Diamantes Negros Cenizas en el hielo

Epílogo

**Siobhan**

El sonido de las campanas de la catedral de San Patricio repicaba con una fuerza que hacía vibrar el suelo bajo mis pies. Me miré por última vez en el espejo del gran salón parroquial. El vestido era una obra maestra de encaje y seda blanca, con una cola que parecía no tener fin, exactamente como mi padre había soñado. Pero bajo las capas de tul y la apariencia de princesa de la alta sociedad, mi piel seguía llevando las marcas de la noche anterior. Marcas que Nico había dejado con la urgencia de quien sabe que, a partir de hoy, el mundo entero sabría que le pertenezco.
​—Estás lista —dijo mi madre, apareciendo detrás de mí para colocarme el velo. Sus ojos brillaban, pero no había rastro de la duda que nos separó hace meses. Ella sabía que este era mi lugar.
​Salí del brazo de mi padre, sintiendo el peso de su orgullo mientras caminábamos hacia el altar. La iglesia estaba llena: el clan O’Shea en pleno, los aliados, los socios de los negocios legales y los hombres que vigilaban las sombras de los bancos. En la primera fila, Liam y Elena me miraban con una complicidad silenciosa. Ellos habían sobrevivido a su tormenta, y nosotros estábamos a punto de sellar la nuestra.
​Y entonces lo vi.
​Nico me esperaba al final del pasillo. Estaba impecable en un traje negro que resaltaba su envergadura, con esa mirada oscura y penetrante que nunca se ablandaba para nadie más que para mí. Al llegar a su lado, me tomó la mano. Sus dedos, que habían apretado gatillos y roto huesos para protegernos, ahora acariciaban los míos con una delicadeza que me cortaba la respiración.
​La ceremonia fue un borrón de palabras en latín y promesas de eternidad. Para muchos, esto era una unión social; para nosotros, era un pacto de sangre.
​—Ya eres una Petrova, Siobhan —me susurró al oído cuando salimos de la iglesia bajo una lluvia de pétalos y aplausos—. Ya no hay vuelta atrás.
​—Nunca la hubo, Nico —respondí, aferrándome a su brazo mientras nos dirigíamos al coche que nos sacaría de allí.
​A veces, por un instante, recordaba el despacho de la doctora Aris y sus teorías sobre la independencia. Sonreí para mis adentros. Ella se equivocaba. Mi libertad no consistía en estar sola o en ser "normal". Mi libertad era esta: caminar sobre el filo de la navaja al lado del hombre que amaba, sabiendo que no importa cuán violenta fuera la tormenta afuera, dentro de los muros de nuestro mundo, el orden era absoluto.
​No necesitábamos que nadie nos explicara nuestras mentes. Nos bastaba con el calor de nuestros cuerpos, la lealtad de nuestra sangre y el imperio que habíamos construido sobre las cenizas de nuestros enemigos.
​Nico me besó mientras el coche arrancaba, y por fin, el ruido del mundo desapareció. Solo quedábamos nosotros. El guerrero y su mujer. El caos y su orden.
​FIN




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