Diamantes Negros Cenizas en el hielo

El eco del silencio

**Nico**

Seis meses. Ese es el tiempo que ha tardado la ciudad en volver a ser solo una ciudad, y no un mapa de recuerdos dolorosos. Seis meses desde que el ático de Elena se convirtió en el escenario de nuestro último enfrentamiento.
​A veces, la ausencia hace más ruido que la presencia. Tres días después de aquella noche en la terraza, mi teléfono vibró por última vez con su nombre. Estaba en el cuartel, limpiando mi equipo, y cuando vi la notificación, sentí el habitual cansancio. Esperaba otra anécdota banal, otro intento desesperado de llamar mi atención. Pero cuando lo leí, algo cambió.
​Siobhan: "Nico, no voy a volver a escribirte. He entendido que mi amor por ti ha sido egoísta y que te he hecho un daño que no se cura con palabras. Solo quiero pedirte perdón, uno de verdad, lleno de humildad. Me voy a centrar en conocer quién soy realmente, porque me he dado cuenta de que no sé nada de mí misma. Te deseo toda la suerte que la vida pueda darte. Adiós."
​Al principio, lo bloqueé mentalmente. Pensé: "Es otra táctica. Quiere que baje la guardia". Pero los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Y el teléfono no volvió a sonar.
​Siobhan cumplió su palabra.
​Empecé a verla de forma muy esporádica. Liam, en un movimiento que agradecí en el alma, decidió que yo ya no sería el encargado de su seguridad personal. Le asignó un guardaespaldas nuevo, un tipo serio y reservado que la seguía a todas partes. Ya no coincidíamos en los pasillos de la mansión ni en las cenas familiares. Cuando ella iba al ático, yo estaba en el cuartel; cuando yo estaba en casa de Liam, ella no aparecía.
​Era como si hubiera sido borrada de mi rutina diaria por un diseño meticuloso.
​A veces, desde la distancia de los monitores de seguridad, la veía salir de la mansión. Ya no caminaba con esa seguridad caprichosa y altiva de antes. Se la veía más tranquila, más contenida. Llevaba libros, iba a sus citas, y ya no buscaba mi coche con la mirada cada vez que cruzaba el patio.
​Ese silencio me devolvió la paz, pero también me trajo una extraña melancolía que no supe prever. El odio se había disipado, dejando paso a un respeto sordo por su capacidad de alejarse. Siobhan estaba creciendo lejos de mí, y aunque el dolor de la traición seguía ahí, en una cicatriz que me recordaba que no debía confiar tan rápido, la rabia ya no me quemaba las entrañas.
​Ella se estaba conociendo a sí misma. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, estaba aprendiendo a vivir sin tener que ser el guardián de su caos.
La guerra contra los Sterling nos había mantenido a Marcus y a mí en pie de guerra durante semanas. No había sido fácil; habíamos tenido que ser quirúrgicos, volando sus almacenes de suministros en el muelle y asfixiando sus rutas de distribución hasta que el viejo Sterling no tuvo más remedio que pedir clemencia. La adrenalina de las misiones era lo único que me hacía sentir vivo, el único lugar donde mi mente no divagaba hacia lo que pudo ser y no fue.
​Hoy, finalmente, se sentaban las bases del alto el fuego en un club privado de la zona alta. Liam estaba impecable, con esa calma letal que lo hacía un líder respetado. El viejo Sterling aceptó los términos: retirada total de nuestras zonas y un porcentaje de las rutas compartidas. Todos parecían aliviados, excepto Tristán Sterling.
​El hijo del viejo siempre había sido un tipo despreciable, un depredador con traje de seda que no sabía aceptar una derrota. Durante toda la reunión me mantuvo la mirada, desafiante, como si buscara una grieta en mi armadura.
​Al terminar, mientras salíamos hacia el aparcamiento, Tristán se adelantó y me bloqueó el paso con una sonrisa que me revolvió el estómago.
​—Vaya, Petrova... parece que los tiempos cambian —soltó con una voz cargada de veneno—. Me he enterado por ahí de que ya no eres el perro guardián de la pequeña O'Shea. Una lástima, era el único trabajo que te daba algo de clase.
​Mantuve el rostro impasible, pero sentí cómo la sangre empezaba a hervir bajo mi piel.
​—Ahora que no estás tú estorbando en su puerta, supongo que Siobhan se siente un poco... sola —continuó, dándose la vuelta para mirarme mientras se encendía un puro—. He pensado que ahora que hay paz entre las familias, podría ir a hacerle una visita. Dicen que está más receptiva que nunca. Quizá ella necesite a un hombre de verdad y no a un empleado resentido.
​El mundo se volvió rojo. Di un paso hacia él, con el puño cerrado y la intención de hundirle el tabique nasal, pero Marcus fue más rápido. Me puso una mano firme en el pecho, frenándome en seco.
​—No lo hagas, Nico. No aquí. Es lo que quiere —me susurró Marcus con voz tensa.
​Me detuve, pero no bajé la mirada. Me incliné hacia Tristán, lo suficiente para que pudiera ver el absoluto desprecio en mis ojos.
​—Escúchame bien, Tristán —dije con una calma que daba miedo—. Puedes creer que la tregua te da alas, pero Siobhan O'Shea sigue estando fuera de tu alcance. No porque yo la cuide, sino porque una mujer como ella nunca miraría a una rata como tú, ni aunque fueras el último hombre sobre la tierra. Eres un cobarde que solo se atreve a hablar cuando hay testigos y un contrato de paz de por medio.
​Él palideció un poco, su sonrisa flaqueando ante la verdad que le escupí.
​—Acércate a ella —continué, bajando la voz hasta un siseo letal— y te juro que ni Liam, ni tu padre, ni el alto el fuego me impedirán colgarte de un puente por los tobillos. La tregua es para los negocios, no para mi paciencia. Lárgate antes de que pierda los modales.
​Tristán masculló algo entre dientes y se alejó rápidamente hacia su coche. Marcus me soltó el pecho, suspirando.
​—Ha ido a darte donde más te duele —dijo mi amigo, mirándome con preocupación.
​—No me duele, Marcus. Pero que esa basura use su nombre para provocarme... eso es algo que no voy a pasar por alto.
​Aunque ya no estuviera en su puerta, el instinto de proteger a Siobhan seguía grabado en mi ADN. Y Tristán Sterling acababa de cometer el error de creer que mi indiferencia hacia ella significaba que podía tocarla.
​Mis pasos resonaban con una pesadez extraña en el pasillo que conducía al despacho que Siobhan había habilitado en la mansión. No quería estar allí. Había jurado mantener la distancia, pero la amenaza de Tristán Sterling no era algo que pudiera ignorar. Como hombre de seguridad, era mi deber informarla; como hombre, era un tormento volver a entrar en su espacio personal.
​Llamé a la puerta y escuché su voz, suave pero firme, invitándome a pasar.
​Al entrar, me quedé estático por un segundo. Siobhan estaba sentada tras un escritorio de madera clara, rodeada de libros y carpetas. No era la "cría" impulsiva de antes. Había algo en su postura, en la forma en que me miró —directa, sin el drama habitual— que delataba una madurez que no esperaba encontrar tan pronto. La luz de la tarde entraba por el ventanal y resaltaba una belleza que, a pesar de mi coraza, me dejó las palabras atascadas en la garganta.
​—Nico —dijo ella, cerrando un cuaderno—. Me ha sorprendido que quisieras verme. ¿Pasa algo?
​—Tristán Sterling —logré decir, recuperando mi tono profesional—. He tenido que cerrar un trato con su padre hoy. Tristán sabe que ya no estoy asignado a tu seguridad y ha hecho comentarios... desagradables. Solo vengo a decirte que no bajes la guardia. Tu nuevo guardaespaldas tiene que estar alerta. Si ves a Tristán cerca, no intentes ser cortés. Llama a Liam o a Marcus.
​Siobhan asintió lentamente, procesando la información con una calma asombrosa.
​—Gracias por avisarme, Nico. Se lo comentaré a Robert inmediatamente. Agradezco que te sigas preocupando por mi seguridad, a pesar de todo.
​Se hizo un silencio denso. Yo debería haberme dado la vuelta y marchado, pero mis pies no se movieron.
​—Te veo... diferente —solté antes de poder frenarme.
​Ella esbozó una sonrisa triste, pero serena.
—Estoy yendo a terapia, Nico. Elena me ayudó a dar el paso. Me está yendo genial, de verdad. He aprendido muchas cosas sobre por qué hacía lo que hacía... sobre mis miedos y mi forma de sabotear lo que más quería.
​Me mantuve en silencio, con el corazón empezando a latir contra las costillas de una forma dolorosa.
​—El mensaje que te envié hace meses... —continuó ella, levantándose y rodeando el escritorio para quedar a un par de metros de mí—. Quería que supieras que cada palabra era verdad. Te deseo lo mejor de la vida, Nico. De corazón. Ya no espero que vuelvas, ni espero que me perdones. Solo quiero que seas feliz, aunque no sea conmigo.
​En ese preciso instante, algo se rompió definitivamente dentro de mí. Durante meses, mi fuerza se había basado en su insistencia, en sus mensajes diarios, en saber que ella seguía ahí, intentando derribar mi muro. Pero ahora, al verla tan dueña de sí misma, tan honesta en su despedida, comprendí la realidad más dura de todas: Siobhan se había dado por vencida con nosotros.
​Ya no había lucha. Ya no había súplicas. Había aceptado mi rechazo y me estaba dejando ir de verdad. Y, estúpidamente, el vacío que sentí fue mucho más aterrador que toda la rabia que había acumulado durante medio año.
​—Me alegra que estés bien, Siobhan —fue todo lo que pude responder, con la voz rota.
​Me giré y salí de allí casi huyendo. Al cerrar la puerta tras de mí, me apoyé contra la pared y cerré los ojos. Había conseguido lo que quería: que me dejara en paz. Pero ahora que lo tenía, sentía que me ahogaba en mi propia victoria.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.