**Nico**
El rugido de la moto era lo único que mantenía mi cerebro unido. Cruzaba el puente de Manhattan a ciento sesenta, esquivando coches como si fueran obstáculos en un videojuego donde la única meta era estrellarse. El viento gélido me golpeaba la cara, pero no sentía frío. No sentía nada. Lo que había visto en ese loft —la imagen de Siobhan bajo las sábanas de ese tipo, su mirada de culpa, el olor a alcohol y a traición— se había grabado a fuego en mi retina, calcinando todo lo demás.
Todo lo que hice por ella. El almacén, las balas, el encierro, el amor que me obligó a ser mejor hombre... Todo tirado a la basura por un despecho de "cría". Tenía razón. Era una cría. Y yo, un imbécil que creyó en los cuentos de hadas en un mundo de hienas.
Llegué a un tugurio en los límites de Brooklyn, un sitio donde nadie preguntaba nombres y donde el suelo pegajoso era lo más limpio del local. Aparqué la moto y, antes de bajarme, saqué el móvil.
Tenía sesenta llamadas perdidas.
Liam.
Elena.
Marcus, desde el hospital.
Incluso un mensaje de Siobhan que empezaba con un "Perdóname".
Solté una carcajada seca que se convirtió en un carraspeo doloroso. ¿Perdón? El perdón es para los errores, no para las elecciones. Y ella eligió. Miré el aparato, ese vínculo maldito con una vida que ya no me pertenecía, y lo lancé contra el asfalto. Lo vi hacerse añicos bajo la rueda de un camión que pasaba.
Entré en el bar.
—Whisky. La botella —dije, tirando un fajo de billetes sobre la barra.
—¿Alguna marca en especial, jefe? —preguntó el camarero, viendo mi ropa manchada de sangre seca y mis nudillos destrozados.
—La que más queme.
Me senté en un rincón oscuro, al fondo. La primera descarga de alcohol me arañó la garganta, pero no fue suficiente. Necesitaba apagar el ruido. Necesitaba dejar de ver sus ojos. A la tercera copa, la rabia empezó a transformarse en un nihilismo absoluto. Si el viejo Sterling quería matarme, que viniera. Le facilitaría el trabajo.
Empecé a entrar en el bucle. Una copa por la lealtad de Liam que ya no me servía de nada. Una por Marcus, que casi muere. Y el resto de la botella por Siobhan. Por cada vez que me dijo que me amaba mientras guardaba el nombre de Mateo en la recámara.
Pasaron las horas. El día se convirtió en noche y la noche en una mancha borrosa de humo y peleas de bar. Me metí en una bronca con tres tipos que me miraron mal; quería que me golpearan, quería sentir un dolor físico que fuera más real que este vacío en el pecho. Acabé con el labio partido y las manos rotas, pero ellos acabaron peor.
No volví al apartamento 45. No volví al ático. Desaparecí en los callejones, durmiendo en hoteles de mala muerte donde solo se pagaba en efectivo. Me convertí en un fantasma. Sin teléfono, sin nombre, sin causa.
Sabía que me estarían buscando. Sabía que Elena estaría llorando y que Liam estaría moviendo cielo y tierra para encontrar a su mejor hombre. Pero Nico Petrova, el que cuidaba de los O'Shea, había muerto en aquel loft de Chelsea. Solo quedaba un animal herido buscando un rincón lo suficientemente oscuro para dejar de existir.
El alcohol ya no era suficiente. El whisky me quemaba la garganta, pero el vacío en el pecho seguía siendo un agujero negro que lo devoraba todo. Me instalé en una suite de un hotel de mala muerte en las afueras, un lugar donde el dinero en efectivo compraba el silencio y la decadencia era la única norma.
Necesitaba ruido. Necesitaba piel. Necesitaba borrar el recuerdo de Siobhan de mis manos, de mis labios, de mis instintos. Pero no buscaba amor, ni siquiera placer. Buscaba destrucción.
Hice un par de llamadas a viejos contactos de los bajos fondos. En menos de una hora, tres mujeres estaban en mi habitación. No me importaban sus nombres, ni sus caras, ni sus historias. Solo eran cuerpos, instrumentos para intentar acallar el rugido de traición que me martilleaba las sienes.
—Nada de delicadezas —les advertí, mi voz sonando como grava triturada mientras tiraba un fajo de billetes sobre la cama deshecha—. Hoy no hay un hombre aquí. Solo hay rabia.
Lo que siguió fue un descenso a los infiernos. Me sumergí en un frenesí de sexo duro y desalmado, una bacanal de sudor y violencia contenida que no tenía nada que ver con la pasión y todo que ver con el castigo. Las manejé con una rudeza que rozaba lo peligroso, alternando entre ellas sin descanso, buscando en la fricción bruta una anestesia que no llegaba.
Mis manos, las mismas que habían acariciado a Siobhan con una ternura que ahora me daba asco, se cerraban con fuerza sobre sus cinturas, sobre sus cabellos. Las azotaba con la palma de la mano, buscando el sonido del impacto para tapar el eco de su voz llamándome "cría". Quería que me arañaran, quería que me mordieran, quería que el dolor físico fuera tan intenso que no quedara espacio para el recuerdo de su piel sobre la de Mateo.
Era un caos de extremidades, gemidos y oscuridad. Mantenía sexo con dos de ellas a la vez, moviéndome con una furia mecánica, sin rastro de orgasmo, solo una descarga de energía cinética que buscaba agotarme hasta el desmayo. Las trataba como objetos, como carne de alquiler, proyectando en ellas todo el odio que sentía por mí mismo y por la mujer que me había destrozado.
—Más fuerte, Nico —susurró una de ellas, intentando provocar una chispa de conexión.
Le tapé la boca con la mano, apretando hasta que sus ojos mostraron miedo. No quería palabras. No quería humanidad. Solo quería ser un animal herido devolviendo el golpe al mundo.
Pero incluso en medio de aquel exceso, en el momento de mayor brutalidad, su imagen volvía a aparecer. El contraste entre la suciedad de esta habitación y la pureza que creía haber encontrado en ella era una tortura constante. Cuanto más rudo era el sexo, más nítido era el dolor.
Cuando finalmente las eché a todas de la habitación, el silencio volvió a caer sobre mí como una losa de cemento. Estaba exhausto, con el cuerpo marcado y el alma aún más negra. Me quedé tirado en el suelo, rodeado de botellas vacías y el olor a sexo barato, dándome cuenta de que no importaba cuántas mujeres metiera en mi cama ni cuánto daño me hiciera a mí mismo.
Nico Petrova estaba muerto, y este cadáver que caminaba y follaba solo estaba esperando a que alguien tuviera la decencia de pegarle un tiro.
Doce días. Doce días de naufragar en un océano de alcohol, humo y pieles anónimas que no significaban nada. Doce días en los que mi único objetivo era dejar de ser Nico Petrova, borrar al hombre que amó y fue traicionado, para convertirme en una sombra errante por los rincones más oscuros de la ciudad.
Perdí la noción del tiempo. El sol era una molestia que filtraba a través de las persianas rotas de moteles de mala muerte, y la luna era el único testigo de mis excesos. Mi cuerpo estaba al límite: los nudillos en carne viva, el peso perdido por la falta de comida y una mirada que ya no reflejaba nada más que cenizas.
Estaba sentado en el borde de una cama deshecha en una habitación que olía a derrota, con una botella de bourbon a medio terminar entre las piernas, cuando la puerta cedió. No fue un golpe violento, sino una presión firme, constante.
Alcé la vista, esperando a algún camello o a un cobrador de deudas, pero lo que vi me paralizó el corazón.
—Nico.
La voz de mi padre cortó la bruma de mi embriaguez como un rayo. No gritaba. No había furia en su tono, solo una pesadez infinita, el sonido de un hombre que había envejecido diez años en menos de dos semanas. Estaba allí, en el marco de la puerta, con su abrigo de lana y esa presencia inamovible que siempre lo había caracterizado. Detrás de él, el pasillo del hotel parecía un túnel hacia una vida que yo ya daba por muerta.
Intenté levantarme, pero las piernas me fallaron. Se me escapó una carcajada rota, patética.
—Vete, papá... —balbuceé, apartando la mirada—. Aquí no queda nada que quieras llevarte.
Él no me hizo caso. Caminó por la habitación, apartando las botellas vacías y la ropa sucia con el pie, hasta que se plantó frente a mí. Me agarró por los hombros con una fuerza que me obligó a enderezarme. Me olió, vio las marcas de las peleas y de las noches de sexo rudo en mi cuello, y por un segundo vi cómo sus ojos se humedecían.
—Tu madre no ha dormido ni una hora. Elena ha movido cielo y tierra. Liam ha tenido que sujetarlas para que no salieran ellas mismas a las alcantarillas a buscarte —dijo, con la voz quebrada—. Pero yo sabía que estabas vivo. Un Petrova no muere en un agujero como este.
—Ya estoy muerto —susurré, dejando que la botella cayera al suelo.
—No, hijo. Solo estás perdido.
Me levantó casi en vilo. No opuse resistencia; ya no me quedaba lucha. Me sacó de aquel antro, sosteniéndome mientras caminábamos hacia su coche. El aire fresco de la mañana me golpeó la cara, quemándome los pulmones. Durante el trayecto, no hubo sermones, solo el silencio protector de un padre que recupera lo que más quiere.
Cuando el coche se detuvo frente a casa, vi las luces encendidas. Vi las sombras de mi madre y de Elena tras el cristal, esperando el milagro. Mi padre apagó el motor y me miró de lado, poniéndome una mano en la nuca.
—Has vuelto, Nico. Mi pequeño ha aparecido. Ahora vamos a curarte, y luego... luego decidiremos quién tiene que pagar por esto.
Al entrar por la puerta, el abrazo de mi madre y el llanto de Elena me envolvieron. Por primera vez en doce días, el ruido en mi cabeza se detuvo. Estaba en casa, pero el vacío seguía ahí, latente, recordándome que aunque ellos me hubieran encontrado, yo seguía sin querer encontrarme a mí mismo.
Tres días. Tres días de silencio, de las sopas de mi madre que apenas podía tragar y de la mirada vigilante de mi padre desde el umbral de la puerta. Mi cuerpo empezaba a sanar; los moratones se volvían amarillentos y el temblor de las manos por la falta de alcohol iba remitiendo, pero el alma seguía siendo un campo de batalla calcinado.
Escuché el motor de un coche potente aparcar frente a la casa. No necesité asomarme para saber quién era. El peso de la presencia de Liam se sentía incluso a través de las paredes de madera de la casa de mis padres. Entró con Elena, pero tras los saludos de rigor, Liam me buscó con la mirada.
—Nico. ¿Podemos hablar? A solas —pidió con esa voz que no admitía réplicas, aunque esta vez no era una orden de jefe, sino una petición de hombre a hombre.
Salimos al pequeño porche trasero. El aire de la tarde era fresco y olía a césped cortado, un contraste violento con el olor a sexo barato y tabaco rancio que me había rodeado en mi huida. Liam se apoyó en la barandilla, encendió un cigarrillo y me ofreció uno. Lo acepté en silencio.
—Siento lo que mi hermana te ha hecho, Nico —soltó de golpe, mirando al horizonte—. Te pido perdón en nombre de los O'Shea. Lo que hizo no tiene nombre, y menos después de cómo te la jugaste por nosotros esa noche.
—Tú no tienes la culpa de nada, Liam —respondí, con la voz todavía rasposa—. Cada uno es dueño de sus actos. Ella eligió. No me pidas perdón por algo que tú no controlas.
Liam suspiró, soltando una densa nube de humo. Se giró hacia mí, y esta vez su mirada era inquisidora, casi herida.
—¿Por qué no me lo contaste? —preguntó—. Lo sabía, Nico. Lo había notado en cómo la mirabas, en cómo te tensabas cuando alguien se acercaba a ella. Estaba esperando a que tuvieras la confianza de decírmelo a la cara.
Bajé la vista hacia mis nudillos, todavía con costras.
—Me daba miedo, Liam. Miedo de que no lo aceptaras. Eres mi jefe, ella es tu hermana... Las reglas dicen que un perro como yo no toca a la princesa de la familia. No quería perder tu respeto ni mi lugar a tu lado.
Liam soltó una carcajada seca y me dio un empujón amistoso en el hombro, uno que casi me hace tambalear por la debilidad.
—Eres un idiota, Petrova. De verdad. ¿Crees que después de todo lo que hemos compartido, me negaría? Para mí eres un hermano, mucho más que un simple cuñado. Si me lo hubieras dicho, lo habría aceptado con los ojos cerrados. Me habría alegrado de que fuera alguien como tú quien la cuidara.
Sentí un nudo en la garganta que no esperaba. Esas palabras, viniendo de un hombre tan hermético como Liam O'Shea, valían más que cualquier fajo de billetes. Me emocionó sentir ese respaldo, esa lealtad que yo creía haber roto por el camino.
—Gracias, Liam —dije, tragando saliva—. Significa mucho. Déjame... déjame quedarme aquí unos días más. Necesito terminar de limpiar mi cabeza antes de volver al apartamento. Luego, volveré al trabajo. Al cien por cien.
—Hecho. Quédate el tiempo que necesites —asintió él—. Pero ten cuidado. Los Sterling no han desaparecido. El viejo sigue ahí fuera, rumiando su odio, y ahora sabe que eres vulnerable. No bajes la guardia ni en esta casa.
—Acepto el trato. No me pillarán dos veces.
Liam guardó silencio un momento, tiró la colilla al suelo y la aplastó con la bota. Me miró fijamente antes de soltar la última bomba.
—Siobhan... Siobhan quiere verte, Nico. No deja de preguntar por ti. Está destrozada, dice que necesita explicarte...
—No —le corté en seco, y mi voz recuperó esa dureza de hielo que creía haber perdido—. No quiero verla, Liam. Ni ahora, ni mañana, ni nunca. Dile que para mí, Siobhan O'Shea murió en ese loft. No hay nada que explicar.
Liam asintió lentamente, respetando mi decisión. Sabía que algunas heridas no cierran con palabras, y que el perdón, a veces, es simplemente imposible.
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Editado: 10.03.2026