Diamantes Negros Cenizas en el hielo

Diamantes negros El dominante

​Nueva York a las tres de la mañana tiene un sonido especial, una mezcla de sirenas lejanas y el eco de secretos que nadie quiere contar. Yo no pertenecía a ese mundo de sombras y armas, o al menos eso me decía a mí misma cada vez que visitaba a Elena. Ella era mi mejor amiga, mi ancla, pero su nueva vida con Liam O’Shea era un laberinto de guardaespaldas y miradas tensas que yo prefería observar desde fuera.

​Pero esa noche, el destino tenía otros planes. Había dejado el apartamento de Elena tras una cena que se alargó demasiado, y el aire frío de la calle me golpeó con fuerza. No quería un taxi, quería caminar, sacudirme la sensación de opresión de aquella torre blindada.

​No llegué muy lejos.

​Un coche negro de cristales tintados frenó en seco frente a mí, y de él bajó una figura que hizo que el tiempo se detuviera.

Marcus Cross.

​Lo conocía de las fiestas benéficas, de las fotos en las secciones de negocios y de las advertencias veladas de Elena. Pero verlo allí, bajo la luz mortecina de una farola, era otra cosa. Marcus era masivo, una presencia que reclamaba cada centímetro de la acera. Sus hombros eran tan anchos que hacían que su abrigo de lana pareciera una armadura, y su rostro, moreno y de facciones duras, estaba sumido en una sombra peligrosa.

​—¿Qué hace la amiga de Elena caminando sola a estas horas? —su voz era un trueno bajo, cargado de una autoridad que no aceptaba réplicas.

​—Caminar es libre, Marcus. Incluso para las que no llevamos un arma en la cintura —respondí, tratando de que el temblor de mis manos no se notara.

​Él dio un paso hacia mí, acortando la distancia de una forma que me dejó sin aire. Olía a lluvia, a tabaco caro y a algo puramente masculino que me hizo dar un paso atrás hasta chocar con la pared de ladrillo. Marcus no se detuvo. Apoyó una mano a cada lado de mi cabeza, encerrándome en un círculo de calor y músculo.

​—Nueva York no es libre para mujeres como tú, Sofía —siseó, inclinándose tanto que pude ver el gris tormenta de sus ojos—. Aquí fuera, las reglas de Liam no te sirven de nada. Aquí fuera, solo mandan los que tienen la fuerza para tomar lo que quieren.

​—¿Y tú qué quieres, Marcus? —mi voz fue apenas un susurro desafiante.

​Sus ojos bajaron a mis labios, y por un segundo, la máscara de frialdad del socio de Liam se rompió, dejando ver al animal que llevaba dentro. Marcus Cross era el Dominante por una razón: no pedía permiso, simplemente reclamaba.

​—Quiero que entiendas que desde este momento, no eres solo la amiga de Elena —su mano derecha bajó hasta mi mandíbula, obligándome a mirarlo—. Eres mi nueva obsesión. Y yo nunca dejo que mis obsesiones caminen solas por mi ciudad.

​Me quedé helada, el corazón martilleando contra mis costillas. Marcus no era parte de mi mundo, pero en ese callejón oscuro, rodeada por su fuerza bruta y su mirada posesiva, supe que ya no había vuelta atrás. Había cruzado la línea, y el hombre que me sujetaba contra la pared no tenía ninguna intención de dejarme escapar.




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