_**Elena**_
El aire acondicionado de la torre O'Shea Construction, en pleno corazón de Manhattan, era tan frío como el apretón de manos de la recepcionista. Mis dedos sudaban dentro de los guantes que me había quitado apresuradamente en el taxi. Era un calor pegajoso de finales de mayo, pero aquí, en la estratosfera de los negocios, el verano aún no se atrevía a entrar.
Miré a mi alrededor, intentando absorber cada detalle. Las paredes de mármol pulido reflejaban mi imagen: una chica de veintidós años con un traje barato de H&M que ya había empezado a hacer bolitas en las axilas. Había pasado la noche anterior repasando la contabilidad de casos de estudio y oliendo a levadura de la panadería de mis padres, no a "éxito" y "poder" como este lugar.
—Elena Petrova, ¿verdad? —La recepcionista, una mujer impecable con una coleta perfecta y un acento neoyorquino que casi cortaba, me miró por encima de unas gafas finas—. El señor O'Shea la espera en el piso cincuenta y ocho. El ascensor de la izquierda.
Cincuenta y ocho. Tragué saliva. Era el piso ejecutivo. Había investigado a Liam O'Shea. La gente decía que era un genio, un tipo hecho a sí mismo que había levantado un imperio de la nada. Otros susurraban que era implacable, que había llegado a la cima pisando cabezas. Mis padres, por supuesto, solo veían al hombre de negocios que quizá podría darme una oportunidad.
El ascensor se abrió con un silbido casi imperceptible. Dentro, era un santuario de acero y cristal. Sentí el ascenso como un cohete, una presión en el pecho que no era solo el cambio de altitud. Era la anticipación, el miedo.
Cuando las puertas se abrieron de nuevo, me encontré en un pasillo silencioso, alfombrado y con un ventanal que ofrecía una vista vertiginosa de la ciudad. Los edificios de abajo parecían juguetes, los taxis, puntos amarillos. Mi pequeña panadería en Queens era una mota de polvo en esa inmensidad.
Una mujer joven, con una sonrisa amable pero eficiente, me recibió. —Señorita Petrova, soy Sarah, la asistente del señor O'Shea. Por favor, pase.
Me condujo a una sala de reuniones con una mesa de cristal del tamaño de una pista de patinaje. Sobre ella, una botella de agua, un vaso, y una copia de mi currículum. Mis ojos se posaron en la silla más grande, la que estaba frente a mí. Me sentí como una hormiga a punto de ser examinada por un microscopio.
—El señor O'Shea estará con usted en un momento —dijo Sarah, y salió, cerrando la puerta con un clic suave que resonó en el silencio.
Dejé mi bolsa sobre una silla, intentando parecer más tranquila de lo que estaba. Podía ver mi reflejo en el cristal de la mesa: pálida, con el cabello castaño recogido en una coleta demasiado tensa. Mis ojos avellana, normalmente curiosos, ahora estaban llenos de una mezcla de nerviosismo y determinación. Necesitaba esto. Necesitaba estas prácticas. La panadería no iba bien, y la universidad no se pagaba sola.
La puerta se abrió y mi corazón dio un salto.
Él entró.
Liam O'Shea.
No era una caricatura de empresario gordo y calvo. Era... imponente. Alto, con ese tipo de cuerpo que se intuye fuerte bajo el impecable traje gris carbón. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, revelando unos pómulos marcados y una mandíbula fuerte que prometía dureza. Pero fueron sus ojos lo que me golpeó. Eran de un azul tan intenso, casi eléctrico, que parecía que podían ver a través de mí, desnudando cada nervio y cada pensamiento.
Su presencia llenaba la habitación, aplastando el aire. Se movió con una facilidad depredadora, sin un sonido. Mis manos comenzaron a temblar ligeramente bajo la mesa.
—Señorita Petrova —dijo, su voz era grave, con un ligero acento irlandés que se filtraba a través de su pulcra dicción. No sonrió. Solo me observó, como un halcón a su presa. —Gracias por venir.
El juego había comenzado.
_**Liam**_
La mayoría de la gente que entra en este despacho comete el mismo error: miran por la ventana. Se quedan prendados del skyline, de la inmensidad de Manhattan, olvidando que el verdadero peligro no está a seiscientos pies de altura, sino sentado frente a ellos.
Cuando abrí la puerta, ella no estaba mirando la vista. Estaba mirando su propio reflejo en la mesa de cristal, con los hombros tensos y la espalda tan recta que parecía a punto de romperse.
Elena Petrova.
Había leído su expediente tres veces. Notas perfectas, una capacidad analítica que rozaba lo obsesivo y una situación familiar que la hacía... moldeable. La gente con hambre es la que mejor trabaja, y ella tenía ese brillo en los ojos avellana que solo da la necesidad mezclada con el orgullo.
—Señorita Petrova —dije. Mi propia voz sonó más profunda de lo habitual en el silencio de la sala. —Gracias por venir.
Me senté frente a ella sin quitarle los ojos de encima. Noté cómo sus dedos se entrelazaban bajo la mesa. Estaba nerviosa, pero no evitó mi mirada. Eso me gustó. En mi mundo, bajar la vista es el primer paso hacia la derrota.
—Señor O'Shea —respondió ella. Su voz flaqueó un milisegundo antes de recuperar la compostura. Tenía un rastro de Queens en las vocales, el eco de los barrios trabajadores que yo conocía tan bien. —Es un honor que me haya concedido esta entrevista.
—El honor es para mi empresa si sus capacidades son tan altas como dicen sus profesores —mentí con suavidad. No la quería por sus notas, aunque ayudaban. La quería porque necesitaba a alguien nuevo, alguien ajeno a las viejas lealtades de la "familia", para limpiar los libros de la constructora antes de la auditoría de otoño—. He visto que sus padres tienen un negocio local. Una panadería.
Vi cómo sus pupilas se dilataban. Un golpe directo al plexo solar. Siempre es útil recordarles de dónde vienen para que sepan cuánto pueden perder.
—Sí, señor. Es un negocio familiar —dijo, y por primera vez vi una chispa de desafío. Como si estuviera protegiendo ese pequeño mundo de harina y levadura de mis manos manchadas de acero.
—Noble —comenté, inclinándome hacia delante. El olor de su perfume, algo ligero y floral que no encajaba con el aire estéril de la oficina, me golpeó los sentidos—. Pero aquí no hacemos pan, Elena. Aquí movemos los cimientos de esta ciudad. Si comete un error en un balance, no se quema una hornada; se caen imperios. ¿Está preparada para esa presión?
La observé con detenimiento. Su piel era clara, casi traslúcida bajo las luces LED, y el cabello castaño parecía suave, a pesar de lo apretado que estaba el peinado. Por un momento, me permití un pensamiento que no tenía nada que ver con la contabilidad. Se parecía a Siobhan en la determinación, pero había una oscuridad latente en Elena, una curiosidad que Siobhan nunca tendría.
—No tengo miedo a los números, señor O'Shea —contestó ella, recuperando el terreno. Sus ojos brillaron—. De hecho, me gusta que cuadren. Especialmente cuando alguien intenta que no lo hagan.
Me quedé inmóvil. ¿Era una pulla? ¿O simplemente la arrogancia de la juventud? Si supiera lo que realmente esconden mis libros de contabilidad, saldría corriendo hacia el ascensor.
Sentí un tirón familiar en el pecho, esa mezcla de instinto protector y depredador que me había llevado a donde estaba. Ella no era solo una becaria. Iba a ser mi juguete más peligroso.
—Bien —dije, cerrando su carpeta con un golpe seco que la hizo saltar un poco en la silla—. Empezará el lunes. Sarah le dará el papeleo. No me defraude, Elena. No suelo dar segundas oportunidades.
Me levanté y, antes de salir, me detuve junto a ella. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Ella contuvo el aliento.
—Y por cierto —susurré—, dígale a su padre que el pan de centeno de los viernes es excelente. Sería una lástima que algo le pasara a una receta tan buena.
Salí del despacho sin mirar atrás, sabiendo que la había dejado temblando. Ella creía que esto era una carrera profesional. No tenía ni idea de que acababa de entrar en mi jaula.