Diamantes Negros Cenizas en el hielo

Inauguración

**Nico**

La cena fue el primer acto de nuestra nueva vida. Ver a Nico devorar la comida que yo había preparado, viendo cómo el color regresaba a su rostro y la tensión abandonaba sus hombros, me dio una satisfacción que ninguna sesión de terapia podría alcanzar. El apartamento, que antes se sentía como una fría guarida de soltero, empezaba a absorber mi esencia.
​Después, el cansancio de Nico se transformó en una clase de energía distinta, más oscura y profunda. Nos arrastramos al sofá, dejando que una película de fondo fuera el ruido blanco de nuestra entrega. No hubo preliminares suaves ni esperas; el hambre acumulada por las semanas de distancia y la adrenalina de la caza fallida exigían una liberación total.
​Mientras estábamos fundidos en el calor del sofá, con la luz del televisor bailando sobre nuestras pieles sudadas, Nico se detuvo un segundo. Sus manos, grandes y firmes, me sujetaron con una posesividad que me dejó sin aliento. Me miró a los ojos, con las pupilas tan dilatadas que apenas se distinguía el color.
​—Siobhan... —su voz era un gruñido bajo, cargado de una urgencia que me hizo vibrar—. Quiero todo de ti esta noche. ¿Puedo... puedo entrar en tu otro agujero?
​Sentí una descarga de calor recorrer mi espina dorsal. Asentí sin dudar, entregándole el control absoluto de mi cuerpo. No había miedo, solo el deseo de ser reclamada por completo.
​Lo que siguió fue una tormenta de sensaciones. Nico me tomó con una fuerza primitiva, taladrando ambos agujeros salvajemente, alternando entre ellos con una voracidad que me hacía arquear la espalda y clavar las uñas en el cuero del sofá. No me contuve. Grité cada gemido, dejando que mi voz se elevara por encima del sonido de la película, sin importarme quién pudiera escucharnos en el piso 45.
​Era un dolor exquisito, una plenitud que me hacía sentir más viva que nunca. Cada embestida de Nico era un sello, una forma de decirme que ya no había vuelta atrás. En ese clímax compartido, donde el placer y la brutalidad se daban la mano, comprendí que esto era lo que la doctora Aris nunca entendería: esta era nuestra paz.
​Cuando finalmente nos quedamos quietos, jadeando y entrelazados bajo la luz tenue, me acurruqué contra su pecho sudado. Escuché los latidos de su corazón, fuertes y constantes, como el motor de mi propia existencia.
​—Ya estamos en casa, Nico —susurré, cerrando los ojos.
​Ya no era la hermana de Liam viviendo bajo el ala de sus padres. Ahora teníamos nuestro propio hogar, nuestro refugio en medio de la guerra que rugía ahí fuera. Y por primera vez, me sentí verdaderamente a salvo.
La oscuridad aún envolvía el piso 45 cuando el zumbido del teléfono sobre la mesilla cortó el silencio. Abrí los ojos de golpe, con el instinto de alerta disparado, pero antes de mirar la pantalla, la miré a ella.
​Siobhan estaba allí, ocupando el lado izquierdo de mi cama, con el cabello desparramado sobre la almohada y la piel aún rosada por el rastro de nuestra noche. Verla allí, saber que sus maletas estaban en el pasillo y que ahora vivía conmigo, me provocó un vuelco en el pecho que no supe procesar. Era real. Ya no tenía que esperar a que Liam me diera permiso ni a que ella terminara sus sesiones de psicología. Era mía. Podía tomarla cuando quisiera, despertarla con mis manos o simplemente observar cómo respiraba.
​Agarré el teléfono. Era Liam.
​—Lo tenemos, Nico —su voz era un susurro gélido—. Está en un almacén cerca de los muelles viejos. No va a salir de allí.
​—Voy para allá —respondí, sintiendo cómo la sangre empezaba a hervir de nuevo. Necesitaba ver a Tristán cara a cara, necesitaba que lo último que viera antes de que se le apagara la luz fuera mi rostro.
​Me senté en el borde de la cama, pero el movimiento despertó a Siobhan. Se frotó los ojos y me miró con esa vulnerabilidad matutina que solo yo tenía el privilegio de ver.
​—¿Nico? —murmuró, con la voz pastosa—. ¿Qué pasa? ¿Adónde vas?
​Me giré hacia ella mientras me ponía los pantalones, con la mandíbula apretada.
​—Lo han encontrado, Siobhan. Liam me está esperando.
​Ella se incorporó un poco, apoyándose en los codos. Sabía perfectamente a qué me refería. La sombra de Tristán Sterling sobrevolaba nuestras cabezas como un buitre hambriento.
​—¿Qué vas a hacer? —me preguntó, mirándome fijamente.
​Me detuve un segundo, con la camisa en la mano, y la miré con toda la crudeza de la que era capaz.
—Voy a matarlo. ¿Tienes alguna objeción?
​Esperaba que dudara. Esperaba que su parte "civilizada" saliera a flote, que me pidiera que se lo dejara a la policía o que tuviera piedad. Pero Siobhan solo me sostuvo la mirada con una frialdad que me recordó por qué era una O'Shea.
​—Ninguna —respondió con sencillez.
​Se volvió a acurrucar bajo las sábanas, cerrando los ojos para seguir durmiendo, confiando plenamente en que yo volvería para terminar lo que habíamos empezado. Su indiferencia ante la muerte del hombre que casi me mata fue el mejor regalo que me pudo hacer.
​Me puse en pie, me ajusté el arma a la cintura y salí del apartamento. El ascensor me llevó directo al garaje, donde Liam, Marcus y los chicos ya estaban subiendo a los todoterrenos negros. El aire olía a gasolina y a final de trayecto.
​Tristán Sterling pensaba que el dinero de su padre le había comprado la libertad. No sabía que lo único que había comprado era un billete de ida al infierno, y yo era el encargado de entregárselo.
El aire en los muelles era denso, cargado de salitre y del olor metálico de la muerte que estaba a punto de desatarse. Cuando bajamos de los coches, el sonido de nuestras botas sobre el asfalto agrietado marcó el inicio del fin. Liam caminaba al frente, con Marcus y conmigo flanqueándolo como las sombras de un destino inevitable. No éramos un grupo de matones; éramos un ejército ejecutando una sentencia que se había retrasado demasiado.
​Tristán Sterling estaba allí, rodeado de sus últimos hombres. Al vernos, la fachada de niño rico se desmoronó. Intentó discutir, gritó sobre acuerdos y dinero, pero sus palabras se perdieron en el viento. La paciencia se había agotado en el hospital.
​La orden fue silenciosa. El tiroteo resultó breve y quirúrgico. Mis hombres y los de Liam no fallaron; los guardaespaldas de los Sterling cayeron uno tras otro, dejando a Tristán solo, de rodillas entre los cadáveres de quienes debían protegerlo.
​Me acerqué a él. El miedo en sus ojos era la única satisfacción que necesitaba. No hubo discursos épicos ni vacilación. No dudé en apretar el gatillo. El estallido fue el punto final. Cuando el cuerpo cayó, guardé el arma y me di la vuelta. No miré atrás.
​Éste es mi mundo. Pertenezco a estas sombras. Mi cuñado tiene los negocios legales que sirven de fachada, la capa de respetabilidad que el mundo ve, pero Marcus y yo somos los encargados de que no queden cabos sueltos bajo esa superficie. Muchos dirían que soy un animal, una bestia sin escrúpulos. Yo prefiero decir que imparto justicia y reparto orden en un sistema que solo entiende la fuerza.
​Al subir al coche, sentí una paz extraña. Mi crecimiento personal también ha sido grande, aunque no en la forma que los libros de medicina dictan. Jamás pensé que podría olvidar una traición, y menos viniendo de quien vino, pero el amor que le tenía a Siobhan terminó importando más que cualquier herida al orgullo. Ella era mi redención dentro de mi propia oscuridad.
​Esa iba a ser nuestra vida: cruda, intensa y nuestra. No necesitábamos que nadie nos psicoanalizara ni que una doctora nos explicara cómo debíamos sentirnos. Sanábamos con fuego y con la piel. Ahora tengo todo lo que necesito: mi lugar en la organización, el respeto de mis hermanos de armas y a la mujer de mi vida esperándome en el piso 45.
​El sol empezaba a iluminar el horizonte de la ciudad mientras nos alejábamos de los muelles. El imperio estaba blindado, la rata estaba muerta y, por fin, el silencio era absoluto.




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