**Nico**
El eco de los gritos en el pasillo me llegaba como ráfagas de estática. Aunque mi cuerpo se sentía como si lo hubiera arrollado un tren de mercancías, mi mente empezaba a despejarse. Reconocía esas voces: la furia vibrante de Elena y el tono gélido y defensivo de Liam. Cuando la puerta se abrió y todos volvieron a entrar, el aire en la habitación era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo.
Elena tenía los ojos hinchados y evitaba mirar a Liam. Él, por su parte, estaba de pie junto a la ventana, con la mandíbula apretada y esa mirada de culpabilidad que intentaba disfrazar de indiferencia.
—¿Qué pasa? —mi voz salió más rota de lo que esperaba, pero fue suficiente para que el silencio se hiciera absoluto—. Os oigo desde aquí. Dejad de actuar como si estuvierais en un funeral. Sigo vivo.
Mi padre se acercó a la cama. Se aclaró la garganta y, con la honestidad brutal que siempre nos había caracterizado, me hizo un resumen de la discusión. Me habló del miedo de Elena, de la intención de llevarme a casa y de cómo ella culpaba a Liam por cada milímetro de plomo que había entrado en mi cuerpo.
Miré a Elena, que apretaba los puños, y luego a Liam.
—Escuchadme bien —dije, haciendo un esfuerzo por incorporarme un poco, lo que me provocó una punzada de dolor que me hizo ver estrellas—. Liam, mírame.
Él giró la cabeza lentamente.
—No te atrevas a sentirte culpable por esto —sentencié, clavando mis ojos en los suyos—. No soy un niño al que arrastraste de la mano. Sabía exactamente dónde me metía. Este trabajo... esta vida... me dio una estructura cuando no tenía nada. Me dio respeto y un lugar donde mi fuerza servía para algo más que para meterme en celdas de comisaría.
Giré la vista hacia mi hermana.
—Elena, entiendo tu miedo. Te quiero por eso. Pero no puedes pedirme que sea alguien que no soy. Antes de trabajar con Liam, mi vida era un desastre de deudas y gente que me habría pegado un tiro por veinte dólares en un callejón sin nombre. Al menos ahora, si muero, muero protegiendo algo que importa. Muero con honor, no como un perro callejero.
Tomé una bocanada de aire, sintiendo el escozor en el pulmón.
—Este es mi sitio. Liam no me obligó; él me rescató de terminar en una zanja mucho antes. Así que dejad de pelear. Si alguien tiene que decidir qué haré cuando salga de esta cama, soy yo. Y no pienso esconderme en casa mientras otros terminan la guerra que empezaron conmigo.
El silencio que siguió fue distinto. La tensión no había desaparecido, pero el peso se había movido. Había dejado claro que mi lealtad no era una cadena, sino una elección. Miré a Siobhan, que estaba al fondo de la habitación, y vi en sus ojos una mezcla de alivio y temor. Ella sabía, mejor que nadie, que un hombre como yo no sabe vivir de otra manera.
Ver a Elena salir de esa habitación fue como recibir un segundo impacto, esta vez directo al orgullo. Sus pasos resonaban con una rabia que hacía vibrar el suelo, una furia nacida del miedo más puro que puede sentir una hermana.
—¡Elena! —la llamé, intentando que mi voz sonara con ese cariño que siempre nos había unido, el mismo que usaba cuando la protegía en el barrio siendo críos—. ¡Elenita, mírame!
Pero ella no se detuvo. Ni siquiera giró la cabeza. La puerta se cerró tras ella con un chasquido sordo que pareció sentenciar nuestra relación, al menos por ahora. Me dejé caer contra la almohada, sintiendo cómo el esfuerzo de hablar me pasaba factura en el pecho.
Mi madre, que siempre había sido el puente entre todos nosotros, se acercó a Liam. Él seguía rígido, con la mirada fija en el punto donde Elena había desaparecido, procesando el veneno de sus palabras. Mi madre le puso una mano en el brazo, con esa ternura que solo ella sabía desplegar en mitad de una guerra.
—Ten paciencia con ella, Liam —le susurró con suavidad—. Compréndela. Es su hermano el que está en esa cama, y para ella, tú eres el sol que atrae todas las tormentas. Solo necesita tiempo para que el miedo deje de hablar por ella.
Liam, que normalmente era una roca de hielo frente a cualquiera, suavizó la expresión al mirar a mi madre. Se inclinó un poco, mostrando un respeto y un cariño que rara vez veía en él hacia alguien que no fuera de su sangre directa.
—Lo sé, señora Petrova —respondió Liam con voz baja y sincera—. No la culpo. Haré lo que sea necesario para que se sienta segura de nuevo. No le guardo rencor por decir la verdad.
Me quedé observando la escena. La lealtad en nuestro mundo era un laberinto. Liam se sentía responsable, mi familia quería protegerme y yo... yo solo quería levantarme de esta cama para terminar lo que el tirador había empezado. Pero al ver la cara de Siobhan, que seguía en un rincón observándolo todo con los ojos empañados, me di cuenta de que mi decisión no solo afectaba a mi honor, sino a todas las personas que habían pasado las últimas cien horas rezando por mi vida.
Miré a Liam y luego a mi padre. Sabía que la tregua en esta habitación era frágil, y que fuera de estos muros, la "caza" que Liam había ordenado probablemente estaba dejando un rastro de sangre que tarde o temprano llegaría de nuevo a mi puerta.
El aire fresco de la calle me golpeó como una bofetada de realidad al salir del hospital. Después de lo que parecieron siglos entre paredes blancas y olor a desinfectante, el ruido de Nueva York me devolvió la vida. Mis padres estaban allí, flanqueándome como una guardia de honor, con sus rostros marcados por la preocupación.
—Hijo, por favor, piénsalo de nuevo —insistió mi madre por décima vez mientras caminábamos hacia el coche—. En casa estarás cuidado, tendrás comida de verdad y no estarás solo.
—Mamá —la interrumpí, dándole un apretón suave en la mano—, necesito volver a mi espacio. Necesito mi rutina. El edificio tiene gimnasio y piscina; tengo que empezar a mover este cuerpo de anciano que me han dejado los sedantes. Necesito sentir que vuelvo a tener el control.
Mi padre asintió, aunque sus ojos decían que preferiría tenerme bajo su techo.
—Iremos a verte a diario, Nico. No intentes hacerte el héroe antes de tiempo.
Cuando llegamos a mi apartamento, la sala parecía una sede social. Liam, Marcus, Elena (que seguía manteniendo una distancia gélida con Liam) y Siobhan estaban allí. Hubo palmadas en el hombro, promesas de venganza susurradas al oído por Marcus y las recomendaciones de rigor de mi hermana. Pero, poco a poco, la marea bajó. La gente se fue retirando, las puertas se cerraron y el silencio se instaló en el salón.
Al final, solo quedamos Siobhan y yo. Ella se veía radiante, pero había una determinación en su mirada que no le conocía. Me senté en el sofá con un gemido sordo, sintiendo el tirón de la cicatriz en el pecho.
—Nico —comenzó ella, sentándose frente a mí, no a mi lado—, tenemos que hablar de lo nuestro.
—Pensé que ya habíamos hablado en el hospital —respondí, intentando atraerla hacia mí con la mirada.
—Hablamos de los sentimientos, pero no de la realidad. He hablado con la doctora Aris. Me ha dicho que, para que esto funcione de verdad, no podemos volver a caer en el patrón de siempre. No vamos a mantener relaciones sexuales por ahora.
Me quedé helado. ¿Acababa de decir lo que creía que había dicho?
—Dice que es vital que yo aprenda a conocerme sexualmente a mí misma primero —continuó, con una voz irritantemente calmada—, que explore mis deseos sin la influencia de nadie, para después poder entregarme a quien yo decida de una forma sana.
Me eché a reír, aunque me dolió el pulmón al hacerlo.
—¿Es una broma? Siobhan, esa psicóloga de pacotilla no tiene ni idea de lo que dice. ¿Conocerte a ti misma? Yo te conozco mejor que nadie. Sé exactamente qué te gusta y cómo lo quieres. Lo que tuvimos en el hotel antes del disparo no fue "falta de autoconocimiento", fue necesidad pura.
—Fue una recaída tóxica, Nico —me corrigió ella sin pestañear—. Y si queremos que esto sea algo más que un incendio que nos acaba quemando a los dos, tengo que seguir su consejo. No soy un objeto que puedas reclamar solo porque has vuelto de la muerte.
La miré con incredulidad. Había recuperado mi vida, pero parecía que la mujer por la que casi muero había decidido ponerse en huelga de piel. La tensión en la habitación se volvió espesa, pero esta vez no era por el peligro exterior, sino por el muro invisible que esa psicóloga había levantado entre su cama y la mía.
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Editado: 10.03.2026