Diamantes Negros Cenizas en el hielo

El sello de la bestia

**Nico**

La boda solo había sido el aperitivo. Cuando cerré la puerta de mi apartamento esa madrugada, el resto del mundo dejó de existir. Fue salvaje, una reconciliación que olía a sudor, a triunfo y a la adrenalina que nos había sobrado de las últimas semanas. La subí sobre la encimera, la arrastré por el pasillo y terminamos en mi cama, donde el silencio de la noche se rompió con el sonido de nuestra piel chocando.
​Me moví con una precisión animal. La giré de espaldas, hundiendo mis dedos en sus caderas para anclarla al colchón, y la embestí cuidadosamente por detrás, tal como lo había hecho en el balcón, pero esta vez con la lentitud necesaria para que sintiera cada centímetro de mi posesión. Quería que mi nombre quedara grabado en sus nervios. Cada gemido de Siobhan era una disculpa aceptada, cada vez que sus uñas se clavaban en mis brazos era una promesa de que no volvería a dejar que una extraña se interpusiera entre nosotros.
​Fue un maratón. Cuando finalmente el sol empezó a asomar por el horizonte, ella estaba agotada, con la piel rosada y esa mirada nublada de quien ha sido reclamada por completo.
​Unas horas después, el deber familiar nos llamó. Subimos al ático para desayunar con Liam y Elena. Yo caminaba con la energía renovada de un hombre que ha recuperado su centro, pero Siobhan... a ella se le notaba el esfuerzo en cada fibra de su ser.
​Al entrar en el comedor, el ambiente seguía cargado. Liam y Elena estaban sentados en extremos opuestos de la mesa, la tensión entre ellos todavía vibrante, como una cuerda de piano a punto de romperse. Ni siquiera se miraban.
​Siobhan intentó caminar con naturalidad hacia su silla, pero el ligero temblor en sus rodillas y la rigidez de su cadera la delataron. Se sentó con un pequeño siseo de dolor, moviéndose con una lentitud que gritaba exactamente lo que habíamos estado haciendo hasta hace un par de horas.
​Elena, que tenía una taza de café entre las manos y la mirada perdida, de pronto enfocó a Siobhan. Recorrió su postura, vio el ligero rubor en su cuello y la forma en que evitaba apoyarse del todo. Por primera vez en semanas, la expresión gélida de mi hermana se rompió.
​Elena soltó una carcajada seca, casi involuntaria, rompiendo el silencio sepulcral del ático.
​—Vaya, Siobhan —dijo Elena, mirando de reojo a Liam antes de volver a clavar sus ojos en su amiga—. Parece que tu retiro espiritual y tus clases de "autoconocimiento" han terminado de forma... bastante física.
​Se burlaba, pero había una chispa de alivio en sus ojos. Ver a Siobhan "destrozada" por mí era la señal de que las cosas, al menos entre nosotros, habían vuelto al orden natural del caos.
​Liam levantó la vista del periódico, observó a Siobhan y luego me dedicó una mirada de asentimiento casi imperceptible.
​—La disciplina es importante, Nico —comentó Liam con su tono más mordaz—. Me alegra ver que has ayudado a mi hermana a recuperar el ritmo.
​Siobhan se puso roja como un tomate, pero no bajó la mirada. Bebió un sorbo de zumo con elegancia, aunque el esfuerzo de sostener el vaso hizo que le temblara el brazo. Yo simplemente me serví café, disfrutando del momento.
​—A veces —dije, mirando fijamente a Elena—, la mejor terapia es recordar quién manda en casa.
​La tranquilidad del desayuno se hizo añicos cuando las puertas del ático se abrieron de par en par. No era el servicio ni uno de los chicos de seguridad. Era uno de los abogados de confianza de Liam, con la cara bañada en sudor y el maletín apretado contra el pecho como si fuera un escudo.
​Liam ni siquiera se inmutó, pero sus ojos se volvieron dos rendijas de hielo.
​—Habla —ordenó Liam, dejando la taza de café sobre la mesa con una precisión aterradora.
​—El viejo Sterling... nos subestimamos, jefe —dijo el abogado, recuperando el aliento—. Tenía cuentas ocultas, millones en paraísos fiscales que no figuraban en ninguna de las auditorías que intervenimos. Ha movido hilos al más alto nivel. Tristán... Tristán está en la calle. Han conseguido una anulación por "errores en el procedimiento" y ha salido bajo fianza hace una hora.
​En cuanto el nombre de Tristán salió de su boca, sentí una descarga eléctrica recorrer mis venas. El sonido de mis nudillos crujiendo al cerrar el puño resonó en todo el comedor. Mi mano se volvió de acero, la sangre golpeando con fuerza contra mis sienes. Todo el trabajo, toda la paliza, la humillación que le propiné... no había servido de nada. La rata estaba libre.
​Estaba a punto de levantarme, de salir por esa puerta y terminar el trabajo de forma permanente, cuando sentí un calor suave rodeando mis dedos.
​Siobhan, que estaba a mi lado, me tomó la mano. Sus dedos, aún delicados después de nuestra noche, apretaron mi puño con una firmeza que me obligó a volver a la realidad. Se inclinó hacia mí, ignorando la presencia de los demás, y depositó un beso lento y profundo en mi mejilla, subiendo hasta mi sien.
​—Respira, Nico —me susurró al oído, su aliento rozando mi piel—. No vas a volver a esa cama de hospital. Esta vez lo haremos bien.
​Su contacto fue como un ancla en medio de la tormenta. Sentí cómo la tensión asesina de mis hombros bajaba un grado, aunque el fuego en mi interior seguía vivo.
​Al otro lado de la mesa, la risa de Elena de hace unos minutos se había esfumado por completo. Se había puesto pálida y sus manos temblaban sobre el mantel. Miraba a Liam con una mezcla de reproche y terror absoluto. Ella sabía lo que esto significaba: la guerra no había terminado, y su hermano —yo— volvía a estar en la diana.
​—Liam... —la voz de Elena salió rota—, dijiste que se había acabado. Si Tristán está fuera, vendrá a por él. Lo matará esta vez.
​Elena se tensó, volviendo a esa postura defensiva y llena de miedo que tanto la alejaba de Liam. La tregua del desayuno había muerto.
​Liam se levantó lentamente, ignorando el miedo de Elena y fijando su mirada en la mía.
​—No vendrá a por nadie —dijo Liam, y su tono prometía un infierno que dejaría lo anterior en un juego de niños—. Porque esta vez, no habrá abogados, ni jueces, ni fianzas. Nico, prepara a los hombres. El viejo Sterling acaba de gastar sus últimos millones en comprarle a su hijo una sentencia de muerte definitiva.




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