_**Elena**_**
El trayecto en el metro de vuelta a Queens se me hizo eterno. El traqueteo del vagón de la línea 7 parecía repetir el nombre de Liam O'Shea al ritmo de las vías. Todavía sentía el frío del aire acondicionado de la torre en mis huesos, un contraste violento con la humedad pegajosa que me golpeó al salir en mi parada.
Caminé las tres manzanas hasta la panadería. Al ver el toldo desgastado con el nombre de mi familia, sentí una mezcla de alivio y una punzada de culpa. Mis padres estaban allí, trabajando bajo la luz amarillenta, ajenos al mundo de tiburones en el que yo acababa de meter los pies.
—¡Elena! —Mi madre fue la primera en verme. Se limpió las manos llenas de harina en el delantal y corrió a abrazarme. Olía a vainilla y a cansancio—. Cuéntanos, nena. ¿Cómo es? ¿Es tan grande como dicen?
—Es enorme, mamá —dije, forzando una sonrisa que esperaba que pareciera natural—. He conseguido las prácticas. Empiezo el lunes.
Mi padre salió de la trastienda, cargando una bandeja de metal. Sus ojos, cansados por décadas de madrugones, se iluminaron.
—Esa es mi chica —dijo con voz ronca, dándome un beso en la frente que dejó un rastro blanco de harina—. Sabía que esos números en tu cabeza servirían para algo más que para decirme que estamos en números rojos. ¿Y el jefe? ¿Ese O'Shea? ¿Es un buen hombre?
Me quedé helada un segundo. "Buen hombre". No sabía si Liam O'Shea era bueno, pero sabía que era peligroso. Recordé cómo me miró, como si supiera exactamente cuánto valía mi silencio o mi lealtad.
—Es... muy profesional, papá. Muy exigente —respondí, omitiendo cómo me habían temblado las rodillas cuando se acercó a mí.
Esa noche cenamos pasta en la pequeña mesa de la cocina. Mi hermano Nico no paraba de hacer preguntas sobre si había visto coches de lujo o si Liam O'Shea conocía a algún deportista famoso. Yo contestaba con evasivas, sintiendo el peso del secreto que Liam me había lanzado al final de la entrevista: "Dígale a su padre que el pan de centeno es excelente".
¿Cómo sabía Liam O'Shea qué pan hacía mi padre? ¿Había enviado a alguien? ¿Había ido él mismo de incógnito? La idea de Liam, con su traje de tres mil dólares, entrando en nuestra humilde panadería me resultaba aterradora. No era un cumplido; era una marca de territorio. Me estaba diciendo que sabía dónde vivía, quiénes eran mis seres queridos y lo fácil que sería destruirlos.
Cuando finalmente me acosté en mi habitación, la que todavía tenía pósters de la universidad y libros de contabilidad apilados, no pude dormir. Cerré los ojos y, en lugar de ovejas, conté las irregularidades que mi mente analítica ya sospechaba. Pero más allá de los números, lo que me perseguía era la sensación de su presencia. Era como si Liam O'Shea hubiera dejado una huella invisible en mi piel, una que ni todo el jabón del mundo podría borrar.
_**Liam**_
El silencio en el asiento trasero de mi Bentley era absoluto, pero en mi cabeza el ruido no se detenía. Miré por la ventanilla las luces borrosas de Queens antes de subir al puente. Había pasado por esa panadería dos días antes de la entrevista. Solo para verla. Solo para entender qué hilos tendría que mover si la chica resultaba ser un problema. El olor a levadura y el calor que salía de esa puerta me recordaron, por un segundo, a una vida que nunca tuve. Una vida que los Sullivan me dieron en bandeja de plata, pero que yo sabía que era un préstamo que debía pagar con sangre y asfalto.
Saqué el teléfono y marqué el número de mi jefe de seguridad.
—Vigila la panadería de los Petrova —ordené. Mi voz sonaba más dura de lo que pretendía—. No quiero incidentes, solo control. Y asegúrate de que el hermano, Nico, siga acumulando esa deuda de juego en el sitio habitual. No le cortéis el crédito. Todavía no.
Colgué. Tenía a Elena exactamente donde quería: creyendo que esto era una oportunidad de oro, cuando en realidad era una soga de seda que ella misma se estaba poniendo al cuello. Ella era brillante, demasiado para su propio bien. Había visto cómo sus ojos escaneaban los archivos en la mesa de cristal. Buscaba la verdad, y la verdad en O'Shea Construction es un pozo sin fondo.
Llegamos a mi club privado, The Exchange. Entré por el callejón trasero, lejos de los flashes y de la fachada respetable de mis empresas legales. Al cruzar el umbral, el olor a cuero, ginebra cara y deseo prohibido me envolvió. Este era mi verdadero despacho. Aquí no había contratos legales, solo intercambios de poder y placer.
—Señor O'Shea, la mujer del senador está en la suite roja —susurró uno de mis empleados mientras me quitaba la americana.
Caminé hacia la oficina que daba a la pista principal a través de un espejo unidireccional. Me serví un whisky doble, sintiendo el ardor en la garganta. Necesitaba apagar la imagen de Elena Petrova. Había algo en ella, una especie de pureza testaruda que me irritaba y me atraía a partes iguales. Se parecía a Siobhan en esa forma de mirar el mundo con esperanza, pero Elena tenía una inteligencia afilada que podía cortarme si no tenía cuidado.
La puerta de la oficina se abrió. La mujer entró, dejando caer su abrigo de piel para revelar un conjunto de lencería que costaba más que el coche de cualquier trabajador de Queens.
—Te he echado de menos, Liam —dijo, acercándose con esa confianza que solo da el dinero y la falta de escrúpulos.
La tomé por la cintura, pero mis manos no buscaban ternura. Mis dedos se enterraron en su piel con una brusquedad que la hizo soltar un jadeo. No era deseo lo que sentía, era una necesidad de dominio. Mientras la empujaba contra la mesa, mi mente volvió a proyectar el rostro de Elena. La imaginé allí, en mi club, rodeada de la oscuridad que yo gobernaba. ¿Qué haría su ética impecable cuando descubriera que el hombre que admira su padre es el mismo que organiza estas noches de depravación?
—Cállate —le dije a la mujer cuando intentó besarme—. Solo... cállate.
El sexo fue mecánico, una descarga de adrenalina necesaria para mantener el monstruo a raya. Pero incluso cuando alcancé el clímax, no sentí alivio. Sentí una anticipación voraz. El lunes estaba cerca. Y el lunes, Elena Petrova dejaría de ser una desconocida para convertirse en mi propiedad más valiosa.
Ella creía que iba a salvar la panadería de su padre. No sabía que estaba entrando en un templo donde yo era el único dios, y que cada dólar que le pagaría era un clavo más en el ataúd de su inocencia.