Diamantes Negros Cenizas en el hielo

Justicia y campanas

**Nico**

Liam nunca dejaba cabos sueltos. Esa era la diferencia entre un matón y un estratega. No íbamos a convertir el chalet de los Sterling en un matadero, porque un cadáver es un problema, pero un hombre en el fango es una lección eterna.
​Mientras yo terminaba de limpiarme la sangre de los nudillos, Liam ya tenía a los contactos en la fiscalía y a sus hombres infiltrados en el sistema penitenciario moviendo los hilos. Tristán no iría a una prisión de mínima seguridad; iría directo a donde los depredadores lo estaban esperando. Al viejo Sterling lo dejó vivo, pero en la ruina absoluta. Le quitó las propiedades, las cuentas en el extranjero y el nombre. Lo dejó siendo un fantasma en su propia ciudad.
​—La muerte es demasiado rápida para lo que te hicieron, Nico —me dijo Liam mientras salíamos de la mansión—. Ver cómo se desmorona su imperio desde una celda es un castigo mucho más elegante.
​Esa misma noche, nos reunimos todos para cenar. El ambiente era distinto; la pesadez que me había acompañado desde el hospital parecía haberse disipado con cada golpe que le propiné a Tristán. Estábamos Liam, Marcus, un par de capitanes de confianza y yo en un reservado de nuestro restaurante italiano favorito.
​En mitad de la cena, uno de los jefes de seguridad, un tipo leal que había estado haciendo guardia en la puerta de mi habitación durante los días críticos, se acercó a la mesa con una mezcla de nerviosismo y orgullo.
​—Jefes... —dijo, dejando varios sobres de papel grueso y elegante sobre la mesa—. Mi mujer y yo nos casamos el mes que viene. Me honraría mucho que estuvieran allí. Ha sido un año duro para todos, y nos gustaría celebrar la vida.
​Tomé una de las invitaciones. El relieve dorado brillaba bajo la luz de la lámpara.
​—Una boda —dijo Marcus, soltando una carcajada rara en él—. Me vendrá bien un poco de alcohol que no sea para limpiar heridas.
​—Iremos todos —sentenció Liam, mirándome con una media sonrisa—. Necesitas un traje nuevo, Nico. Uno que no tenga agujeros de bala. Y quizás sea el escenario perfecto para ver si ese "autoconocimiento" de Siobhan ha dado algún fruto, porque dudo que se pierda un evento de la familia.
​Me quedé mirando la invitación. Una boda. Música, baile y, inevitablemente, Siobhan. Llevaba semanas sin verla, obligándome a enterrar su recuerdo bajo kilos de pesas y misiones de vigilancia. Pero la idea de verla con un vestido de fiesta, bajo la luz de las velas, después de haber recuperado mi lugar en el mundo, hizo que la cicatriz de mi pecho diera un vuelco.
​—Iré —dije, cerrando el sobre—. Pero no voy a ir a ver cómo ha evolucionado su psicología. Voy a ir a recordarle quién soy yo.
​Hacía mucho tiempo que no me sentía tan vivo. El traje hecho a medida ocultaba perfectamente la cicatriz de mi pecho, pero la rigidez de la tela me recordaba que cada centímetro de mi piel ahora era puro músculo y determinación. El aire en la recepción de la boda era denso, cargado de perfume caro, risas y la tensión eléctrica que siempre rodeaba a los O'Shea y los Petrova.
​Desde que llegué, la sentí. Siobhan estaba a unos metros, hablando con Elena, pero sus ojos me buscaban como un radar. Estaba espectacular, pero yo me obligué a mantener la distancia. Ella quería espacio, ¿verdad? Pues iba a darle un universo entero.
​Sin embargo, el juego cambió cuando apareció Bianca, la prima de uno de los capitanes de Liam. Una mujer que no entendía de "límites" ni de "terapias de autoconocimiento".
​—Nico, estás increíble... —susurró Bianca, acercándose lo suficiente para que el aroma de su perfume me invadiera. Me puso una mano en el brazo, justo sobre el bíceps, y apretó con descaro—. Me dijeron que estuviste... indispuesto. Me alegra ver que te has recuperado tan bien.
​—Más que bien —respondí, lanzando una mirada de reojo hacia donde estaba Siobhan.
​Efectivamente, allí estaba ella. Había dejado de hablar con Elena. Su copa de champán temblaba ligeramente en su mano y sus ojos, antes serenos, ahora eran dos cuchillos clavados en la espalda de Bianca. La "Siobhan evolucionada" estaba desapareciendo para dar paso a la mujer posesiva que siempre había sido.
​Bianca siguió con su asedio. Me reía de sus bromas, me inclinaba hacia ella para escucharla y permitía que sus dedos juguetearan con la solapa de mi chaqueta. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Quería ver cuánto aguantaba Siobhan antes de que su preciosa psicología se hiciera añicos contra el suelo.
​—¿Te apetece una copa, Nico? —preguntó Bianca, prácticamente babeando mientras recorría con la mirada mi mandíbula.
​—Claro, vamos a la barra —dije, dándole la espalda a Siobhan.
​Pero mientras caminábamos, vi a través de un espejo cómo Siobhan dejaba su copa sobre una mesa con un golpe seco. Su mandíbula estaba apretada y sus mejillas tenían ese rubor de furia que solo yo sabía provocar. Se despidió de Elena con un gesto brusco y empezó a caminar hacia nosotros, cortando el paso de los invitados con la determinación de una tormenta.
​Parecía que cinco semanas de terapia no eran rival para el instinto de propiedad. Sonreí para mis adentros. La noche acababa de empezar, y el "lobo" estaba a punto de recordarles a todos quién mandaba en ese territorio.

**Siobhan**

La temperatura del salón pareció subir diez grados en un segundo. Bianca seguía pegada a mi brazo, riendo de algo que yo ya no escuchaba, porque toda mi atención estaba en la ráfaga de seda y furia que se detuvo frente a nosotros. Siobhan no llegó con dudas; llegó con la mirada de quien está dispuesta a quemar el edificio entero.
​—Bianca, ¿verdad? —La voz de Siobhan sonó como el chasquido de un látigo. No hubo saludo, ni cortesía.
​Bianca parpadeó, sorprendida, pero no soltó mi brazo. Al contrario, se pegó un poco más.
—Sí. ¿Y tú eres...?
​—Soy la mujer que va a pedirte que quites tus manos de mi hombre. Ahora mismo —soltó Siobhan. Las palabras "mi hombre" salieron de su boca con una posesividad tan cruda que sentí una descarga eléctrica recorrerme la columna.
​Me quedé inmóvil, disfrutando del espectáculo. La Siobhan que hablaba de "autoconocimiento" y "espacios" acababa de ser devorada por la Siobhan que llevaba el apellido O'Shea en la sangre.
​Bianca, lejos de amedrentarse, soltó una risita cínica y me miró a mí antes de volver a clavar sus ojos en los de ella.
—¿Tu hombre? —preguntó Bianca, recorriéndome con la mirada con un descaro insultante—. No veo que lleve ninguna marca. ¿Dónde pone que sea tuyo? Porque hasta donde yo sé, Nico es un hombre libre. Y por la forma en que me estaba mirando hace un momento, no parecía que estuviera pensando en ti.
​El silencio que se formó alrededor de nosotros fue sepulcral. Vi cómo la mandíbula de Siobhan se tensaba hasta el límite. Dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Bianca, obligándola a retroceder por puro instinto.
​—No necesita llevar una marca para que todo el mundo en esta ciudad sepa a quién pertenece —siseó Siobhan, con la voz baja y peligrosa—. Y si necesitas que te lo deletree, puedo hacerlo fuera, donde no arruinemos la boda. Pero suéltalo. Ahora.
​Miré a Siobhan. Sus ojos ardían con una mezcla de celos, deseo reprimido y esa rabia que tanto me gustaba. La terapia de la doctora Aris acababa de saltar por los aires en mil pedazos. Me solté suavemente del agarre de Bianca, quien me miró indignada, y di un paso hacia Siobhan, quedando a escasos milímetros de su rostro.
​—Parece que te has encontrado a ti misma antes de lo previsto, Siobhan —susurré, dejando que mi aliento rozara su oído—. ¿O es que tu psicóloga no te enseñó a compartir?
​Ella me miró, con el pecho agitado por la respiración acelerada, y por un momento olvidó a Bianca, olvidó la boda y olvidó sus estúpidas reglas. En ese momento, solo existía el hambre que nos teníamos.
El control se me escapó de las manos como arena seca. La voz de la doctora Aris, sus teorías sobre la "autonomía emocional" y sus muros de cristal se hicieron añicos en cuanto vi a esa mujer acariciar la solapa del traje de Nico. No era una cuestión de madurez; era una cuestión de instinto.
​Agarré a Bianca del brazo con una fuerza que ni yo sabía que tenía. Sus dedos se soltaron de Nico por la pura sorpresa del tirón.
​—Fuera. Ahora —le siseé, sin dejarle margen de réplica.
​La arrastré hacia las puertas laterales que daban a la terraza del salón de bodas. Una vez bajo la luz de la luna, lejos de los oídos curiosos pero bajo la mirada atenta de los hombres de seguridad, la solté con un empujón.
​—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir —le grité, y mi voz vibraba con una furia ancestral—. ¡Es mío! No me importa quién seas, ni quién sea tu primo, ni cuántas veces le hayas sonreído esta noche. Nico Petrova es mío desde el día en que nació y lo seguirá siendo hasta que yo decida lo contrario. Si vuelves a acercarte a menos de un metro de él, te juro por el nombre de mi hermano que desearás no haber venido a esta boda.
​Bianca, pálida y con los ojos muy abiertos, no dijo ni una palabra. Dio media vuelta y regresó al interior del salón, casi trotando sobre sus tacones.
​Me quedé allí, jadeando, con el pecho subiendo y bajando frenéticamente. El aire frío de la noche no lograba enfriar la sangre que me hervía en las venas. Entonces, escuché el sonido de la puerta cerrándose y unos pasos lentos, rítmicos, que conocía de memoria.
​—Vaya —la voz de Nico arrastraba un tono de diversión letal—. Eso no ha sido muy "civilizado", Siobhan.
​Me giré. Él estaba apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y una sonrisa de suficiencia que me dolió y me encendió a partes iguales.
​—Dime una cosa —continuó él, acercándose con esa elegancia depredadora—. ¿Qué diría tu psicóloga de esto? Estoy bastante seguro de que no aprobaría que marcaras territorio como si estuviéramos en un callejón de los muelles. ¿Dónde ha quedado tu "autoconocimiento sexual" y tu espacio vital?
​En ese momento, mirándolo allí, tan real, tan vivo y tan jodidamente arrogante, la revelación me golpeó como un rayo. Miré mis manos, que aún temblaban por la descarga de adrenalina.
​—Ella no sabe nada, Nico —susurré, y la comprensión me inundó como un bálsamo amargo—. Tenías razón. Mi madre tenía razón. La doctora Aris puede curar a gente normal, a gente que vive vidas seguras y ordenadas... pero nunca podría entendernos a nosotros. No entiende que mi "espacio" es el que ocupas tú. No entiende que no puedo conocerme a mí misma si no es a través de cómo te miro a ti.
​Me acerqué a él, acortando la distancia que yo misma había creado durante semanas.
​—Se acabó la terapia, Nico. Se acabaron los manuales. He intentado ser alguien que no soy para "sanar", pero la única verdad es que estoy rota de la misma forma que tú, y solo nosotros sabemos cómo encajar las piezas.
​Nico dejó de sonreír. Su mirada se oscureció, volviéndose intensa y hambrienta. Puso una mano en mi nuca, obligándome a mirar hacia arriba.
​—Bienvenida de vuelta, Siobhan —murmuró contra mis labios—. Ya empezaba a cansarme de esperar a que despertaras.
​El mundo civilizado se desintegró en aquel balcón. Ya no había rastro de la mujer que leía libros de autoayuda; solo quedaba la O’Shea que reclamaba lo que era suyo. No esperamos a llegar a un hotel. La urgencia era un incendio que nos consumía a ambos, una necesidad de borrar las cinco semanas de vacío con la brutalidad de la realidad.
​Nico me empujó contra la barandilla de piedra de la terraza, oculta apenas por las sombras de las enredaderas, pero lo suficientemente cerca de las cristaleras para que el riesgo fuera el combustible final.
​—¿Quieres que sea tuyo, Siobhan? —gruñó él contra mi cuello, su mano apretando mi cintura con una fuerza que dejaría huella—. Pues prepárate, porque no voy a ser sutil.
​Nuestra unión fue un choque de trenes. Primero, de frente, mirándolo a los ojos, viendo en sus pupilas dilatadas al guerrero que se negaba a morir. Sus manos no buscaban delicadeza, buscaban posesión. Me aferré a sus hombros, sintiendo la dureza de su cuerpo recuperado, mientras el sonido de la fiesta —la música lejana y las risas— se convertía en un eco insignificante comparado con nuestros jadeos.
​Luego, me giró sin contemplaciones, obligándome a apoyarme en el frío mármol. Sentí el aire de la noche en mi espalda y el calor abrasador de su cuerpo contra el mío. Fue una entrega absoluta, marcada por el ritmo frenético de quien ha estado a punto de perderlo todo. Me marcó. Cada embestida, cada apretón en mis muslos, era su firma sobre mi piel. Quería que me doliera, quería que me quemara, quería que mañana cada músculo de mi cuerpo gritara su nombre.
​Cuando finalmente regresamos al salón, yo no caminaba igual. No podía.
​Entré con el cabello ligeramente revuelto y los labios hinchados, pero con la cabeza más alta que nunca. Al dar cada paso, sentía la debilidad en mis piernas, ese temblor característico que me obligaba a apoyar el peso con dificultad. Cojeaba ligeramente, una marca invisible pero evidente para quien supiera mirar.
​Pasé por delante de Bianca y de las demás invitadas, notando cómo sus miradas bajaban hacia mis piernas y luego subían a mi rostro victorioso. Mi forma de andar era una declaración de guerra y de victoria: estaba marcada por él, poseída por él, y mi cuerpo adormecido por el esfuerzo era el trofeo que lucía con orgullo.
​Me acerqué a la mesa donde Liam y Marcus bebían whisky. Me senté con cuidado, dejando escapar un pequeño suspiro de dolor que no pasó desapercibido para nadie.
​—Parece que la "terapia" de esta noche ha sido más efectiva —comentó Liam con una ironía afilada, observando mi dificultad para acomodarme.
​—Mucho más —respondí, mirando a Nico, que se acercaba con la suficiencia de un rey que ha recuperado su trono—. La doctora Aris no tiene nada más que enseñarme. Ya sé exactamente quién soy y a quién pertenezco.
​Nico se puso detrás de mí, dejando sus manos pesadas sobre mis hombros, recordándole a todo el salón que, aunque me costara andar, siempre sería para seguir sus pasos.




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