**Nico**
La luz de la mañana en Tribeca era demasiado brillante para lo que sentía mi cabeza. Me desperté con el cuerpo molido, no por la explosión de ayer, sino por la intensidad de la noche. Miré a Siobhan a mi lado; dormía con una expresión de paz que contrastaba con las marcas de mis dedos en sus caderas.
Me acerqué a su oído y la besé con una ternura que intentaba compensar la oscuridad que le había entregado horas antes.
—Gracias, nena —susurré cuando abrió los ojos—. Gracias por dejarme ser yo... por complacerme así. Sé que no fue fácil.
Ella me regaló una sonrisa perezosa, pero cuando intentó incorporarse para ir al baño, soltó un pequeño quejido y se mordió el labio. Sus movimientos eran lentos, rígidos; el sexo anal de anoche le estaba pasando factura y le costaba horrores caminar con normalidad. Verla así, marcada por mí, me provocó un estallido de orgullo posesivo, pero también una punzada de preocupación.
—Vas a tener que inventarte una buena historia para explicar ese caminar, O'Shea —bromeé, aunque mi voz todavía sonaba ronca.
Siobhan soltó una carcajada que terminó en una mueca de dolor mientras se sujetaba al borde de la cama.
—Dios, Nico... Las chicas me van a notar a un kilómetro que he tenido una noche de sexo salvaje —dijo riendo, tratando de recuperar el equilibrio—. Si Elena o Sofía preguntan por qué ando como si me hubiera pasado un camión por encima... les diré que fue cosa de Mateo. Que el artista se puso "creativo" anoche.
El mundo se detuvo. La risa se me murió en la garganta y sentí como si el frío del río East me entrara de golpe por la columna. El nombre de ese tipo, pronunciado con tanta ligereza y asociado a lo que acabábamos de vivir, me nubló el juicio al instante.
Me puse en pie, ignorando mi propia desnudez, y la miré con una fijeza que hizo que su sonrisa flaqueara.
—No vuelvas a decir eso —solté, con una voz que era puro acero—. Ni de broma. No vas a usar el nombre de ese imbécil para tapar lo que yo te hago.
—Nico, es solo una excusa para que no sospechen de ti... —intentó explicar ella, sorprendida por mi reacción.
—Me da igual la excusa. No quiero que Elena, ni Sofía, ni nadie en esta ciudad imagine a Mateo tocándote así. No quiero que su nombre esté en la misma frase que tu placer —me acerqué a ella, acorralándola contra el tocador a pesar de su dificultad para moverse—. Búscate otra mentira. Di que te caíste, di que hiciste demasiado gimnasio, pero si escucho que usas al pintor de escudo, juro que iré a su estudio y le daré un motivo real para que no pueda caminar él.
Siobhan me miró a los ojos y vi cómo su sorpresa se transformaba en una chispa de comprensión. Sabía que me había dado donde más me dolía: en mi inseguridad de saber que ella venía de un mundo de hombres "perfectos" y yo solo era el tipo que la reclamaba entre escombros y sombras.
El silencio en el loft se volvió pesado, casi asfixiante. Estaba a punto de responderle a Siobhan, de exigirle que borrara esa idea de su cabeza, cuando el teléfono de ella sobre la mesita de noche rompió la tensión. Era Elena.
Siobhan puso el altavoz mientras buscaba su ropa, todavía moviéndose con esa rigidez que delataba lo que habíamos hecho.
—¿Sí, Elena? —dijo ella, tratando de sonar normal.
—¡Siobhan! —la voz de mi hermana sonó demasiado nítida, cargada de esa ironía que los O'Shea usaban como un arma—. Ya es tarde. Haz el favor de dejar la cama del artista de una vez y prepárate. Paso a recogerte en veinte minutos para ir al encuentro de Sofía. No dejes que Mateo te agote tanto, que tenemos un día largo.
Escuché una risita al otro lado antes de que colgaran. Fue como si me hubieran clavado un puñal de hielo en el estómago. Ver a Siobhan sonreír con incomodidad mientras dejaba el teléfono fue el detonante. La imagen mental de todos ellos —Liam, Elena, Sofía— asumiendo que ella pasaba sus noches entre lienzos y pinceles con ese tipo, mientras yo era el que la marcaba, el que la protegía y el que casi moría por su familia ayer mismo, me revolvió las entrañas.
No dije nada. Me levanté de la cama con una frialdad mecánica. Recogí mi ropa del suelo, me puse la camisa negra y me abroché los pantalones con movimientos bruscos, ignorando el dolor de mis propias heridas.
—Nico, espera... —empezó ella, notando que el aire se había vuelto irrespirable—. Elena solo bromeaba, ella no sabe...
—Ese es el problema, Siobhan —solté mientras me calzaba, sin mirarla—. Que nadie sabe. Y que te resulta demasiado fácil dejar que piensen que estás con él. Disfruta de tu día con las chicas. Espero que el "artista" no te eche mucho de menos.
Cerré mi chaqueta de cuero y me colgué el arma al hombro. Necesitaba salir de allí, necesitaba aire o acabaría rompiendo algo. Caminé hacia la puerta con zancadas rápidas, pero antes de que pudiera salir al pasillo, sentí su mano agarrando mi brazo con fuerza.
Siobhan se había interpuesto entre la puerta y yo, olvidando por un momento su dolor físico. Tenía el pelo revuelto y los ojos encendidos, a medio vestir, pero con una determinación que me obligó a frenar en seco.
—¡No te vas a ir así! —me espetó, bloqueándome el paso—. No te atrevas a usar lo que dijo Elena para castigarme. Sabes perfectamente quién es el único que ha estado en mi cama, quién me ha dejado estas marcas y quién tiene mi lealtad. Si te vas ahora por un ataque de celos estúpido, estarás dándole la victoria a un fantasma que no existe.
La miré fijamente, sintiendo cómo la rabia luchaba contra la necesidad de besarla y mandarlo todo al infierno. El olor de nuestra noche todavía estaba en su piel, y eso era lo único que me impedía apartarla y marcharme para siempre de esta farsa.
Sus dedos se clavaban en mi pecho a través de la camisa negra, y por un momento, la fuerza de su mirada estuvo a punto de quebrar mi resolución. Verla así, despeinada por mis manos y moviéndose con esa torpeza que era la prueba física de nuestra noche, me hacía querer tirarlo todo por la borda, llamar a mi hermana y gritarle la verdad a la cara.
Pero la realidad me golpeó con la misma fuerza que la onda expansiva del almacén. Si hablaba, la ponía en el centro de la diana. Si confesaba, arruinaba la vida que Elena había construido con Liam.
—Está bien, Siobhan. Está bien —dije, bajando la voz hasta que fue solo un susurro ronco. Puse mis manos sobre las suyas, apretándolas contra mi pecho para que sintiera el galope desbocado de mi corazón—. No voy a dejar que esto nos destruya. Entiendo por qué lo hace ella. Entiendo la farsa.
Me incliné y le di un beso corto, casi doloroso, en la frente. Fue un gesto de tregua, pero no de paz. Necesitaba que supiera que no estaba enfadado con ella, sino con el mundo que nos obligaba a escondernos en las sombras mientras tipos como Mateo recibían los brindis de mi familia.
—Vete con ellas. Haz lo que tengas que hacer. Pero no me pidas que me quede aquí a ver cómo te recoges el pelo para ir a ver a Elena y fingir que anoche no fuiste mía.
La aparté con suavidad de la puerta. Ella intentó decir algo más, quizá una última palabra para retenerme, pero no le di espacio. Necesitaba que el aire frío de la calle me limpiara los pulmones del olor a sábanas revueltas y del eco de las bromas de mi hermana.
Salí del loft sin mirar atrás. Bajé las escaleras de incendios de dos en dos, sintiendo cómo el frío de Tribeca me golpeaba la cara. En cuanto llegué a la calle, saqué un cigarrillo y lo encendí con dedos temblorosos.
Necesitaba distancia. Necesitaba recordar quién era yo cuando no estaba perdiendo la cabeza por una O'Shea: un soldado, un superviviente, el hermano de Elena que debía protegerla incluso de sus propios errores de juicio.
Caminé hacia mi coche, aparcado a un par de manzanas. No iba a dejar que se fueran solas. Sabía que Liam enviaría escolta, pero después de lo del almacén, no confiaba ni en mi propia sombra. Me senté tras el volante y esperé a que el coche de Elena apareciera por la esquina. Las vigilaría desde la distancia, como el fantasma en el que me estaba convirtiendo, asegurándome de que ninguna de esas "bromas" sobre artistas se hiciera realidad mientras yo tuviera una bala en la recámara.
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Editado: 10.03.2026