Diamantes Negros Cenizas en el hielo

La traición

**Nico**

La adrenalina del enfrentamiento telefónico con Siobhan todavía me quemaba las venas. Había tirado el móvil contra el sofá del apartamento 45, maldiciendo su orgullo y mi propia incapacidad para no saltar cada vez que el nombre de Mateo salía a relucir. Me sentía como un león enjaulado, caminando de un lado a otro del salón, mirando las luces de Nueva York a través del cristal.
​"Cría". Sabía que esa palabra le había dolido, pero verla jugar con fuego usando a mi hermana para darme celos me había sacado de mis casillas.
​De repente, el silencio de mi encierro se rompió. No fue un mensaje de Siobhan, sino el tono de emergencia de mi radio profesional y, casi al segundo, una llamada de Liam.
​—¡Nico! —la voz de Liam sonaba desencajada, algo que rara vez ocurría—. Han emboscado a Marcus en el muelle sur. Está herido. Los Sterling no han esperado a mañana.
​—Voy para allá —dije, agarrando mi chaqueta y mi arma sin dudarlo un segundo.
​—¡Espera! —rugió Liam—. El edificio está vigilado. Si sales por la puerta principal, te verán. El viejo Sterling quiere tu cabeza y Marcus era el cebo para sacarte de aquí. Pero no puedo dejarlo solo, necesito a alguien que sepa disparar de verdad a mi lado.
​—Me importa una mierda la vigilancia, Liam —siseé, sintiendo cómo la frialdad del soldado tomaba el mando de mi cuerpo—. Marcus es mi hermano de armas. Voy a salir por el conducto de servicio del garaje. Encuéntrame en la esquina de la 5ª en cinco minutos.
​Olvidé la orden de encierro. Olvidé la discusión con Siobhan. En el momento en que Marcus fue atacado, la guerra personal pasó a un segundo plano para dejar paso a la lealtad de sangre.
​Salí del apartamento 45 con movimientos felinos. Al pasar por el rellano, miré la puerta del 43. Sabía que Siobhan estaba allí, probablemente llorando de rabia o planeando cómo ignorarme mañana. Me dolió no poder entrar y decirle que me iba, que tuviera cuidado, que a pesar de Vanesa y Mateo, ella era lo único que me importaba.
​Pero no había tiempo.
​Bajé por la escalera de incendios interna, esquivando a los guardias que Liam había apostado en el vestíbulo principal. Salí al aire gélido de la noche de Manhattan por una salida lateral. La ciudad se sentía hostil, llena de sombras que ahora tenían el rostro de los Sterling.
​Mientras arrancaba el motor de una moto oculta en el callejón trasero, mi móvil vibró. Era un mensaje de Siobhan, probablemente otra réplica de nuestra pelea. No lo abrí. Me puse el casco, cargué mi arma y aceleré hacia el muelle.
​El encierro había terminado. Si los Sterling querían guerra, la iban a tener. Pero mientras esquivaba el tráfico a toda velocidad, un pensamiento me martilleaba: si me pasaba algo esta noche, mis últimas palabras hacia ella habrían sido un insulto. Y eso era lo único que me daba miedo de verdad.
Llegué al punto de encuentro en un tiempo récord, con el corazón martilleando contra las costillas y la adrenalina fluyendo como veneno en mis venas. El coche de Liam ya estaba allí, con el motor en marcha y las luces de posición parpadeando en la oscuridad del callejón. Antes de guardar el móvil para centrarme en la misión, una última vibración me obligó a mirar la pantalla.
​Era ella. Pero no era la tregua que esperaba.
​Siobhan: "Espero que te lo pases muy bien con Vanesa. Te he visto salir por el callejón. Veo que tu 'encierro' solo se aplica cuando se trata de estar conmigo. Que disfrutes de tu noche con ella."
​Sentí una punzada de amargura. Me había visto salir, pero en su mente nublada por el orgullo y los celos, la única razón posible para que yo rompiera las órdenes de su hermano era ir a buscar a mi ex. No podía imaginar que lo hacía para salvar la vida de Marcus, el hombre que nos cubría las espaldas a ambos.
​Cerré el mensaje sin responder. La mandíbula me dolía de tanto apretar los dientes. No había tiempo para explicarle que no iba hacia el placer, sino hacia el plomo. Guardé el teléfono en el bolsillo interior de mi chaqueta y subí al asiento del copiloto del coche de Liam.
​—¿Estás listo? —preguntó Liam, con el rostro endurecido por la preocupación. Sus manos apretaban el volante con fuerza; Marcus era más que un empleado para él, era parte del engranaje que mantenía a los O'Shea en pie.
​—Vamos a por él —respondí, cargando el arma con un sonido metálico y seco que llenó el habitáculo—. Y si un solo Sterling se cruza en nuestro camino, juro que hoy no quedará ninguno para contar la historia.
​Liam pisó el acelerador y el coche salió disparado hacia la zona de los muelles. Mientras los edificios de Manhattan pasaban como sombras borrosas a nuestro alrededor, ignoré el vacío que me dejaba el mensaje de Siobhan. En ese momento, Nico el amante había muerto; solo quedaba el soldado. Si sobrevivíamos a esta noche, ya tendría tiempo de lidiar con su furia y sus malentendidos. Pero ahora, Marcus se estaba desangrando en algún lugar de la zona sur, y cada segundo que perdía pensando en reproches era un segundo que le restaba de vida a mi amigo.
​La noche se iba a volver sangrienta, y por primera vez en mucho tiempo, no me importaba.
El muelle sur era una carnicería. El olor a salitre mezclado con pólvora y sangre me devolvió a mis peores días en Queens. Encontramos a Marcus parapetado tras unos contenedores, con la cara pálida y una mano presionando su costado, pero todavía empuñando su arma. Logramos sacarlo de allí bajo una lluvia de fuego, respondiendo con cada bala que teníamos hasta que el chirrido de los neumáticos de Liam nos sacó de la zona de muerte.
​El hospital privado de los O’Shea nos recibió en medio de un silencio sepulcral. Fueron los cuarenta minutos más largos de mi vida. Me quedé en la sala de espera con la sangre de mi amigo secándose en mis manos, mirando fijamente la pared. Liam caminaba de un lado a otro como un depredador enjaulado.
​Finalmente, el cirujano salió.
​—La bala entró limpia. No ha tocado ningún órgano vital —dijo con voz monótona—. Ha perdido mucha sangre, pero es fuerte. Estará bien.
​Liam y yo soltamos el aire que no sabíamos que estábamos reteniendo. Choqué mi puño contra el hombro de Liam en un gesto de alivio mudo. Por un momento, la oscuridad de la noche pareció ceder. Marcus iba a vivir. Habíamos ganado esta ronda.
​—Volvamos —dijo Liam, limpiándose el sudor de la frente—. Necesito ver a Elena y poner más seguridad. Los Sterling han cruzado la línea.
​El trayecto de vuelta al edificio fue rápido. Mi mente, libre de la preocupación por Marcus, empezó a volar de nuevo hacia Siobhan. Me sentía culpable por haber ignorado su mensaje, por haber dejado que nuestra última conversación fuera un grito de odio. Pensaba en entrar en el 43, despertarla y, aunque fuera a base de otra discusión, besarla hasta que entendiera que nunca saldría por otra mujer que no fuera ella.
​Pero en cuanto entramos en el vestíbulo, supe que algo iba mal.
​El jefe de seguridad se acercó a nosotros con el rostro desencajado y la radio en la mano. Evitaba mirar a Liam a los ojos.
​—Señor O'Shea... Petrova... —balbuceó.
​—¿Qué pasa? —rugió Liam, sintiendo el cambio de atmósfera—. ¿Ha pasado algo con Elena?
​—No, la señora Elena está en el ático. Es la señorita Siobhan.
​Mi corazón se detuvo. Un frío glacial me recorrió la columna, mucho peor que el de las balas en el muelle.
​—¿Qué pasa con ella? —solté, dándole un paso al frente y agarrándolo por la solapa de la chaqueta.
​—Se ha... se ha escapado, señor. Burló la vigilancia del piso 43 hace una hora. Creemos que salió por el muelle de carga aprovechando el cambio de turno. No la encontramos por ninguna parte. Su teléfono está apagado.
​Me quedé en shock. La mano con la que sujetaba al guardia se aflojó hasta caer muerta a mi costado. Las palabras de su último mensaje resonaron en mi cabeza como una sentencia de muerte: "Que disfrutes de tu noche con ella".
​Ella creía que yo estaba con Vanesa. Estaba herida, furiosa y, lo más peligroso de todo, estaba sola en una ciudad donde el viejo Sterling acababa de demostrar que estaba dispuesto a matar a cualquiera de nosotros. Había salido a buscarme, o a huir de mí, justo cuando la calle era un campo de minas.
​—Nico... —la voz de Liam sonó lejana, rota por el miedo—. No está. Mi hermana no está.
​El mundo empezó a dar vueltas. Habíamos salvado a Marcus, pero en el proceso, había dejado la puerta abierta para que mi vida entera se desmoronara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.