**Nico**
La noche de chicos con Liam y Marcus empezó como una forma de celebrar la tregua, pero terminó siendo un descenso a mis propios infiernos. Bebimos whisky caro en el club, de ese que quema la garganta pero no logra adormecer los pensamientos. Ver a Marcus tan extrañamente relajado —ahora entiendo por qué, después de lo que seguramente Sofía les contó a las chicas— solo servía para recordarme lo tenso que estaba yo.
Cuando finalmente llegué a mi apartamento, el silencio de las paredes me cayó encima como una losa. El alcohol corría por mis venas, entibiando mi juicio y erosionando los muros que con tanto esfuerzo había levantado durante estos seis meses.
Me senté en el borde de la cama, todavía con la chaqueta puesta. Saqué el móvil. Sus mensajes banales de hace meses seguían ahí, sin respuesta, formando una fila de reproches silenciosos. Pero lo que más me dolía era el último: el de su despedida. El que decía que se rendía.
La rabia, la nostalgia y el bourbon se mezclaron en un cóctel peligroso. Mis dedos, torpes por la embriaguez, se movieron sobre la pantalla antes de que mi parte racional pudiera detenerlos.
Nico: "¿Así que ahora eres libre? ¿Así de fácil me dejas ir, Siobhan?"
Lancé el teléfono sobre la colcha, arrepintiéndome en el mismo instante en que vi el "entregado". Me pasé las manos por la cara, maldiciéndome. Seis meses de disciplina, de frialdad, de ser el "robot de seguridad" que todos esperaban, tirados a la basura por una noche de copas.
Me quedé mirando fijamente el aparato, viendo cómo la luz de la pantalla se apagaba, dejando la habitación en penumbra. El silencio era ensordecedor. Sabía que ella probablemente estaría durmiendo, o quizás estaba poniendo en práctica lo que fuera que estuviera aprendiendo en su nueva vida.
La idea de que realmente hubiera pasado página, de que mi mensaje fuera ahora una intrusión molesta en su paz, me dolió más que cualquier golpe que Tristán Sterling pudiera darme. Estaba borracho, estaba solo y, por primera vez, tuve que admitir que su silencio me estaba matando mucho más que su insistencia.
El teléfono vibró sobre la colcha y lo agarré con una urgencia que me dio asco de mí mismo. La respuesta de Siobhan fue como un cubo de agua helada sobre mi embriaguez.
Siobhan: "Nico, duerme. Seguramente has bebido y por eso me mandas esto. No te preocupes, mañana haré como si nunca lo hubiera recibido. Descansa."
Sentí un estallido de furia sorda en el pecho. ¿Hacer como si no lo hubiera recibido? ¿Desde cuándo ella era la adulta y yo el niño que necesitaba que le pasaran por alto las rabietas? Me puso de los nervios esa condescendencia, esa paz que emanaba de su texto. Necesitaba que reaccionara, que me gritara, que me echara en cara mis seis meses de hielo. Cualquier cosa menos esa piedad distante.
Mis dedos volaron sobre el teclado.
Nico: "No estoy bebido. Sé perfectamente lo que he escrito y lo que he enviado. No necesito que me ignores, Siobhan."
La respuesta tardó unos minutos que se me hicieron eternos. Me levanté y caminé por el pequeño salón de mi apartamento, sintiendo el peso del alcohol pero también una lucidez dolorosa.
Siobhan: "Nico, por favor... No hagas esto difícil. Te dije que estoy en terapia. Estoy aprendiendo a no depender de impulsos, a no buscar incendios para sentirme viva. Todavía no he terminado mis sesiones y no estoy preparada para nadie. Ni para ti, ni para nadie. Necesito estar bien conmigo misma primero."
Me detuve en seco frente a la ventana, mirando el reflejo de mi propio rostro cansado en el cristal. Me desesperaba verla tan lejana, tan... blindada.
Nico: "¿Preparada para qué? No eres un proyecto de construcción, Siobhan. No tienes que 'prepararte'. Eres quien eres, con tus luces y tus sombras, y así es como se te tiene que querer. No me vengas con excusas de manual de psicología."
Hubo un silencio largo. El indicador de "escribiendo..." aparecía y desaparecía, torturándome.
Siobhan: "Eso es lo que tú crees, pero yo sé lo que hice cuando no estaba 'preparada'. Casi te destruyo a ti y me destruí a mí. No voy a volver a ese círculo, Nico. No hasta que sepa que no voy a romper lo que toque. Buenas noches."
Arrojé el teléfono contra el sofá y me hundí en el sillón, escondiendo la cara entre las manos. Me sentía patético. Durante meses había sido yo quien ponía las distancias, quien pedía que me dejara en paz, y ahora que ella finalmente lo hacía, ahora que se tomaba en serio su propia curación, yo me comportaba como un animal herido intentando provocar una pelea para no sentirme solo.
La veía a kilómetros de distancia, protegida por una madurez que yo mismo la había empujado a buscar, y la ironía me golpeaba con fuerza: ahora que Siobhan empezaba a ser la mujer que siempre debió ser, yo sentía que la estaba perdiendo para siempre.
La ducha fría no fue suficiente para apagar el incendio de humillación y deseo que me recorría la sangre. Me desperté con el sabor metálico del bourbon barato y el eco de mis propios mensajes en la pantalla. Me sentía como un intruso en mi propia vida, un hombre que había predicado distancia y que ahora mendigaba atención por mensajes de texto a las tres de la mañana.
No podía ir a la mansión. No todavía. Necesitaba entender qué demonios le habían metido en la cabeza para que me hablara con esa calma quirúrgica. Así que busqué la tarjeta que Elena me había mencionado una vez. Dra. Aris.
Llegué a la consulta con el uniforme de faena: traje oscuro, mirada de acero y la mandíbula tan apretada que me dolían los molares. No era una visita de cortesía. No venía a pedir cita. Entré en la sala de espera ignorando a la secretaria y me planté en el umbral de su despacho justo cuando una paciente salía.
La doctora Aris me miró por encima de sus gafas. No se inmutó. Supongo que tratar con los O'Shea y los Petrova te cura de espantos.
—Supongo que usted es Nico —dijo, señalando el asiento frente a ella—. Tiene el aura de alguien que prefiere derribar puertas antes que llamar.
—No he venido a sentarme en su diván, doctora —solté, permaneciendo de pie, con los brazos cruzados. Mi voz sonaba como grava rozando metal—. He venido a saber qué le está haciendo a Siobhan. Le está llenando la cabeza de muros y de frases de manual. Me habla como si fuera una desconocida.
Ella dejó su bolígrafo sobre la mesa y se recostó en su silla, analizándome con una lentitud exasperante.
—Le estoy devolviendo su identidad, Nico. Algo que ella perdió intentando encajar en su mundo de violencia y lealtades ciegas. Veo que eso le molesta. ¿Le asusta que ya no pueda controlarla a través de su culpa?
—No intente psicoanalizarme, no le va a funcionar —le espeté, dando un paso hacia su escritorio—. Siobhan es impulsiva, es fuego. Usted la está convirtiendo en una estatua de hielo que dice que "no está preparada". Ella es como es, y no necesita que nadie la repare.
La doctora sonrió con una sombra de lástima que me enfureció más que cualquier insulto.
—Usted dice que la quiere "tal como es", pero lo que realmente quiere es la versión de Siobhan que dependía de usted. La versión que lo buscaba desesperadamente. Eso le hacía sentir poderoso, ¿verdad? El protector de la chica rota. Pero ahora que ella está sanando, usted se siente irrelevante.
—He venido a decirle que deje de meterse entre nosotros —dije, bajando la voz hasta un siseo letal, ignorando sus provocaciones—. Ella cree que tiene que ser perfecta para estar conmigo, y eso es mentira.
—Ella no busca ser perfecta, Nico. Busca ser funcional. Algo que usted, por lo que veo en sus nudillos y en su mirada, todavía no ha logrado —la doctora se levantó, manteniendo una calma imperturbable—. Si de verdad la quiere, deje que termine su proceso. No sea el obstáculo que la devuelva al pozo solo porque usted no sabe qué hacer con su propio vacío.
Me quedé firme, sosteniéndole la mirada, pero por dentro sentí una grieta. Sus palabras habían dado en el blanco con una precisión profesional. Me di la vuelta sin despedirme, saliendo de aquel despacho que olía a té y verdades incómodas.
Había ido allí para marcar territorio, para exigir que me devolvieran a mi Siobhan, pero me marchaba con la sospecha aterradora de que la doctora tenía razón: la Siobhan que yo conocía ya no existía, y yo no tenía ni idea de cómo tratar con la mujer en la que se estaba convirtiendo.
Salí de la consulta de la doctora Aris sintiéndome como si me hubiera pasado un camión por encima. Sus palabras seguían martilleando en mi cabeza, desnudando mis inseguridades con una precisión que odiaba. No podía ir al cuartel, no podía ver a Liam. Solo había una persona que conocía todas mis versiones, la que me había visto sangrar y la que me había visto amar: Elena.
Fui a su casa sin avisar. Me abrió la puerta con una expresión de sorpresa que pronto se transformó en una de preocupación profunda al ver mi rostro. No hizo falta decir nada; me dejó pasar y me sirvió un café cargado, sentándose frente a mí en la cocina.
—He ido a ver a su psicóloga —solté, rompiendo el silencio.
Elena dejó la taza con un golpe seco. Sus ojos se abrieron de par en par, pasando del asombro a una indignación contenida.
—¿Qué has hecho qué? Nico, ¿te has vuelto loco? Eso es cruzar todas las líneas rojas.
—Solo quería entender, Elena. Me mandó unos mensajes anoche... me dijo que no estaba preparada. Que no era funcional. No la reconozco. Parece que le hayan borrado el alma y la hayan sustituido por un manual de autoayuda.
Elena suspiró, frotándose las sienes. Se levantó y empezó a caminar por la cocina, gesticulando con las manos.
—Nico, mírame —dijo, plantándose frente a mí—. Durante seis meses la trataste como si fuera invisible. La despreciaste en la terraza, le dijiste que para ti ya no existía, que era nada. La empujaste al abismo y yo tuve que recoger los pedazos. ¿Y ahora qué? ¿Ahora que la ves recuperarse, ahora que ves que puede vivir sin ti, de repente te entran las prisas?
—No es eso... —intenté interrumpir, pero ella me cortó con un gesto firme.
—¡Sí es eso! No puedes simplemente chasquear los dedos y decidir que quieres recuperarla después de haberle gritado que no querías saber nada de ella. Ella está intentando sobrevivir a lo que tú mismo provocaste con tu rechazo. No puedes ser el incendio y luego quejarte de que ella esté usando un extintor.
Me hundí en la silla, escondiendo la cara entre las manos. El peso de la verdad era insoportable. Elena tenía razón. Había sido mi orgullo el que había dictado las reglas durante medio año, y ahora que las reglas se volvían en mi contra, no sabía cómo jugar. Me sentía perdido, como un soldado que vuelve de una guerra y descubre que su hogar ya no le pertenece.
Sentí unos pasos suaves y, de repente, los brazos de mi hermana me rodearon. Elena se inclinó y me abrazó con fuerza, dejando que mi cabeza descansara contra su costado. Ese abrazo olía a infancia, a protección, a la única lealtad que nunca me había fallado.
—Estás asustado, Nico —susurró ella, suavizando el tono—. Estás asustado porque por primera vez no tienes el control. Siobhan está madurando, y eso significa que si alguna vez vuelve a tu lado, no será por necesidad o por obsesión, sino por elección. Y eso te aterra porque no sabes si te elegirá a ti.
—No sé qué hacer, Elena. Siento que si no hago algo ahora, la perderé para siempre.
—Lo que tienes que hacer es darle espacio —me aconsejó, deshaciendo el abrazo pero manteniendo sus manos en mis hombros—. Deja que termine su terapia. Demuéstrale que puedes respetar sus tiempos, no sus impulsos. Si de verdad la quieres, tienes que querer a la mujer en la que se está convirtiendo, no a la niña que podías manejar. Sé un hombre, Nico. Espera. Y si ella decide que ya está "preparada", asegúrate de que tú también lo estés.
Me quedé en silencio, asimilando sus palabras. El camino no iba a ser fácil, pero por primera vez en mucho tiempo, tenía un norte. Aunque ese norte significara quedarme quieto y verla brillar desde la distancia.
#5262 en Novela romántica
#1506 en Chick lit
traicion decepsion dolor deseo amor, mafia amor, sexo amor acción
Editado: 10.03.2026