**Nico**
El tiempo en Nueva York se mide en cicatrices. Habían pasado ya varios meses desde aquella noche en la que todo saltó por los aires, y mi vida se había convertido en una línea recta, fría y predecible. Me levantaba, entrenaba hasta que los músculos me gritaban y me centraba en el trabajo. La seguridad de los O'Shea era lo único que mantenía mis manos ocupadas y mi mente lejos del abismo.
Cuando el agobio de la ciudad o los recuerdos empezaban a apretar demasiado, iba al club. Allí no había nombres, ni pasados, ni promesas. Solo sexo. Un intercambio de calor crudo que terminaba en cuanto salía el sol. Sin ataduras, sin mirar a los ojos, sin dejar que nadie se acercara lo suficiente como para ver las cenizas que quedaban por dentro.
Incluso hablé con Vanesa. Fue una conversación tranquila, extrañamente madura. Le dejé claro que lo nuestro nunca volvería a ser lo que fue, que funcionábamos mejor como amigos que como amantes. Ahora ella está conociendo a un tipo, un arquitecto o algo así, y por primera vez en mi vida, me alegro sinceramente por ella. Se merece a alguien que no sea un fantasma como yo.
Marcus se ha convertido en mi único ancla. Pasamos horas trabajando juntos en el cuartel de seguridad, revisando protocolos y vigilando los movimientos de los Sterling. Él no pregunta, no juzga. Sabe que el silencio es mi única medicina.
Pero entonces está ella.
No sé cómo demonios consiguió mi nuevo número, pero sospecho de Liam o de Elena. Casi a diario, mi teléfono vibra con un mensaje de Siobhan.
Siobhan: "Hoy ha llovido en el centro y me he acordado de aquel café al que me llevaste."
Siobhan: "He visto una exposición de arte. No era de Mateo. No era de nadie que conozcas. Solo quería que lo supieras."
Siobhan: "He cenado con mamá. Ha preguntado por ti. Espero que estés bien."
Mensajes banales. Tonterías cotidianas. Intentos desesperados de tender un puente de papel sobre un cañón de kilómetros de profundidad. Ella cree que con palabras suaves puede borrar la imagen de aquel loft.
La mayoría de las veces, ni siquiera abro la notificación. Veo el nombre en la pantalla de bloqueo y dejo que el teléfono se apague solo. No es por odio, ya ni siquiera queda energía para eso. Es por pura supervivencia. Si leo lo que escribe, si permito que su voz entre de nuevo en mi cabeza, el muro que tanto me ha costado levantar empezará a agrietarse.
Guardo el móvil en el bolsillo y me ajusto la funda del arma. Marcus me mira desde el otro lado de la mesa de vigilancia.
—¿Otra vez ella? —pregunta sin levantar la vista de los monitores.
—No sé de quién me hablas —respondo, aunque los dos sabemos que miento.
Mi vida ahora es el trabajo, la lealtad a Liam y el silencio. Siobhan O'Shea es solo un eco lejano de una canción que ya no quiero bailar.
El cumpleaños de Elena siempre era una fecha sagrada en el calendario de los Petrova. El ático de Liam, ese lugar que había sido escenario de tantos secretos y de mi caída al abismo, se sentía esta noche extrañamente cálido. Mis padres habían llegado cargados con bandejas de dulces tradicionales; el olor a canela, nueces y azúcar glacé inundaba el salón, devolviéndome por un segundo a una infancia donde el amor no era sinónimo de traición.
No pude evitarlo. Estaba echando un vistazo a la mesa cuando mis dedos rozaron uno de los pasteles de miel más deliciosos que mi madre preparaba.
—¡Nico! —la voz de Elena sonó justo detrás de mí, cargada de esa autoridad cariñosa de hermana mayor—. Ni se te ocurra. Primero la cena, luego el azúcar. Pareces un niño pequeño.
Me giré hacia ella con una media sonrisa, capturado in fraganti.
—Solo estaba comprobando que el control de calidad fuera el adecuado, Elena. Ya sabes, seguridad ante todo.
Ella me regañó con una sonrisa radiante, golpeándome suavemente en el brazo. Por un instante, me sentí en paz. Sentí que el Nico de antes, el que sabía reír sin que le pesara el pecho, seguía ahí debajo de la armadura.
Pero entonces, el ascensor se abrió.
El grupo de los O’Shea entró en el salón con su habitual elegancia intimidante. Y allí estaba ella. Siobhan caminaba un paso por detrás de Liam, vestida de una forma que en otro tiempo me habría dejado sin aliento. Mi sonrisa se evaporó en el acto. La rigidez volvió a mis hombros y mi mirada se volvió de piedra, fija en un punto lejano de la pared. El aire del ático se volvió irrespirable de repente, cargado de todas esas palabras que ella me enviaba a diario y que yo nunca respondía.
Sentí su mirada clavada en mí, buscando una grieta, un saludo, cualquier señal de que el muro estaba bajando. No le di nada.
—¡Nico! —el grito de Maya rompió la tensión justo a tiempo.
La pequeña de los O’Shea se acercó a mí con esa energía inagotable que siempre lograba desarmarme. Se puso a mi lado, ignorando el ambiente gélido entre su hermana y yo, y sacó su teléfono móvil.
—Oye, ¿has visto los comentarios en la última foto que subimos a redes? —me preguntó, enseñándome la pantalla—. Mis amigas me odian oficialmente. Dicen que tengo muchísima suerte por tener un "guardaespaldas" así.
—¿Ah, sí? —pregunté, intentando relajar la mandíbula.
—Sí. Están muertas de envidia porque dicen que eres demasiado guapo y que estás... —hizo una pausa dramática, bajando la voz con picardía—... que estás "buenísimo". Literalmente me han preguntado si estás soltero o si eres un robot de seguridad de última generación.
No pude evitarlo. La honestidad brutal y la frescura de Maya perforaron mi coraza. Solté una carcajada auténtica, sonora, que retumbó en el salón. Hacía meses que no me reía así, desde el fondo del estómago.
—Diles a tus amigas que el robot de seguridad tiene un contrato de exclusividad con los O’Shea —respondí, sintiendo cómo la risa me devolvía un poco de vida.
Por el rabillo del ojo, vi a Siobhan. Estaba a unos metros, estática, mirándome con una mezcla de anhelo y dolor. Me había visto reír, me había visto disfrutar de un momento de ligereza con su hermana pequeña, algo que ella ya no podía provocar en mí. Mi risa se apagó lentamente, pero me negué a dejar que su presencia volviera a arruinarme la noche.
La risa con Maya había sido un breve espejismo. En cuanto se alejó para asaltar la bandeja de dulces de mi madre, sentí el peso de la mirada de Siobhan quemándome la nuca. Necesitaba aire. Necesitaba que el frío de la noche de Nueva York me entumeciera los sentidos antes de que la rabia o algo peor volviera a asomar.
Salí a la terraza del ático. El viento soplaba con fuerza a esta altura, agitando los faldones de mi chaqueta. Saqué un cigarrillo, lo encendí y solté una larga bocanada de humo, observando las luces de la ciudad como si fueran diamantes sobre un paño de terciopelo negro.
No pasaron ni treinta segundos antes de que el sonido de la puerta corredera de cristal me avisara de que ya no estaba solo. El perfume de Siobhan, ese aroma que todavía era capaz de infiltrarse en mis pesadillas, inundó el aire antes de que ella abriera la boca.
—Nico... —su voz era apenas un susurro, quebrada por la duda.
No me giré. Seguí mirando al horizonte, con el cigarrillo entre los dedos.
—Hacía meses que no te oía reír así —continuó, dando un paso tentativo hacia mí—. Me ha recordado a cuando estábamos bien. A cuando...
—No hay un "cuando estábamos bien", Siobhan —la corté, con una voz tan gélida que pareció congelar el humo en el aire. Me giré lentamente, apoyando la espalda en la barandilla de cristal. Mis ojos se clavaron en los suyos, desprovistos de cualquier rastro de la calidez que acababa de mostrarle a Maya—. Solo hay un antes y un después de que decidieras que mi lealtad valía menos que un revolcón por despecho.
—¡Estaba desesperada! —exclamó ella, y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas—. Creía que me habías dejado por Vanesa. Te mandé mensajes, te llamé... y me ignoraste. Me volví loca, Nico. Cometí el peor error de mi vida, lo sé, pero no puedes borrar todo lo que sentimos por un momento de debilidad.
Di un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. No con deseo, sino con una presencia puramente intimidatoria. Siobhan retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared de la terraza.
—¿Debilidad? —siseé, inclinándome hacia su rostro—. Debilidad es llorar. Debilidad es emborracharse. Lo que tú hiciste fue una elección, Siobhan. Elegiste el cuerpo de otro hombre para herirme. Y lo conseguiste. Me destrozaste como nadie lo había hecho nunca. Pero aquí está el detalle que se te escapa: solo puedes destrozar a alguien una vez.
Ella intentó alcanzar mi mano, pero la aparté como si fuera a quemarme.
—Nico, por favor... te sigo escribiendo todos los días porque no puedo aceptar que esto sea el final. Te amo. Lo sé ahora más que nunca.
Solté una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor. Tiré la colilla al suelo y la aplasté con la punta de mi bota, mirándola fijamente a los ojos.
—Deja de enviarme mensajes. Deja de buscarme en los pasillos. Deja de usar a Maya o a Elena para acercarte a mí. Te lo voy a decir una sola vez para que te quede claro: no te odio. El odio requiere pasión, requiere energía. Lo que siento por ti ahora es nada. Eres un fantasma en este edificio, la hermana de mi jefe, y nada más.
Me alejé de ella, dirigiéndome hacia la puerta para volver a la fiesta. Antes de entrar, me detuve y hablé sin mirarla.
—Puedes quedarte con tu culpa, Siobhan. A mí ya no me sirve de nada. Mi lealtad es para mi familia. Tú... tú ya no existes en mi mapa.-
Cerré la puerta tras de mí, dejándola sola en la oscuridad de la terraza. Mi corazón latía con fuerza, pero por primera vez en meses, no era de dolor. Era de una resolución absoluta. Había puesto el último clavo en el ataúd de lo que fuimos.
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Editado: 10.03.2026