**Nico**
Durante unas horas, el mundo exterior dejó de existir. Entre las cuatro paredes de esa habitación de hotel, el silencio de los últimos seis meses se rompió con el sonido de nuestras respiraciones agitadas y el roce frenético de la piel. Por un momento, mientras mis manos se hundían en su pelo y sentía su cuerpo arquearse bajo el mío, creí que estábamos bien. Creí que el deseo era suficiente para quemar el pasado y que podíamos empezar de cero, sobre las sábanas revueltas.
Pero entonces, el sudor empezó a enfriarse y la realidad se filtró por las rendijas de las cortinas.
La miré mientras recuperaba el aliento, con los labios hinchados y los ojos brillantes, y de repente, la imagen cambió. No vi a la mujer que acababa de presentar un proyecto brillante ante Liam. Vi a la mujer que se había entregado a Mateo para castigarme. El recuerdo de esa traición me golpeó en el estómago como un mazo físico. Imaginé sus manos tocándola de la misma forma que yo acababa de hacerlo, imaginé sus promesas rotas y el sabor amargo de la deslealtad.
Todo lo malo —las noches en vela, la humillación, el odio que me había consumido— regresó con una fuerza devastadora. El placer se convirtió en ceniza en mi boca.
Me levanté de la cama como si el colchón quemara. Necesitaba salir de allí antes de que el asco por mí mismo me asfixiara. ¿Qué estaba haciendo? Había caído en su red otra vez, atraído por la misma piel que me había traicionado.
—Tengo que volver al trabajo —dije, mi voz saliendo más dura de lo que pretendía.
Me vestí con movimientos mecánicos, sin mirarla, evitando el contacto visual porque sabía que, si la miraba, vería su vulnerabilidad y eso me haría flaquear. Pero cuando me preguntó si había un "nosotros", la respuesta salió de mis labios antes de que pudiera filtrarla.
—No, Siobhan.
Al cerrar la puerta de la suite, no sentí alivio. Sentí una náusea profunda. Había buscado en ella algo que ya no existía: la confianza. Había usado su cuerpo para intentar llenar un vacío que solo se hacía más grande con cada mentira que nos contábamos. Caminé hacia el ascensor con el corazón de piedra, sabiendo que acababa de destrozar los seis meses de progreso de Siobhan, pero sobre todo, sabiendo que me había destrozado a mí mismo una vez más.
La oscuridad no era total. Era una neblina espesa, ruidosa, llena de ecos de sirenas y gritos que parecían venir de otra dimensión. Sentía el movimiento brusco de la camilla, el asfalto irregular golpeando contra las ruedas y el aire helado de la noche intentando entrar en unos pulmones que ya no sabían cómo funcionar.
Cada vez que intentaba tomar aire, el dolor en el pecho era una cuchilla que me recordaba que la vida se me estaba escapando por ese agujero.
—¡Abran paso! ¡Trauma torácico, pulso débil! —la voz del paramédico era un trueno sobre mi cabeza.
De repente, las puertas del hospital se abrieron de golpe y el techo de luces fluorescentes empezó a pasar sobre mí a toda velocidad, como ráfagas de ametralladora. Y entonces los vi.
A pesar de la visión borrosa, del sudor que me cegaba y de la sangre que perdía, sus rostros aparecieron en los márgenes de mi agonía. Vi a mi madre con las manos en la boca, a mi padre con el rostro desencajado por el terror, y a Elena, que corría al lado de la camilla sujetando mi mano con una fuerza desesperada.
—¡No nos dejes, Nico! ¡Por favor, aguanta! —gritaba Elena, y sus lágrimas caían sobre mi brazo.
Pero entonces, justo antes de que el mundo se acelerara de nuevo, vi a Siobhan.
Estaba allí, desaliñada, con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre. No era la arquitecta segura de la tarde, ni la mujer distante de la terapia. Era una sombra de dolor puro. Nuestras miradas se cruzaron un segundo —el último segundo— y vi en ella una súplica silenciosa, una agonía que superaba a la mía. Había corrido hacia mí a pesar de que horas antes yo le había dicho que no éramos nada.
Quise estirar la mano, quise decirle que lo sentía, que aquel "no" en el hotel era una mentira de mi orgullo, pero la sangre me ahogó la garganta.
—¡Entramos en quirófano! —gritó un cirujano.
Las manos de mi familia fueron arrancadas de la camilla. Las puertas dobles de acero se cerraron con un golpe seco, dejando fuera los gritos, el llanto de Siobhan y el mundo que conocía. El frío del quirófano me envolvió, el olor a desinfectante se hizo insoportable y una máscara de plástico descendió sobre mi rostro.
—Cuenta hacia atrás, Nico —dijo una voz tranquila—. Diez, nueve...
Antes de llegar al ocho, el dolor desapareció. La luz blanca se apagó y me hundí en el vacío, preguntándome si la última imagen que mi cerebro guardaría sería el rostro de la mujer a la que acababa de romper el corazón.
**Siobhan**
El tiempo en esa sala de espera no se medía en minutos, sino en el goteo constante de una desesperación que nos iba ahogando a todos. El olor a café quemado y a antiséptico se me quedó grabado en la garganta. Mis manos, las mismas que horas antes habían recorrido la espalda de Nico en aquel hotel, ahora estaban entrelazadas con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos. No podía dejar de mirar mis palmas; sentía que todavía guardaban el calor de su piel, un calor que quizás se estaba apagando para siempre en una mesa de operaciones a pocos metros de donde estábamos.
Pasaron cuatro horas. Luego seis.
Cada vez que la puerta del pasillo de quirófanos se abría, el silencio en la sala era tan denso que dolía. Finalmente, un cirujano con la bata manchada y el rostro demacrado apareció. No caminaba con la seguridad de quien trae buenas noticias.
—Hemos logrado extraer la bala y detener la hemorragia principal —comenzó, y por un microsegundo, un suspiro de alivio recorrió la sala. Pero su siguiente frase nos golpeó como un mazo—. Sin embargo, el daño en el pulmón y la pérdida de sangre han sido masivos. Nico entrará ahora en cuidados intensivos. Siendo honestos... no les damos muchas esperanzas. Su cuerpo ha entrado en un estado crítico de shock. Las próximas horas determinarán si su corazón tiene la fuerza necesaria para seguir luchando.
El mundo pareció detenerse.
Un grito desgarrador rompió el aire: era la madre de Nico. Pero lo que más me dolió fue ver a los hombres. Liam y Marcus estaban de pie junto a la ventana, inmóviles, como estatuas de sal. Parecían fantasmas de sí mismos, despojados de esa invulnerabilidad que siempre los rodeaba. Marcus, el gigante que nunca flaqueaba, tenía la mirada perdida en el vacío, apretando los puños hasta que le temblaban los brazos.
Pero el golpe final fue el padre de Nico. El hombre que siempre había sido el pilar de la familia Petrova, el que nos había enseñado a todos lo que significaba la palabra "resistencia", se derrumbó. Sus piernas cedieron y cayó sobre sus rodillas en mitad del pasillo, sollozando sin consuelo, con la cabeza gacha.
Yo me quedé pegada a la pared, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies. "No hay un nosotros", me había dicho Nico antes de irse. Y ahora, esa frase me quemaba las entrañas. Si moría ahora, sus últimas palabras hacia mí habrían sido una mentira nacida del orgullo.
—No —susurré, mientras las lágrimas empezaban a resbalar por mis mejillas sin control—. No puedes hacerme esto, Nico. No puedes dejarme con ese "no" en la boca.
Me acerqué a Elena, que estaba abrazada a su padre, y por primera vez en mi vida, sentí que la guerra de las familias, los negocios y el orgullo no valían absolutamente nada frente al frío cristal de una unidad de cuidados intensivos.
La sala de espera se había convertido en un santuario de dolor contenido. En cuanto los padres de Nico se alejaron por el pasillo, arrastrando sus pies cansados en busca de un café que no les devolvería la energía, el ambiente cambió de forma drástica. La tristeza se evaporó para dejar paso a algo mucho más oscuro y familiar: la sed de sangre.
Me quedé en un rincón, observando cómo Liam se enderezaba. Ya no era el hermano preocupado; era el jefe de la organización. Sus ojos, antes nublados por la angustia, ahora eran dos piezas de cristal azul gélido.
Marcus se acercó a él. La mandíbula del gigante estaba tan tensa que parecía que sus dientes iban a estallar. No necesitaba hablar; su sola presencia exigía una cabeza en una bandeja.
—No quiero informes detallados ni burocracia —dijo Liam con una voz tan baja y letal que un escalofrío me recorrió la espalda—. Nico está en esa cama porque alguien pensó que podía tocarnos y salir impune. No me importa quién sea, ni qué tregua hayamos firmado.
Liam miró a Marcus y a los otros hombres de seguridad que flanqueaban la entrada. Hubo un silencio cargado de pólvora.
—Tienen mi permiso —sentenció Liam con un movimiento de cabeza casi imperceptible—. Salgan de caza. Encuentren al que apretó el gatillo y a quien le pagó la bala. No traigan prisioneros si no son necesarios para obtener nombres. Quiero que esta noche la ciudad entienda lo que pasa cuando se derrama sangre Petrova.
Marcus asintió una sola vez, una chispa de furia salvaje brillando en sus ojos. Se dio la vuelta sin decir palabra, revisando su arma bajo la chaqueta con una eficiencia aterradora. Los hombres se dispersaron como sombras, listos para prender fuego a Nueva York si era necesario.
Me quedé mirando a mi hermano, asustada por la frialdad con la que acababa de dictar una sentencia de muerte masiva.
—Liam... —susurré, acercándome a él—. Esto va a desatar una guerra total. Sterling no se quedará quieto si Marcus empieza a limpiar las calles.
Él me miró, y por un segundo vi el vacío absoluto en sus ojos.
—La guerra empezó cuando esa bala atravesó a Nico, Siobhan —respondió él con frialdad—. Ahora solo estamos decidiendo cómo va a terminar. Quédate con Elena. No te muevas de aquí.
Se alejó hacia la ventana para hacer una llamada, dejándome sola con el sonido rítmico de las máquinas de la UCI que llegaba desde el pasillo. Mientras ellos salían a matar, yo solo podía quedarme allí, rezando para que el hombre al que amaba no se convirtiera en la primera baja definitiva de una carnicería que acababa de empezar.
La madrugada en el hospital es un limbo donde el tiempo se detiene y la esperanza se vuelve frágil como el cristal. El pasillo estaba en penumbra, solo interrumpido por el parpadeo de las luces de emergencia y el eco lejano de los pasos de alguna enfermera. Liam y Marcus se habían marchado; la "caza" había comenzado en las calles, pero aquí, en el epicentro del dolor, solo quedaba el silencio.
Me acerqué a la madre de Nico, que estaba sentada en un banco de plástico, pequeña y encogida bajo el peso de una angustia que ninguna madre debería conocer. Me senté a su lado, manteniendo una distancia respetuosa, sin saber si mi presencia era un consuelo o un insulto.
Tras un largo rato, ella se giró hacia mí. Sus ojos estaban rojos, pero su mirada conservaba una dulzura que me atravesó el alma.
—Él te quiere mucho, Siobhan —susurró, con una voz que apenas era un hilo—. Sé que habéis tenido momentos difíciles, pero ella... mi Elenita, me ha contado cómo lo miras. Y yo, como madre, lo siento aquí —se llevó una mano al pecho—. Tú eres el amor de la vida de mi hijo.
El nudo que llevaba horas en mi garganta se apretó hasta hacerme daño. No me sentía digna de esas palabras, no después de todo el caos que había sembrado en la vida de Nico.
—Lo siento tanto... —logré decir, y las lágrimas empezaron a brotar sin control—. Le he hecho tanto daño. He sido egoísta, impulsiva... Fui yo quien rompió su confianza. Le pido perdón, de verdad, por todo el dolor que le he causado a él y a su familia.
Ella estiró su mano, una mano cálida y firme a pesar del cansancio, y apretó la mía.
—No tienes que pedirme perdón a mí, hija. Lo que pasó, pasó. Elena me ha dicho cuánto estás cambiando, cuánto te estás esforzando por ser mejor. Y la pena que veo hoy en tus ojos... esa verdad no se puede fingir. Sé que estás arrepentida.
Se quedó mirándome un momento, con una sabiduría que solo dan los años y los golpes de la vida.
—Ten paciencia con él, Siobhan. Nico es un buen chico, el mejor que conozco, pero es testarudo y a veces se protege demasiado para que no lo vuelvan a herir. Si sale de esta... —su voz flaqueó un segundo—, dale tiempo. No dejes que su orgullo te aleje otra vez.
Me derrumbé. Me incliné hacia ella y dejé que me abrazara, llorando sobre su hombro como una niña pequeña. En ese abrazo no había juicios, ni apellidos, ni guerras de clanes. Solo había dos mujeres unidas por el amor hacia un hombre que se debatía entre la vida y la muerte en una habitación fría.
—Gracias —sollozo contra su abrigo—. Gracias por no odiarme.
—El odio no nos va a traer a Nico de vuelta —respondió ella, acariciándome el pelo—. Solo el amor tiene esa fuerza. Quédate aquí con nosotros. Él necesita saber que, cuando despierte, su mundo sigue entero.
El momento de paz con la madre de Nico se hizo añicos con una violencia quirúrgica. Un pitido agudo, rítmico y frenético empezó a taladrar el silencio del pasillo. Venía de su habitación.
En un segundo, la calma se transformó en caos. Vimos a dos enfermeras correr hacia la puerta, seguidas de cerca por el médico de guardia, que gritaba órdenes sobre medicación y voltios. El sonido de las máquinas de la UCI, ese pulso electrónico que nos decía que Nico seguía ahí, se había vuelto loco. Era el sonido de un corazón rindiéndose.
—¡Nico! —el grito de su madre me desgarró las entrañas.
Intentamos acercarnos, pero un celador nos bloqueó el paso justo cuando las puertas de la unidad se cerraban. A través del pequeño cristal, solo alcanzaba a ver destellos de batas blancas moviéndose con urgencia alrededor de su cama y el brillo metálico del desfibrilador.
El médico salió un momento, con el sudor corriéndole por la frente y una expresión de pura preocupación que intentaba ocultar tras su máscara profesional.
—Está entrando en parada —dijo con voz entrecortada—. Su cuerpo está rechazando la estabilidad. El shock es demasiado profundo.
Liam, que acababa de regresar del muelle con la mirada cargada de una furia que aún no se había disipado, avanzó hacia el médico. Lo agarró por la solapa de la bata, no con intención de golpearlo, sino con una desesperación tan autoritaria que hizo que el aire de la sala pesara una tonelada.
—Escúchame bien —siseó Liam, con los ojos inyectados en sangre—. No me des explicaciones técnicas. Vas a volver ahí dentro y vas a hacer hasta lo imposible. Si ese monitor se queda en silencio, este hospital no volverá a dormir tranquilo. Tráelo de vuelta. Tráelo ahora.
—Estamos haciendo todo lo que podemos, señor O'Shea, pero...
—¡Haz más! —rugió mi hermano, soltándolo violentamente.
Me quedé paralizada, apoyada contra la pared, viendo cómo el médico regresaba al interior. Mis piernas no me sostenían. Cerré los ojos y, por primera vez en años, recé. Recé con una fuerza que no sabía que tenía, pidiendo que no fuera ese el final, que no fuera un "no" lo último que quedara de nosotros.
El pitido continuo seguía sonando, una línea recta que amenazaba con borrar nuestra historia para siempre. Podía sentir el pulso de Liam y la angustia de los Petrova a mi alrededor, todos suspendidos en ese hilo de vida que Nico estaba soltando.
El sonido cambió. Ese pitido largo, agudo y mortuorio que nos había helado la sangre, se rompió. Primero un golpe seco, luego otro... y finalmente, el ritmo monótono y electrónico de la máquina volvió a sonar. Bip... bip... bip...
El aire regresó a mis pulmones, pero la sensación de alivio duró apenas un suspiro.
La puerta de la UCI se abrió y el médico salió. Se quitó la mascarilla, revelando un rostro demacrado por la tensión. No había triunfo en sus ojos, solo una fatiga sombría que me revolvió el estómago. Liam dio un paso al frente, pero el doctor levantó una mano, deteniendo cualquier exigencia antes de que saliera de sus labios.
—Lo hemos recuperado —dijo, y su voz sonaba hueca—. Pero no se hagan ilusiones.
El silencio que siguió fue más pesado que el griterío de hacía unos minutos. La madre de Nico ahogó un sollozo contra el pecho de su marido.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Liam, con la voz peligrosamente baja.
—Quiere decir que su corazón se ha detenido una vez y volverá a hacerlo —respondió el médico, mirándonos a todos con una franqueza brutal—. Ha perdido demasiada sangre y sus órganos están empezando a fallar bajo el estrés del trauma. Lo que acaban de presenciar no es una mejoría; es un aviso.
Se hizo una pausa en la que solo se escuchaba nuestra respiración agitada.
—Mi consejo es que no se muevan de aquí —concluyó el doctor, bajando la mirada—. Ésto no augura un buen final. Si tienen algo que decirle... si quieren despedirse... háganlo a través del cristal. No puedo asegurarles que pase de esta madrugada.
Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies. "Despedirse". Esa palabra no cabía en mi vocabulario cuando se trataba de Nico. Me acerqué al cristal de la unidad de cuidados intensivos. Allí estaba él, rodeado de tubos, cables y máquinas que respiraban por él. Se veía tan pequeño, tan frágil bajo la sábana blanca... él, que siempre había sido una fuerza de la naturaleza, un muro de seguridad y deseo.
Me apoyé en el vidrio, dejando que mi frente descansara contra la superficie fría. Mis dedos trazaron el contorno de su silueta desde la distancia.
"No me dejes así", le supliqué en silencio. "No me dejes con el recuerdo de ese hotel, con tu rechazo y mi culpa. Tienes que despertar, aunque sea para decirme que me odias, pero despierta".
Detrás de mí, Liam y Marcus empezaron a hablar en susurros urgentes, probablemente planeando cómo acelerar la "caza" antes de que el tiempo se agotara, pero yo no podía apartar la vista de Nico. El reloj de la pared del pasillo parecía burlarse de nosotros con cada segundo que pasaba, recordándonos que la vida de Nico Petrova se estaba escurriendo como arena entre nuestros dedos.
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Editado: 10.03.2026