_**Elena**_
El sábado por la mañana, el despertador no tuvo que esforzarse mucho. Me levanté antes de que el sol bañara las calles de Queens, agradecida por el olor a masa fermentada que subía desde el piso de abajo. Ese era mi refugio. En la panadería, las reglas eran simples: si sigues la receta, el resultado es dulce. Ojalá la vida fuera tan predecible como un brioche bien horneado.
Pasé la mañana despachando. Me encantaba el caos familiar de los sábados: las vecinas quejándose del precio de la leche, los niños pegando la nariz al cristal de los pasteles y mi padre tarareando canciones viejas en la trastienda. Me concentré en las cuentas de la tienda, sumando y restando con una intensidad casi feroz. Estaba decidida a demostrarme a mí misma que este nuevo trabajo era solo una transacción. Un cheque a cambio de mis horas. Nada más.
—¡Elena, deja de mirar esa calculadora y sonríe un poco, que asustas a la clientela! —bromeó mi hermano Nico mientras robaba un cruasán.
Por la noche, cenamos con los García, nuestros vecinos de toda la vida. Entre platos de pasta y risas ruidosas, sentí una calidez que Manhattan nunca podría darme. Hablamos de la liga de béisbol, de las reformas que necesitaba la parroquia y de los cotilleos del barrio. Por unas horas, el edificio de cristal de la calle 50 no era más que un mal sueño. Me sentía segura, rodeada de gente que no tenía segundas intenciones. Me fui a la cama con los pies cansados de estar de pie y la mente llena de planes para pagar las deudas de mi padre. El lunes no era una amenaza; era simplemente el día en que empezaba el plan de rescate.
_**Liam**_
El fin de semana es un desierto que tengo que cruzar cada siete días. Sin el ritmo frenético de las adquisiciones y las llamadas de Londres, el silencio de mi ático se vuelve una presencia física, casi agresiva.
El sábado por la noche me refugié en la oficina de The Exchange. Me senté tras el cristal espía, con un vaso de whisky que ya empezaba a saber a metal. Observé a la multitud sudorosa y desesperada que llenaba la pista. Vi a un juez de la corte suprema perder los papeles con una de mis chicas y a un heredero de Wall Street gastarse el fondo de estudios de sus hijos en una sola mesa. Normalmente, ver sus debilidades me hacía sentir invencible. Pero esa noche, solo sentí asco. Todo el club me pareció un decorado barato.
Cerré las cortinas y me quedé a oscuras. Me irritaba que la ciudad no se detuviera cuando yo lo hacía. Pasé el domingo solo, recorriendo las estancias vacías de mi casa de Park Avenue. Revisé los informes de seguridad de la constructora, asegurándome de que los envíos del muelle 44 estuvieran listos para el lunes.
La anticipación por el comienzo de la semana no era por el dinero. Era por el control. Había movido todas las piezas: el contrato, el despacho privado, la deuda del hermano Petrova. Todo estaba dispuesto. Me serví la última copa de la noche mirando el horizonte de Manhattan. Nueva York era mía, pero por primera vez en años, sentía una curiosidad voraz por ver cómo una sola pieza externa —una chica que aún creía en la honestidad— encajaría en mi maquinaria de sombras.
El lunes no podía llegar lo suficientemente pronto.