éramos fugitivos, objetivos de una guerra que acababa de subir de nivel, y lo único que tenía claro es que iba a quemar Nueva York hasta los cimientos si una sola de esas balas llegaba a tocar a Siobhan.




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